¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XXIV)
- Escrito por Francisco Martínez Hoyos
- Publicado en Historalia
Sabemos que Alfonso XII quedó destrozado tras la muerte de su primera esposa, María de las Mercedes, pero nada más, a excepción del título de una famosa canción sobre su desgracia. Sin embargo, el monarca es una figura compleja e indispensable para conocer lo que fue el edificio de la Restauración, con sus fortalezas y sus debilidades.
Tras el reinado fracasado de su madre, Isabel II, y la inestabilidad del Sexenio, Alfonso se proponía regenerar España con la implantación de un sistema parlamentario de estilo inglés, basado en la alternancia pacífica entre un partido conservador y otro liberal. Había llegado el momento de decir adiós, por fin, a los continuos golpes de estado o “pronunciamientos”. La Corona tenía que aportar decididamente por el sistema representativo.
Ahora, el soberano proponía ser un hombre de su siglo, verdaderamente liberal. Se preocupaba por conocer los fundamentos teóricos del constitucionalismo y echaba de menos una formación universitaria de carácter civil que hubiera preferido a sus estudios militares. Tenía, eso sí, una ventaja importante: su facilidad para los idiomas. Llegó a dominar el francés, el inglés y el alemán. Nada más lejos, por tanto, del político español arquetípico que no sabe más idioma que el suyo. Una vez en el trono cumplió correctamente, en líneas generales, con las obligaciones que la ley le marcaba. Con algunos matices importantes.
Era un hombre preocupado por su país. Se daba cuenta de la existencia de graves problemas, como la corrupción administrativa. Como rey, aspiraba a tener un papel activo en el gobierno, seguro de su capacidad para hacer una buena labor. Quería tomarse el tiempo necesario para examinar con atención los problemas, por lo que muchas veces se quejaba de que le obligaban a tomar decisiones con demasiada rapidez, sin posibilidad de un examen detenido.
Tendía a exagerar las atribuciones que la constitución le concedía, aunque tampoco era una figura meramente decorativa. Sus poderes le permitían encargar la formación de gobierno al partido de su elección, como hizo cuando, por decisión personal, llamó a Sagasta en 1881. Aunque con los conservadores se sentía más seguro, congeniaba bien con el jefe del partido liberal por su simpatía y, sobre todo, por su tendencia a ceder en muchas cosas con tal de cumplir sus deseos. Un diplomático extranjero llegó a decir que Sagasta, con su excesiva permisividad, había echado a poder al monarca.
En el terreno religioso cumplió con sus obligaciones públicas, aunque en privado profesaba el agnosticismo. Se decantó por la tolerancia en materia de fe, consciente de lo inoportuno de un regreso a la vieja unidad católica. Cuando un dignatario eclesiástico trató de imponer un planteamiento intransigente, se negó a plantear la cuestión con el argumento de que Europa ya había decidido en aquel tema. Sabía, obviamente, que una actitud ultramontana resultaba incompatible con las aspiraciones de modernidad.
Le hubiera encantado utilizar sus atribuciones para arreglar España, como admitió privadamente en cierta ocasión, aunque eso significara tomar decisiones drásticas, tal como como “derribar todo el Parlamento, todo el sistema constitucional y parlamentario” ¿Cómo podía decir algo así y seguir presentándose como alguien de “ideas liberales”? No hizo, al final, nada de eso, pero esas pretensiones no cumplidas recuerdan inevitablemente que su hijo, Alfonso XIII, si cedió a la tentación de prescindir de las instituciones. ¿Hubiera hecho lo mismo Alfonso XII si no hubiera vivido tan poco tiempo? Lo que sí sabemos es que se saltó las normas para llegar, contra el criterio de su gobierno, a un pacto secreto con Alemania, a la que nos comprometíamos a defender si entraba en una guerra con Francia. Con un ejército en los Pirineos, París tendría menos hombres que oponer a Berlín.
Cánovas pensó en él como rey-soldado. Cumplió con esta función hasta cierto punto, involucrándose en el desenlace de la segunda guerra carlista. Los militares debían saber que contaban con un líder eficaz. No obstante, según diversos testimonios de la época, el monarca descuidó sus obligaciones castrenses. En parte, por su caótica vida privada, con juergas que deterioraron su ya frágil salud. Él mismo reconocería que no era buena idea llevar un ritmo tan desenfrenado: “He quemado la vela por los dos extremos. He descubierto demasiado tarde que no es posible trabajar durante todo el día y divertirse toda la noche”. Prometió cambiar de conducta, ante la magnitud de sus errores, en un gesto que nos recuerda vivamente al de uno de sus descendientes.
El caso es que, como no era feliz en su matrimonio con María Cristina de Habsburgo, con la que se había casado solo por razón de estado, multiplicó sus aventuras amorosas. Concedió especial atención a dos hermosas sopranos. A una de ellas, Adelina Borghi, la expulsó de España un gobernador. Con la otra, Elena Sanz, tuvo hijos. Ella, a su muerte, obtuvo de la familia real una elevada cantidad de dinero, 750.000 pesetas, a cambio de entregar cartas comprometedoras que debieron ser destruidas de inmediato. Había que evitar, como fuera, que saliera a la luz la paternidad real sobre dos niños, Alfonso y Fernando.
En público, el rey tenía que mantener una apariencia de neutralidad. En privado se desahogaba y daba conocer sus opiniones. Llama la atención su fuerte crítica a la oligarquía económica, dueña de unos privilegios que se deberían básicamente al saqueo “Hay individuos que roban millones y son altamente respetados. Uno estrecha su mano en sociedad. Yo tengo amigos así, individuos agradables y cordiales que deberían estar encerrados”. Otro juicio de valor lo efectuó hacia finales de su reinado cuando dijo que Cánovas, el líder de los conservadores, lo decidía todo, incluso aquello de lo que no tenía ni idea.
Alfonso XII murió de tuberculosis sin haber llegado siquiera a los treinta años, dejando al país en medio de la incertidumbre de no saber si su hijo póstumo iba ser niño o niña. Nunca sabremos cómo hubiera sido la historia de España si hubiera vivido más. En cierto sentido, su fallecimiento prematuro fue beneficioso para su imagen histórica. Quedó en el recuerdo como una promesa malograda, un símbolo de lo que podía haber sido y no fue. Pese a sus méritos, eso no deja de ser una romantización.
Francisco Martínez Hoyos
Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.