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¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XX)


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Pensar en la lucha de las mujeres por sus derechos, en la España decimonónica, es pensar en Concepción Arenal (1820-1893). El gran público sabe de ella porque le han dedicado colegios y calles, pero no tiene una auténtica idea su obra. Esta gran reformadora se consagró a los estudios penitenciarios, en un intento valeroso de humanizar el sistema de prisiones. ¡Había tanto que hacer! Acabar con la corrupción de los funcionarios, impedir el hacinamiento, no mezclar a los presos políticos con los presos comunes, instruir a los reclusos…

Pero, por otra parte, Concepción también reflexionó sobre la condición de la mujer o la clase trabajadora con extraordinaria potencia intelectual. Aunque su contribución intelectual ha quedado reducida a frases tópicas como “odia el delito y compadece al delincuente”, en opinión de Anna Caballé, su principal biógrafa, puede ser comparada con Jeremy Bentham (1748-1832), un pensador que también se embarco de proyectos de cambio social.

En otros países se reconocieron enseguida los méritos de esta mujer indómita. ¿Y en España? La propia interesada tendía a amargarse la vida, viéndose a sí misma como la voz que clamaba en el desierto, sin que nadie la hiciera caso. Tenía buena parte de razón, pero una completa marginada no habría desempeñado cargos oficiales. Otro asunto es que chocara con el desinterés de los gobiernos, sin voluntad y sin fondos para implementar transformaciones de auténtico alcance.

Aunque Concepción Arenal nos resulta contemporánea por muchas razones, tampoco es cuestión de omitir sus ideas menos simpáticas para la sensibilidad actual. Por ejemplo, el paternalismo con el que se dirigía a los obreros, puesto que siempre fue una reformista, nunca una revolucionaria que pretendiera eliminar de raíz el orden social. A fin de cuentas, su obra no deja de ser producto del siglo XIX, una época en la que lo viejo colisiona con lo nuevo.

Hay que tener en cuenta, por otro lado, su aportación en el terreno religioso, un ámbito en el que procura hacer compatibles la religión y el liberalismo. Incluso escribe un ensayo, Dios y libertad, que no llegó a publicarse. A su juicio, la moral no podía existir sin religión y la libertad no resultaba concebible sin la moral.

¿Fue un ejemplo de progresismo? Depende. En algunos aspectos se adelanta a su tiempo, como en su defensa del sacerdocio femenino. En otros, permanece anclada en la tradición. Partidaria de que España siga como nación cristiana, se identifica con la monarquía constitucional de Isabel II, segura de que ese régimen es la única forma de mantener las raíces confesionales del país. En la práctica, se muestra en numerosas ocasiones como una figura moderada, siempre atenta a conciliar los contrarios. Incluso en el terreno de la reforma penitenciaria, sus propuestas revelan una mezcla de renovación e intransigencia. La misma persona que se moviliza por la humanización de las prisiones es la que lamenta que no se aplique la pena de muerte al que ha cometido homicidio por hurto.

Hay biógrafos que afirman, más o menos dogmáticamente, que solo les interesa la vida pública de sus protagonistas, no el ámbito privado, como si las dos dimensiones no fueran necesarias para conocer a una persona y no pudieran iluminarse la una a la otra. Concepción Arenal habló poco de sí misma, enemiga de cualquier declaración ajena a su imagen pública de santidad. Además, buena parte de su correspondencia privada se ha perdido. Quedan, por suerte, documentos tan valiosos como sus propios poemas. Sus versos, aunque no fueran memorables desde una óptica estrictamente literaria, nos permiten acercarnos a las interioridades de esta mujer irrepetible. Surge así ante nosotros una persona con extremo sentido del deber, más atenta a llevar con heroísmo su propia cruz, en la línea de su formación profundamente cristiana, que a disfrutar de la vida. Así admite esta faceta con apenas veinte años, quizá menos, en carta a un tío suyo: “¿Seré el único ser humano que huye del placer y ama el dolor?”

Decir “Concepción Arenal” también es decir empatía con los débiles. Para ella, la compasión siempre fue un valor a reivindicar. Cuando se halla frente a una injusticia sangrante, al tiempo que se compadece del oprimido, reacciona airada contra el opresor. En cierta ocasión no puede evitar una vergüenza indescriptible porque la guardia civil ha matado a un pobre niño, a una criatura sin otra falta que la de cazar gorriones con una escopeta. En esos momentos, esta ardiente patriota reniega por primera vez de su país: “he pensado en ir a buscar tumba en suelo extranjero, porque no puede ser leve la tierra empapada en la sangre que de este modo se derrama”.

Su personalidad, fuerte, llena de claroscuros, resulta fascinante y compleja. Poseía una conciencia demasiado elevada de su propia superioridad intelectual, por lo que en ocasiones su trato podía resultar áspero. En el terreno moral, más de una vez se dejó llevar por un puritanismo sin mesura. Por esta mentalidad rigorista, detestó a una de sus colegas con más talento, la novelista Emilia Pardo Bazán. Juzgaba que su comportamiento no se adecuaba a las normas de la respetabilidad. Anna Caballé se pregunta por qué tenía que imponer un modelo único de ser mujer, desde una valoración crítica del feminismo de la época. ¿Tantas exigencias de rectitud no suponían un peso excesivo para las españolas del momento?

La reformadora carcelaria prefería el mundo de los libros a la vida social, convencida de que en la inteligencia residía el valor más elevado. Esta creencia la condujo a potenciar en ella los aspectos más masculinos, como reflejaba un estilo de vestir austero, sin concesiones a la frivolidad. Por todo ello, los admiradores que tuvo en su época decían, con intención de elogiarla, que era una mujer “varonil”. En unos tiempos en que el hombre era la medida de todas las cosas, ese era el máximo halago. El desfase entre su auténtico carácter, con su punto de coquetería, y el talante estricto de la persona pública, nunca llegaría a solucionarse de todo.

 

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.


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