Capitán Richard F. Burton. El Gran Safari. V
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
El barco armado que pusieron a disposición de Richard F. Burton, para su desplazamiento a Zanzíbar, estaba en impecables condiciones, los alimentos eran sobradamente buenos, el viaje discurrió sin incidentes, los oficiales honraron a Burton y a Speke, tratándolos como hombres valerosos, a punto de iniciar una valerosa aventura.
El capitán Burton, de nuevo convertido caso de pleno en el bávaro aficionado, se enamoró inmediatamente de Zanzíbar. “Todo era voluptuosidad y gentileza, todo parecía henchido como los rotundos contornos de las jóvenes negras… “.
Pero Burton iba a descubrir también que, desde la muerte del sultán, acaecida pocas semanas antes, los acontecimientos en Zanzíbar prácticamente frisaban el caos. Se había desatado una batalla entre los dos hijos del sultán, uno en Maskat y notoriamente antibritánico, y el benjamín, que se había apoderado del trono de Zanzíbar y se aprestaba para librar la guerra contra su propio hermano. Una epidemia de viruela había azotado recientemente el terreno, y una severísima sequía había sometido la costa del sur a un hambre aterradora.
Burton recorrió la mayor parte de la isla. Zanzíbar era un lugar poco aconsejable para los blancos. “Con tal mal tiempo y con peor licor, los británicos consideran muy dura la vida en Zanzíbar”, observó Burton. No existía ni un solo curandero entre los nativos, y todo el abanico de enfermedades tropicales proliferaban sin cortapisas.
Eran muy comunes las dolencias urinarias y genitales – “la gonorrea es tan frecuente que ya casi no se considera una enfermedad” -. “La sífilis es muy abundante… y se presenta con síntoma formidables”. Los árabes la llamaban “el león negro”. El calor, las enfermedades, los malos alimentos, las lluvias, “los deprimentes insomnios que alterna con un sueño letárgico… el ardor del día y la noche irrespirable…”. Poco había en la isla que no afectase muy seriamente a los blancos y los nativos por igual.
La ciudad de Zanzíbar era tan fétida y vulgar como pocos sitios que hubiese visto Burton. “A veces, en las aguas espesas flotan los cadáveres, y la costa entera es un pozo negro. Y las calles son totalmente inadecuadas, ara que una mujer decente (blanca) pasee a sus anchas”.
No era el color de la piel lo que irritaba a Burton, sino la absoluta falta de cultura y civilización. No existía ni la más mínima apariencia de respetabilidad.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.