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¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XXI)


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Es una lástima que entonces no existiera la Televisión. Hubiéramos podido asistir a un momento mágico. Aquel 12 de abril de 1869 tuvo lugar uno de los duelos dialécticos más célebres de la historia las Cortes españolas. Primero, el carlista Vicente Manterola defendió la unidad católica del país. Sin ella, a su juicio, la nación no tardaría en desintegrarse y sumirse en el caos. Como mucho, se podía transigir con los extranjeros que profesaran otras creencias. Ello era conforme con el espíritu caritativo propio de la religión cristiana.

Manterola no era ningún Demóstenes al que se debiera temer sino un hombre convencional, apegado a las viejas formulas doctrinales del catolicismo tradicionalista. Su antagonista, Emilio Castelar, se había distinguido tiempo atrás por su decidida oposición a Isabel II. Todos recordaban que le habían despojado de su cátedra de Historia por escribir un artículo donde afirmaba que unos bienes que había donado la reina, para socorrer al Tesoro Público, no pertenecían realmente a la Corona sino a la nación. La elección monarquía y república, para él, constituía un problema tanto político como filosófico. Más filosófico que político, de hecho, porque importantes principios estaban en juego. Había que escoger entre el privilegio de uno y el derecho de todos.

Desde estas convicciones democráticas, Castelar empezó a demoler los argumentos de su adversario con una lógica implacable. ¿Qué era eso de que, para ser español, había que ser católico? Semejante pretensión implicaba un regreso a los tiempos del paganismo en los que el poder civil y el poder religioso se reunían en la misma persona.

Nadie podía pretender que el Estado fuera confesional porque, al ser una estructura política y no una persona física, ni comulgaba ni se confesaba. Eso solo lo podían hacer los individuos. Además, la intolerancia en materia de fe se contradecía con la actuación de los grandes monarcas medievales, como Fernando III de Castilla, capaces de permitir que los musulmanes y los judíos prosiguieran con su vida religiosa. La intransigencia, lejos de un rasgo antiguo, poseía raíces claramente modernas, igual que el despotismo de los reyes.

Los grandes discursos necesitan su clímax. Dejándose llevar por inspiración, Castelar improvisó y, como diríamos ahora, se vino arriba. El resultado, en lugar de una chapuza, resultó ser una obra maestra del arte de la elocuencia. En un crescendo prodigioso, su voz resonó majestuosa, épica, incontenible, para recordar a sus señorías que, si el Dios del Antiguo Testamento era grande, aún lo era más el del Evangelio: “Grande es Dios en el Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz del relámpago le envuelve… Pero hay un Dios más grande todavía que es el humilde Dios del calvario, clavado en una cruz, herido y yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios y sin embargo diciendo: “Padre mío perdona a mis verdugos, a mis perseguidores, porque no saben lo que se hacen”.

Frente a la religión del poder se alzaba la religión del amor. En su nombre, Castelar solicitaba a los demás diputados que incluyeran el principio de la libertad de la conciencia en el texto constitucional. Los asistentes, ante aquella intervención solemne, tuvieron la impresión de que un terremoto sacudía el recinto. El novelista Benito Pérez Galdós escribió que el Congreso experimentó entonces una conmoción: “La Cámara ardía, todos gritaban”.

El gran tribuno, con su extraordinario talento para la retórica, deslumbró a propios y extraños con la sola excepción de los católicos más ultramontanos, para los que no dejaba de ser un peligroso agitador. En aquella época, todavía la palabra de un orador podía convencer a alguien. No como en la actualidad, donde todos los grupos responden al contrario en función de posiciones prefijadas de antemano. El periódico El Imparcial, aunque no se distinguía por su proximidad a Castelar, le saludó como el abanderado de los nuevos tiempos democráticos. La Política, que hasta ese momento le había criticado con dureza, le cubrió de elogios entusiastas. Ahora no veía en él al adversario sino al español.

Curiosamente, el propio Castelar había dicho que no entendía el parlamento como un foro donde pronunciar grandes discursos. Debía ser, por el contrario, un espacio donde se trataran las grandes cuestiones prácticas del Estado. Su caso, de todas formas, tenía menso que ver con los oscuros burócratas que con los líderes capaces de sacudir conciencias solo con la fuerza de sus razonamientos.

Aunque era republicano, Castelar poseía fuertes convicciones religiosas. Sin embargo, creía decididamente en la laicidad. La Iglesia y el Estado debían permanecer separados por el bien de ambos. La enseñanza, en consecuencia, debía emanciparse de la tutela eclesiástica. La izquierda, respecto a las organizaciones confesionales, debía seguir dos principios básicos: respetar su libertad y no financiarlas a cargo del presupuesto público.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.


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