Capitán Richard F. Burton. El Gran Safari. XV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Pese a todas las inclemencias y, en condiciones que a otros hombres les habría hecho dar la vuelta, Richard F. Burton insistió en seguir avanzando. Durante el primer año existió un cierto grado de camaradería entre Burton y Speke, casi de todo punto incompatibles.
Se cuidaron mutuamente en sus periódicas convalecencias. Para pasar el rato en las crueles horas de la enfermedad, o mientras esperaban la llegada de los porteadores, o el momento propicio para reanudar el viaje, se leían el uno al otro obras de Shakespeare, u otros libros de su reducida biblioteca. En un principio Speke mostró sus diarios a Burton, pero molesto quizá por el doloroso recuerdo, de lo ocurrido con su diario somalí, dejó de hacerlo. África – y Burton – empezó a atacarle los nervios. No podía hablar más que con Burton y con Sidi Bombay, mientras que el propio Burton, con sus vastos conocimientos de políglota, charlaba con todo el que pasaba por delante. Para Speke, África se había convertido en “un vasto mapa, monótono, siempre igual, sin sentido”. En cambio, para Burton, África no era ni mucho menos monótona. Sus quejas acerca de los indígenas fueron mitigándose, a medida que fue adentrándose hacia el interior, empezó a detectar su tremenda variedad.
Además, siempre había que tener en cuenta a las mujeres. Da la impresión de que, durante todo este periodo en África Central, a cada parada, con fiebre o sin ella, Burton aprovechaba el tiempo en las aldeas, para acostarse con una o varias mujeres, mientras Speke permanecía morosamente aislado en su tienda, escribiendo cartas a su madre, o transmitiendo sus quejas a Norton Shaw. Las mujeres estaban tan al alcance de la mano, que cualquier lector se asombra al leer, los comentarios sobre la lasitud moral en que abunda Burton, concepto muy poco frecuente en sus escritos anteriores.
Pero para ninguno de los dos iban bien las cosas. Speke, a pesar de sus posteriores jactancias sobre su buena salud, estuvo muchas veces tan enfermo, que hubo de ser transportado en angarillas. Las abundantes brújulas, compases, relojes, cronómetros y otros instrumentos necesarios para realizar mediciones cartográficas, se estropeaban, funcionaban mal o eran robados. El único pasómetro de que disponían daba una medida inexacta. Al cabo de dos semanas de iniciada la expedición, los tres cronómetros de bolsillo “fallaron”, resultandos inservibles para la medición de longitudes cronométricas. La improvisación y la adivinación, hubieron de sustituir la exactitud de los instrumentos.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.