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El ensanche de Cerdà. I


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Los ensanches constituyen uno de los medios fundamentales en la reordenación urbana en el siglo XIX. Los ensanches pretendían dar una solución a la escasez de suelo urbanizable en el momento en que las ciudades comenzaban a crecer por la inmigración rural. Pero, además, había que hacerlo de forma organizada a través de un plano geométrico. Por fin, los ensanches consolidaron la especialización socioeconómica de las ciudades, ya que segregaban la población en distintos espacios según su clase social.

El modelo de ensanche de las ciudades occidentales decimonónicas fue, sin lugar a dudas, el establecido por el barón Haussmann en el París del Segundo Imperio, aunque existieron otros modelos, como el vienés, por citar alguno. En España el principal ensanche fue elaborado por el ingeniero Ildefonso Cerdà para Barcelona, impuesto en 1860 por el gobierno frente al proyecto aprobado por el Ayuntamiento barcelonés. El ensanche de Cerdà es una extensa red cuadrangular, formada por una trama de manzanas en cuadrícula y grandes avenidas perpendiculares y diagonales.

En Madrid, en el año 1860 se aprobó el plan de ensanche de la capital, elaborado por el ingeniero Carlos María de Castro. La administración quería crear una ciudad moderna que sirviera como símbolo del Estado liberal. En este caso se conectaba más con el espíritu de los cambios urbanísticos parisinos. La parte más conocida del ensanche madrileño sería el barrio que promovió el marqués de Salamanca.

Otras ciudades que aprobaron ensanches fueron: Bilbao (1863), San Sebastián (1864), Valencia (1865) o Zaragoza (1894). Frente a este auge de algunas ciudades que tuvieron que aprobar ensanches, otras quedaron muy rezagadas, dentro de sus antiguas murallas y cascos históricos.

Los ensanches generaron un fortísimo negocio inmobiliario, fomentando la creación de grandes fortunas al revalorizarse el valor del suelo. El auge de la construcción favoreció también el mercado laboral, absorbiendo mucha mano de obra.

Los planteamientos teóricos de los ingenieros, arquitectos y planificadores, algunos de ellos muy novedosos, no fueron respetados en muchas ocasiones y sufrieron cambios. La especulación modificó los diseños originales, limitando equipamientos, espacios verdes y libres, elevando las alturas de los edificios, etc…, en beneficio del negocio de la construcción, y en detrimento de otras cuestiones relativas a la higiene, la estética y, en general con aquellas relacionadas con lo que hoy llamaríamos calidad de vida. Aún así, algunas de las realizaciones finales, como la de Barcelona, han pasado a la Historia del urbanismo y son estudiadas en todo el mundo.

A mediados del siglo, Barcelona comenzó a experimentar un cambio urbanístico profundo que marcaría a la ciudad para siempre. El primer episodio de la transformación sería el derribo de las murallas. La ciudad experimentó un fuerte crecimiento demográfico que ya era evidente en el siglo XVIII. Si a principios de dicho siglo se calcula que vivían unas treinta y cuatro mil personas en Barcelona, a mediados del siguiente siglo la población había aumentado a unas ciento ochenta mil. El problema era que el cerco de las murallas aprisionaba a esta población porque la densidad se disparó, y eso tuvo unas claras consecuencias sanitarias e higiénicas. Los barceloneses vivían hacinados. El problema de la contaminación del agua era grave, y hasta que se generalizaron los entierros en cementerios fuera de la ciudad, los internos eran un evidente foco para la propagación de infecciones.

Pero, aunque desde la ciudad se reclamó muy pronto que se abordase el derribo de las murallas que constreñían a la población, el Gobierno de Madrid no era partidario porque Barcelona estaba considerada como una plaza fuerte. Pero la ciudad se movilizó. En este sentido, hay que destacar la importancia de la figura de Felipe Monlau, seguramente el higienista más destacado de Cataluña y España de la época, sin olvidar su carrera humanística. Pues bien, en 1841 publicó una memoria con un título significativo, “¡Abajo las murallas!”. Había sido premiada por el Ayuntamiento en el concurso que había convocado en ese año para promover el desarrollo de la ciudad. Monlau insistía en que el derribo de las murallas era una condición fundamental para evitar las epidemias y procurar espacio para que la ciudad ganara en salubridad. Pretendía que la ciudad creciera desde el río Llobregat al Besós.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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