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Picando en el muro católico


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Cualquier idea de éxito comenzó siendo, al principio, la de unos pocos. El siglo XVIII será, en Europa, el de la Ilustración. La historiografía, con frecuencia, ha creído ver en el periodo una progresión de los ideales secularistas. Había razones fuertes para pensar así, a la luz de ciertos autores que se expresan en términos muy críticos contra la fe en general y la Iglesia católica en particular.

Empecemos con el caso muy peculiar de Jean Meslier (1664-1729), un cura de pueblo que, al fallecer, dejó un extenso y feroz alegato contra la religión. Afirmaba que le sabía muy mal haber mantenido a sus fieles en doctrinas equivocadas, una obligación que había cumplido con repugnancia y, por eso mismo, de forma negligente. No había tenido más remedio que esperar la muerte para desvelar su verdadero pensamiento porque, en vida, se hubiera expuesto a serios peligros.

Para Meslier, las religiones no son otra cosa que invenciones humanas. Los poderosos se sirven de ellas para legitimar su actuación ante los débiles y obligarles a que cumplan con sus deseos. Todas pretenden ser verdaderas y, precisamente por ese exclusivismo, no hacen más que provocar enfrentamientos entre los seres humanos, dispuestos a arriesgar su vida y sus bienes por defender la sarta de falsedades en la que creen fanáticamente. Mentiras como los premios del cielo y los castigos del infierno. Así, en nombre de esos espejismos, las distintas confesiones solo contribuyen a multiplicar la violencia: “En efecto, no hay guerras más sangrientas y crueles que las que se hacen por motivos o bajo pretextos religiosos, porque cada religión actúa entonces con un celo y un furor ciegos y cada participante desea hacer con su enemigo un sacrificio a Dios”.

En el terreno moral, el cristianismo sería incorrecto por tres razones principales. La primera sería el énfasis en amar el dolor y el sufrimiento, con preceptos como renunciar a uno mismo y llevar la propia cruz. Una segunda razón sería la condena no solo de los actos sino también de los pensamientos y las inclinaciones, tal como se ponía de manifiesto en una concepción retrograda de todo lo sexual. La tercera equivocación que denuncia Meslier es la aprobación de principios que favorecen a los injustos y perjudican a los buenos, como el de amar a los enemigos o poner la otra mejilla.

El antiguo cura no se mueve solo en un terreno filosófico. Pretende aportar pruebas tan contundentes de sus ideas como las que se utilizan en cualquier ciencia. No piensa, en ningún momento, que se mueva en el terreno de lo opinable. Cualquier persona justa ha de pensar como él y, en consecuencia, tomar el partido correcto en lo que constituye un combate entre la luz y las fuerzas de la oscuridad. Meslier ejercicio en el siglo XVIII una influencia considerable aunque muchas veces se difundió en versiones suavizadas, dada su profunda radicalidad. Holbach dio a conocer un resumen de sus ideas. Voltaire, por su parte, lo idolatraba y llegó a escribir que “debería estar en las manos de todos”.

En los numerosos escritos en los que se pronunció contra la Iglesia católica, Voltaire veía una organización autoritaria basada en principios inconsistentes. Su pensamiento podía ser anticristiano pero no antirreligioso puesto que abogaba por una religión natural, es decir, basada en la razón humana, no en la revelación divina. De ahí que, como criterio de verdad, utilizara los principios morales comunes a todos los seres humanos. Si una religión iba contra la caridad, la buena fe o la justicia, no quedaba duda acerca de su falsedad. Eso era patente en el caso del judaísmo y del cristianismo: el Antiguo Testamento aprobaba todo tipo de matanzas.

Voltaire no tenía un mal conocimiento de los textos sagrados. Todo lo contrario. Lo que sucedía es que los interpretaba desde un sesgo fuertemente crítico. Su correspondencia, como se ha hecho notar, está llena de citas bíblicas, pero siempre por lo general en el contexto de una burla. Voltaire analiza las Escrituras y llega a la conclusión de que constituyen un amasijo de imposturas y de contradicciones. Los Evangelios no serían fiables como testimonio histórico y Jesús no sería el hijo de Dios. En cuanto a sus principios morales, tampoco tendrían nada de particular: “¿En qué religión el adulterio, el latrocinio, el asesinato y la impostura no son prohibidos?”.

La Enciclopedia, a su vez, también se manifiesta en términos anticatólicos. Solo hay que ver un detalle en apariencia poco importante como las referencias cruzadas. Las del término “Antropófagos” remitían a “Eucaristía” y “Comunión”.

Sin embargo, más allá de pensadores radicales y minoritarios, el continente continúa con su fuerte apego al catolicismo. Es más: la Iglesia vive momentos de revitalización. Es en esa época cuando se originan órdenes religiosas como los redentoristas o los pasionistas mientras devociones como la del Sagrado Corazón experimentan un fuerte avance. Así, la época de los filósofos racionalistas es también la de místicos como la religiosa clarisa Bernardina Renzi. El pasado es así: lleno de contradicciones. Por eso los historiadores deben ser precavidos para no contar solo una parte del relato.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.


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