¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XXVI)
- Escrito por Francisco Martínez Hoyos
- Publicado en Historalia
Ante los problemas creados por el industrialismo, la caridad tradicional no bastaba. Esta fue la convicción que guió a la Iglesia, a finales del siglo XIX, en su reacción ante la problemática de la clase obrera. No todo el mundo estaba de acuerdo, sin embargo, en que este fuera un asunto de su incumbencia. Para Miguel de Unamuno, los creyentes no debían sentirse concernidos por la cuestión social, porque este no era un ámbito religioso sino temporal. No cabía aplicar una solución católica sino plantear el debate en términos puramente humanos porque Dios había entregado los conflictos del mundo “a las disputas de los hombres”.
Como apuntó el historiador José Sánchez Jiménez, entre los católicos se dieron tres tipos de respuestas ante la situación del proletariado. Los integristas, simpatizantes del carlismo, ignoraron el tema: su prioridad era la lucha contra el liberalismo. Otros se preocuparon de recabar datos, en el marco de los Congresos Católicos, todo dentro de un posicionamiento de extrema moderación. Como mucho, solicitaron a las autoridades que trabajaran para mejorar el nivel de vida de los obreros, a la vez que pedían a los empresarios que velaran por la formación moral de sus plantillas a través de escuelas, capillas y misiones. A nivel ideológico, frente las doctrinas de izquierda, se insistía en la armonía entre el capital y el trabajo frente a la doctrina de la lucha de clases. No obstante, la prioridad de los Congresos no se centraba en el tema social sino en la unión política de los católicos.
La tercera respuesta consistía en la organización de círculos obreros de tendencia confesional, a imitación de los que Albert de Mun había fundado en Francia. Los más exitosos los crea un jesuita, Antonio Vicent, en la zona de Valencia. Aunque poseen una finalidad económica, tales organizaciones obedecían a una fidelidad básicamente religiosa. De hecho, su actuación se verá lastrada por su estricta dependencia clerical.
Se criticaba, por un lado, la situación cercana a la esclavitud sufrida por el proletariado, pero no por eso se daba el paso de establecer un asociacionismo de clase. Así, en los círculos católicos, conviven tanto trabajadores como patronos en un intento de poner fin a la separación establecida por el liberalismo económico. Frente al individualismo de la sociedad burguesa, frente al sindicalismo de la izquierda, lo que aquí se propugna es un sistema corporativo inspirado en los gremios medievales. “Sin la voluntad expresa de los patronos y obreros de reunirse para auxiliarse mutuamente, nada se podrá obtener”, escribe el padre Vicent.
En 1891, León XIII da a conocer la primera encíclica social, la celebérrima Rerum Novarum, expresión latina que significa “de las cosas nuevas”. Se ha debatido largamente acerca de si se trata de un texto obrerista o, por el contrario, se distinguiría por una prudencia más bien timorata. En realidad, presenta una ambigüedad que justifica las dos interpretaciones. Es cierto, por un lado, que hallamos aquí una condena del socialismo y la descalificación, por utópicos, de los ideales igualitarios, pero tampoco falta una condena tajante de la “crueldad de los patronos y la codicia de la competencia sin trabas”. Por otra parte, como ha hecho notar Michael Burleigh en Poder Terrenal (Taurus, 2005), resulta significativo que la encíclica dedique más atención que a las obligaciones de los empresarios que a las de sus trabajadores. Los primeros no debían olvidar que éstos eran seres humanos, no bestias de carga.
En España, un amplio sector de la jerarquía no llegó a sintonizar con las inquietudes pontificias, fuera por desconocimiento de la problemática social por desconcierto: de la noche a la mañana, Roma sancionaba puntos de vista que se habían considerado habitualmente revolucionarios. Fueron los obispos más jóvenes, apunta Feliciano Montero, los más abiertos a las directrices romanas. Los de mayor edad, mientras tanto, se quejaban por la descristianización sin entrar en cuestiones estrictamente sociales. No obstante, pese al frecuente retraso en su recepción, la encíclica sirvió para impulsar el obrerismo católico. Así, cinco años después, tiene lugar en Madrid la Asamblea Nacional de Corporaciones Católico-Obreras. Y, poco más tarde, un grupo de tipógrafos madrileños crea el primer sindicato católico.
Los representantes de esta corriente eclesial no se desprenden de la abierta hostilidad hacia la izquierda. Uno de los más ilustres, Maximiliano Arboleya, no vacila en presentar a los dirigentes de los movimientos de clase como un atajo de aprovechados que, en lugar de trabajar, se dedicaban a propalar teorías perniciosas. Por otra parte, ser “demócrata” en lo social, propugnando la igualdad de todos los seres humanos de acuerdo con la doctrina cristiana, no significaba, ni mucho menos, ser demócrata en lo político. El propio Arboleya recordaba a su público que el liberalismo constituía una herejía funesta, a la que todo católico tenía el deber de combatir.
Francisco Martínez Hoyos
Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.