¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XV)
- Escrito por Francisco Martínez Hoyos
- Publicado en Historalia
Todo depende de los términos en los que se establezca una comparación, no de las magnitudes absolutas. Michel Jackson vendió 15 millones de copias de su álbum Bad. En términos objetivos, un éxito rotundo. A él, sin embargo, le pareció un fracaso porque no llegaba ni de lejos a los 40 millones de Thriller. Con la industrialización española del siglo XIX sucede algo similar. El país progresó, pero, como no logró llegar a los estándares europeos, se extendió la sensación entre los historiadores de que todos los esfuerzos habían servido de poco. Si mejoras pero los demás avanzan todavía más, el resultado es que, pese a tu crecimiento, la brecha que te separa de los otros crece en lugar de reducirse.
Jordi Nadal, con su obra clásica El fracaso de la revolución industrial en España (1975), se convirtió en el principal abanderado de las tesis pesimistas. Su estudio destacaba que el desarrollo hispano se había visto obstaculizado por factores como el bajo consumo interno, el elevado nivel de analfabetismo o la incapacidad de la agricultura para ejercer como motor de la economía. Pero más que de subdesarrollo, cabría hablar de falta de éxito a la hora de incorporar a España al selecto club de las naciones más avanzadas pese a que se dieron repetidos esfuerzos en esta línea. Leeríamos mal a Nadal, en consecuencia, si interpretáramos que “fracaso” equivale a ausencia de industrialización.
La controversia entre especialistas no ha cesado hasta el día de hoy. De hecho, el tema se convirtió en una de las cuestiones recurrentes dentro de la historia económica. ¿Fue el subdesarrollo agrícola el que generó el subdesarrollo industrial o más bien la debilidad de la industria provocó la debilidad de la agricultura? Según la segunda tesis, una industria poco desarrollada habría sido incapaz de generar un movimiento de población del campo a la ciudad. Eso habría provocado un bajo índice de productividad agraria.
Algunos investigadores han puesto el énfasis en la existencia de ideas contrarias a la modernización. En realidad, esas formas de pensar existieron en Cataluña, el País Vasco o la Inglaterra victoria sin que fueran capaces de impedir los cambios. Otros autores han hablado de una vía latina a la industrialización, distinta la del Norte de Europa, en la que se integrarían Italia, Portugal y España. Esta es una tesis sugerente porque con demasiada frecuencia se supone que solo existe una vía de acceso al progreso y que todo lo que se aparte de ella ha de ser arcaico.
En cualquier caso, lo que está claro es que el déficit industrializador, como apuntaron en su día Juan Pablo Fusi y Jordi Palafox, no tiene nada que ver con un supuesto carácter de los españoles, a los que tópicos persistentes se empeñaron en atribuir un carácter poco amigo del trabajo duro. Según estos historiadores, España fue un país “normal”. La mayor parte del continente europeo no se incorporó a los cambios económicos.
El atraso tampoco se debió a que nos empeñáramos en defender el catolicismo tridentino contra la reforma protestante. La vieja tesis weberiana que identifica capitalismo y protestantismo ya no se puede sostener. Los países luteranos no se alfabetizaron masivamente en el siglo XVI sino en el XIX, gracias a la escuela pública. Por otra parte, el desarrollo de países católicos como Bélgica desmiente cualquier forma de determinismo religioso.
Hoy parece claro que sí se produjo una incorporación de España a la modernidad, por más que esta fuera desequilibrada, con diferencias entre el interior y una periferia integrada por Cataluña, el País, Vasco, Asturias, Valencia o Andalucía. Sí, también Andalucía, donde encontramos formas pioneras de industrialización en la primera mitad del siglo XIX, con núcleos como Málaga, Marbella o Torremolinos, que se desmantelarían en la segunda mitad. Entre tanto, la red ferroviaria se implanta a partir de 1848 con los consiguientes cambios económicos y sociales. En la época, resultaba inaudito que uno pudiera comer en Barcelona y cenar en Mataró.
Hacia 1870, aunque, obviamente, nos encontrábamos a mucha distancia de Gran Bretaña, no estábamos tan lejos de naciones como Austria o Suecia, cuya incorporación la revolución industrial resulta más tardía. De ahí que algunos historiadores prefieran hablar de “atraso” más que de “fracaso”. Dan a entender así que la situación española no implica inmovilismo.
Cataluña era la fábrica de España, pero, en palabras de Gabriel Tortella, no dejaba de ser una fábrica modesta si se comparaba su industria con la de otros países. ¿Se debía este atraso relativo a la debilidad del mercado interno español? Según Tortella, el problema no estaba en la escasa demanda sino en la escasa oferta. Los industriales catalanes preferían vivir gracias a las leyes proteccionistas a arriesgarse a competir en el mercado internacional. Su riqueza, por tanto, no se entendería sin tener en cuenta el contexto peninsular. Los empresarios textiles del Principado, gracias a su influencia política, se las arreglaron para imponer aranceles que beneficiaran a sus productos.
España, en suma, se transformó con lentitud, pero se transformó. La modernización fue real aunque no alcanzara el nivel de otros países europeos. Podemos discutir, por tanto, si se ajusta o no a la realidad el tópico del empresario parásito e ineficaz. El hecho es que existió una tradición industrial que venía del siglo XIX. De ahí que se no podamos atribuir al franquismo, tal como ha señalado Albert Carreras, la industrialización española.
Francisco Martínez Hoyos
Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.