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¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XXVIII)


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Recordamos a Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897) como el arquitecto de la Restauración, genial o mediocre según los gustos. Pero no solo se dedicó a la política. También fue un destacado historiador de la época de los Austrias, con títulos como la Historia de la decadencia de España, publicada en 1854, o el Bosquejo histórico de la Casa de Austria en España, de 1869. El suyo no fue, ni mucho menos, un caso excepcional. Emilio Castelar y Francisco Pi i Margall, por ejemplo, realizaron sus propias contribuciones al estudio del pasado. En el siglo XIX, la capacidad de escribir bien otorgaba una ventaja envidiable a todo aquel deseara dedicarse con éxito a la cosa pública. Cánovas cultivó el ensayo y la novela histórica de éxito con La Campana de Huesca, consciente de que así despejaba su camino hacia el poder.

En vida se le calificó de “primero de los historiadores españoles contemporáneos”. Su prestigio en este campo le permitió acceder a uno de los máximos honores imaginables para alguien del oficio, el de director de la Academia de la Historia. Sus enemigos, como era de esperar, utilizaron esta faceta suya para intentar desacreditarle. Leopoldo Alas “Clarín” le acusó, no sin exageración, de ser un escritor que no escribía, por lo que aún debía probar su condición de erudito. Lo que si es cierto es que Cánovas disponía de algunas ventajas que no estaban al alcance de cualquiera. Podía recurrir a su archivo privado o hacer que en el archivo de Simancas le prepararan copia de los documentos que necesitaba. Alguno de sus detractores llegó a acusarle de saquear bibliotecas a su antojo para llevarse todo aquello que necesitaba.

Su Historia de la decadencia fue una obra de principiante de la que, con el tiempo, renegaría por considerarla inmadura y no lo bastante documentada, al fundamentarse solo en bibliografía y no en investigación propia. Demetrio Castro en su prólogo al Bosquejo histórico, señala que Cánovas se dejó llevar entonces por criterios presentistas. Cuando criticaba a la reina Mariana de Austria por ser “princesa de poco talento, pero imperiosa y terca sobremanera”, sus lectores entendían que atacaba solapadamente a María Cristina de Borbón, la polémica madre de Isabel II. Es posible que el Cánovas maduro, convertido en un paladín de la monarquía, no comulgara ya con ciertas censuras que había escrito en su juventud contra personajes de la realeza.

El Bosquejo histórico, como era costumbre en la época, pasa revista a los monarcas y a los ministros del Siglo de Oro, de acuerdo con una concepción de la historia como biografía de los grandes hombres. El autor reconoce, por un lado, las arbitrariedades y hasta los crímenes de Felipe II, pero excusa su proceder con el argumento de que todos los monarcas europeos de su tiempo hacían más o menos lo mismo. Por otra parte, relativiza la represión del duque de Alba en Flandes al indicar que las tropas de Napoleón, durante su invasión de España, fueron mucho más brutales.

¿Quiere decir todo esto que nos encontramos ante el típico autor de derechas empeñado en cantar las glorias imperiales? No exactamente. Cánovas no era un tradicionalista sino un liberal conservador. Rechaza, como tal, el fanatismo y la intolerancia aparejados al Santo Oficio, un tribunal que, a su juicio, actuaba más por razones políticas que religiosas y fomentaba una fe hipócrita, más atenta a los formulismos que a una auténtica experiencia espiritual.

Respecto al ámbito cultural, llama la atención, el rechazo frontal a Góngora, un poeta que sería sinónimo de pedantería y oscuridad. Su obra marcaría el inicio de la decadencia literaria. Ante un prejuicio tan marcado, comprendemos mejor la novedad que representaría la Generación del 27 con su reivindicación del escritor cordobés.

Cánovas, en cierto sentido, es un historiador convencional por su énfasis en los aspectos personales de las grandes figuras del pasado. Sus páginas, sin embargo, poseen también un claro aire de modernidad cuando explican la decadencia hispánica a través de factores estructurales. El poderío español no podía perdurar porque se apoyaba en unos cimientos poco sólidos como una demografía escasa y una economía débil. Los castellanos, en lugar de nadar en la abundancia, vivían pobremente agobiados por el pago de los impuestos. Los desarreglos económicos, para nuestro historiador, se derivaban directamente del imperialismo poco sensato de monarcas como Carlos V y Felipe II.

Precisamente por esta falta de recursos, la obsesión por conservar los innumerables dominios se convirtió en una misión imposible que acabó por agotar al país. Así, el heroísmo de los tercios, con su esfuerzo para retener unos territorios que se habían ganado prácticamente por casualidad, resultó “impolítico y funesto”. Las mismas cualidades que con las que un particular alzaba la gloria podían ser, aplicadas a una nación, las que empujaran por el precipicio. El conde-duque de Olivares, trabajador y tenaz, pecaba precisamente por no saber distinguir lo posible de la quimera. Como político visionario había contribuido a traer “confusión y estrago”.

Cuando Cánovas hace esta clase de planteamientos no se limita a decir lo que piensa sobre un periodo turbulento y lejano. Es obvio que también justifica, de manera indirecta, su política exterior de “recogimiento”. Consciente del peso reducido de España en la esfera internacional, el líder conservador se alejó de las alianzas internacionales para sumirse en el aislamiento. Es cierto que, como ha mostrado la moderna historiografía, esta manera actuar no obedecía tanto a la propia voluntad como a una imposición de las circunstancias, en una coyuntura en que nadie tomaba a los españoles del todo en serio. Aunque eso no significa que Cánovas desconociera los peligros de una ambición sin el respaldo de la imprescindible fuerza material. No había que caer en la tentación de estirar el brazo más que la manga: “Ni los individuos ni las naciones lograran a la larga ventajas, levantándose más que consienten sus condiciones propias”.

En la actualidad, los divulgadores históricos patrioteros afirman que España perdió su primacía porque los extranjeros conspiraron para arrebatarle lo que era suyo. La culpa, por tanto, habría sido de los demás. El enfoque canovista es radicalmente diferente: “Dios da a cada nación a la larga lo que merece en el mundo”. La historia, por tanto, no ha de servir para que un pueblo se ensimisme en viejas heridas sino para que aprenda de los antiguos errores y construya un futuro mejor con sus obras.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.


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