Capitán Richard F. Burton. Harar, ciudad prohibida. XXII
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Era media tarde cuando Burton llegó a las puertas de la ciudad. Si vio obligado a esperar, rodeado por una multitud de curiosos. Pasada media hora, fue conducido con sus acompañantes a uno de los patios de palacio, que a Burton le mereció la descripción de “simple cobertizo”. Burton se vio obligado a esperar otro rato, esta vez en un patio repleto de guerreros gallas, en ademán de no tener nada que hacer. No fue recibido cordialmente. El guardia que lo había traído desde las puertas de la ciudad, hasta el palacio, era un hombre malencarado, iracundo. En hararí, lengua que Burton aún no hablaba (aunque fácilmente le cogió el tranquillo), ordenó a Burton y a sus acompañantes que entregasen sus armas. Burton se negó: “Nuestra obstinación nos valió el privilegio de conservar la daga y mi revolver”.
“El guía apartó entonces una cortina que hacía las veces de puerta, hizo una especie de reverencia y, me dejó en presencia del temido gobernante. Caminé por la vastísima sala de un centenar de pasos de longitud (más de 30 metros), por entre dos largas hileras de guerreros gallas. Eran salvajes semidesnudos, de gran tamaño, quietos como estatuas, con la mirada fiera e inmóvil, cada uno de ellos en posesión de una lanza enorme. Deliberadamente, los dejé atrás con frialdad, caminando con altivez, mirándolos fijamente a la cara. Llevaba un revolver oculto al cinto y, estaba dispuesto, a la primera muestra de peligro, a correr hasta el Amïr y encañonarle la sien, si fuese menester para salvar la vida”.
El hombre más peligroso de aquella parte de África, no resultó ni muchos menos agradable. “Su aspecto se semejaba al de un pequeño rajá de la India. Era en efecto un macilento muchacho de unos 25 años, poco atractivo.
Burton entró en la estancia con un sonoro “La paz sea contigo”, en árabe, al que el príncipe respondió graciosamente. Se le acercaron dos chambelanes que, sujetándole por los antebrazos, le obligaron a inclinarse sobre los dedos extendidos del Amïr, “que sin embargo no besé, pues me repugna por naturaleza ejecutar tal operación, sobre mano que no sea de mujer”. El Amïr inquirió a Burton sobre el propósito de su visita. Burton, en árabe, dijo que le transmitía los más cordiales saludos del gobernador de Adén y, que “habíamos penetrado hasta Harar para ver con nuestros propios ojos el luminoso semblante de su alteza”. Este tipo de conversación siempre fue un placer para Burton, por ser uno de los momentos de más riesgo, que podría decantarse en un sentido o en otro. ¿Cómo iba a reaccionar el príncipe?
“El Amïr sonrió, al parecer complacido”
Pues eso.
(Continuará. )
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.