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El ensanche de Cerdà. II


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

La ciudad intentó derribar parte de la Ciudadela en octubre de 1842, y que precipitaría el bombardeo decretado por Espartero. En 1844, el religioso y filósofo Jaime Balmes pidió desde las páginas de La Sociedad, el derribo de las murallas contradiciendo el argumento sobre su importancia militar, como defendía Narváez desde Madrid.

El Ayuntamiento de Barcelona aprobó un proyecto que había elaborado su secretario, Manuel Durán i Bas, para el derribo de las murallas. Fue enviado al Gobierno en mayo de 1853 con el apoyo unánime de todos los miembros del Consistorio. En Madrid, los diputados catalanes apoyaron la propuesta, además de la implicación intensa de Pascual Madoz, que conocía bien el problema, habiendo sido gobernador civil de Barcelona, antes de pasar a ser ministro de Hacienda y poner en marcha la desamortización civil que le hizo famoso. Toda esta movilización dio sus frutos porque el 9 de agosto de 1854 se procedió a dar la orden de derribo, aunque había que respetar la muralla del mar, el castillo de Montjuïc y la fortaleza de la Ciudadela.

El derribo aceleró el proceso de expansión de la ciudad. Aún antes, en 1844, nos encontramos con el ofrecimiento de Miquel Garriga i Roca, es decir, el arquitecto municipal, para elaborar un plan de ensanche. En 1846, Antonio Rovira i Trías publicó un planteamiento geométrico de ensanche.

Un año antes de la orden de derribo de las murallas, el Ayuntamiento se puso en marcha en previsión del futuro. Así pues, creó la Comisión de las Corporaciones de Barcelona, que luego sería la Comisión del Ensanche, con representantes de la industria, de la prensa y también con arquitectos.

Por su parte, el Gobierno en 1855 encargó al ingeniero Ildefonso Cerdà que hiciera el plano topográfico del Llano de Barcelona. Se trataba de una extensa área no urbanizada por razones militares que existía entre la ciudad en sí y Gracia, y desde Sants a San Andrés de Palomar. Cerdà era no sólo ingeniero sino también un hombre con amplias inquietudes higienistas. En este sentido, en 1856 publicó la Monografía de la clase obrera, que estudiaba la realidad global de la vida en la Barcelona intramuros. Concluyó que la ciudad no era apta para los cambios del siglo. Por eso había que cambiar. Cerdà pasó muchos años pensando cómo debía ser una ciudad. Sus investigaciones y reflexiones se plasmarían años después en su obra Teoría General de la Urbanización (1867). El ingeniero buscaba la creación de la ciudad integral.

En 1859 el Gobierno le encargó que se pusiera manos a la obra para el ensanche de Barcelona. Eso ocurría a primeros de febrero. Ante este encargo el Ayuntamiento reaccionó casi de inmediato y en abril convocaba un concurso público para proyectos de ensanche. El 9 de junio de ese año el Gobierno aprobó el plan de Cerdà.

Por su parte, el concurso municipal fue ganado por unanimidad por Antonio Rovira i Trias. Era el proyecto de la burguesía barcelonesa porque establecía un ancho muy limitado de las calles, de doce metros, y permitía construir con alturas considerables, condiciones que facilitaban el negocio inmobiliario que se prometía muy lucrativo. En una palabra, era un plan que favorecía más construcciones y mayor densidad de población. Por otro lado, buscaba una malla urbana circular con crecimiento radial buscando integrar las poblaciones de los alrededores. El proyecto podría vincularse al de Haussmann en París y hasta el denominado “ring” vienés. El plan de Cerdà tenía un marcado carácter igualitario y eso tampoco gustó a la burguesía. El nacionalismo catalán atacaría desde finales del siglo XIX y en las primeras décadas del XX el plan por considerarlo una imposición del Estado. En este sentido, parece significativo el comentario de Enric Prat de la Riba, uno de los políticos catalanistas más destacados en el cambio de siglo, cuando hablaba de la “monótona y vergonzosa cuadrícula” que habían impuestos los gobiernos frente al modelo de ciudad irradiada a partir de la vieja ciudad histórica, en alusión al plan de Rovira. Pero Arturo Soria dijo que Cerdà en veinte años de intensa actividad, “en que fue duramente hostigado por poderosas fuerzas locales, hizo de Barcelona una ciudad moderna e importante”.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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