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¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XIV)


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El siglo XIX es el del nacimiento de las dos Españas. Cada una, como no podía ser menos, tenía su propia interpretación del Islam y de lo que significaba su legado en la historia de la nación. No se trataba de comprender el pasado sino de utilizarlo, al servicio de los proyectos identitarios del presente. Para los conservadores, partidarios de la unión del trono y del altar, lo musulmán significaba violencia, sinrazón. Representaba, en suma, la antítesis de España. Esta imagen negativa se trasladaba a la actualidad cuando se utilizaba para atacar a los “nuevos sarracenos”, primero los liberales, más tarde republicanos y socialistas. Por eso se propugnaba una nueva “Reconquista” contra los “enemigos de Dios y de los tronos, tal como reclamaba en 1856 el neocatólico José Canga Argüelles.

Los liberales, a su vez, elogiaban la tolerancia que, a su juicio, se había practicado en Al-Andalus. Lo importante era denunciar, de esta forma indirecta, el agobiante poder de la Iglesia católica y su influencia desmesurada a todos los niveles. Entre los arabistas, hay una corriente que simpatiza con los vencidos del pasado y que se sitúa precisamente en una línea ideológica aperturista. Entre sus componentes hallamos figuras como Pascual de Gayangos, José Antonio Conde, Emilio Lafuente Alcántara o los hermanos Fernández González.

Tras la pérdida de América en las primeras décadas del siglo XIX, la España peninsular, reducida a la condición de potencia de segundo orden, buscó compensaciones en África. Quiso entonces imitar la actuación francesa en el Magreb, que se había traducido en la ocupación de Argelia. Esta expansión fue observada con recelo: se temía que la presencia de los galos en la zona amenazara los intereses hispanos y terminara por “emparedar” a la península entre los Pirineos y el Rif. En un discurso parlamentario de 1847, Donoso Cortés afirmó que el país debía impedir el dominio exclusivo de otra nación en tierras africanas. No mucho más tarde, en 1851, Cánovas del Castillo advertía que aquellos que dominaran una orilla del Estrecho de Gibraltar acabarían también por controlar la otra. En consecuencia, había que “anteponerse a las otras naciones en el dominio de las fronteras playas”. De lo contrario, según el político malagueño, la misma existencia de España estaría en peligro.

Ceuta y Melilla parecieron entonces plataformas para una futura expansión a costa de Marruecos. En la guerra de 1859-60, los generales isabelinos, como Prim, encontraron un teatro para su lucimiento personal, aprovechando como casus belli una cuestión nimia, una pequeñez que no impidió proclamar con solemnidad que el honor nacional estaba en juego. Se echó mano entonces de la memoria de la Reconquista y de argumentos civilizadores, en sintonía con el imperialismo europeo del momento: las razas civilizadas tenían el deber de llevar el progreso a las que vegetaban en un estado de naturaleza. Según un artículo aparecido en La Gaceta Militar, los marroquíes, belicosos y sufridos, estaban sometidos al mal gobierno, víctimas de la ignorancia y de “las ridículas supersticiones de su religión”.

Con excepciones como el republicano Pi i Margall, el país, por un momento, se electrizó con victorias como la de Tetuán. Las mejores plumas del momento se dedicaron a cantar las glorias patrióticas: Castelar, Núñez de Arce… Balaguer se sumó al coro nacionalista con Jornadas de Gloria o los españoles en África, en el que se muestra extrañamente contradictorio. La misma persona que se muestra sensible al derecho de autodeterminación en el caso de los europeos, hace alarde, tratándose de africanos, de un racismo militarista.

Concepción Arenal, en una olvidable oda de mil doscientos versos, aprovechó la ocasión para sacar a relucir las viejas glorias de Pelayo, los Reyes Católicos, Colón y Bailén. Este pasado contrasta con la mediocridad del presente, en un país donde el talento se penaliza. No obstante, la gran victoria del general Prim, el nuevo Cid Campeador, abre el camino para la regeneración nacional. Los españoles, con su sangre generosa, van a apagar la hoguera del fanatismo y a llevar la ciencia y la religión “al África infeliz y degradada”. Como señala Anna Caballé, la gran escritora, en su visión del mundo marroquí, muestra una perspectiva “cerradamente colonialista y teñida de superioridad moral”.

No obstante, el escritor que ha quedado más unido a la memoria del conflicto es Pedro Antonio de Alarcón con su Diario de un testigo de la guerra de África, en el que saluda la contienda con interés, convencido de que un enemigo exterior resultará saludable para un país como España, con tantas divisiones internas de sus “mal avenidos hijos”. Es más, una campaña exitosa podría ser un hito en el camino hacia la unificación con Portugal. El destino de la península, visto desde este prisma, no es otro que la expansión hacia el Sur. La guerra ha conseguido sacar de su letargo a la nación.

Alarcón parece simpatizar con la maurofilia al afirmar que el imperio hispano entró en decadencia con la expulsión de los moriscos. A continuación, ofrece una visión despectiva de los musulmanes, a los que califica con el término de “morisma” o los tilda de “bárbaros marroquíes”. España, en cambio, es la eterna vanguardia de la civilización cristiana que regresa de nuevo al combate contra el infiel. Sus habitantes, por el hecho de ser católicos, pueden darse por satisfechos. Porque Dios los ha hecho mucho más grandes que a los musulmanes y los judíos. Los “moros”, por desconocer el Evangelio, ignoran también lo que es la dignidad humana, de forma que viven sometidos a poderes tiránicos, sin ninguna conciencia de cuáles son sus derechos.

El entusiasmo expansionista duró poco. A la hora de la verdad, los resultados prácticos del esfuerzo bélico fueron bastante modestos. Sin embargo, con el bronce de los cañones arrebatados al enemigo en Wad-Ras, se fundieron los leones que en la actualidad guardan el Congreso.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.


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