Lászlo Almásy. Zarzura. VI
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Por fin reunidos los dos (Heller y Almásy) en la parte superior del Jilf Al Kabir, hicieron señales a Sabir de que podía regresar al campamento y, volver a mediodía para recogerlos, en el punto ya convenido el día anterior.
Durante toda esa mañana Almásy y Heller, trabajaron con el telémetro y la aguja magnética, dibujando los valles adyacentes. Concluido el levantamiento topográfico, se dirigieron hacia el ramal, donde debía aguardarlos el conductor sudanés y a las 2h de la tarde, se descolgaron hasta su lecho arenoso. Para su sorpresa, allí no había nadie. Se tumbaron en la arena, resignados a esperar. Sin agua ni comida, su intranquilidad iba en aumento ¿Habría tenido Sabir un accidente con el vehículo? Así que resolvieron, que había que pasar a la acción y, se encaminaron hacia el valle principal, con el sol cayendo a plomo sobre ellos. Los minutos se convirtieron en horas y, a las 6h de la tarde, ya notaron calambres en sus piernas y, dificultades en la visión, los primeros síntomas del agotamiento. Según sus cálculos, debía haber andado 20 km, desde el lugar de la cita con Sabir. Ahora deshidratados y con la lengua hinchada, apenas podía hablar. Heller se comunicó con su jefe, escribiendo en la arena una sola palabra: SED.
Al llegar la noche, el vehículo seguía sin aparecer. Heller garabateó otras dos palabras en el lecho arenoso: wadi Hamra. Almásy comprendió de inmediato, lo que el suizo quería decirle y, describe su propia reacción con acentos dramáticos:
“¡Dios misericordioso! ¿Habremos perdido el rumbo en la altiplanicie y, en lugar de descender al ramal del wadi Abd El Melik, nos habremos perdido en el wadi Hamra?... En tal caso no hay salvación posible… Pero no. La sospecha de Heller, no es más que la fantasía de un hombre sediento, por la que no debo dejarme influir. Estamos en el wadi Abd El Melik y, a cada paso que damos, nos acercamos más al campamento”.
En su situación no le quedaba otro remedio, que creer eso último. Ahora ya no caminaban, se arrastraban. Hacia la 1h de la madrugada, Heller se desplomó, incapaz de dar un paso más. Pensando que el campamento, no podía estar a más de 2 ó 3 km. Almásy decidió seguir solo. La lengua se le salía de la boca y, velos multicolores, se agitaban delante de sus ojos. Únicamente se sostenía en pie, por un enorme esfuerzo de su voluntad, avanzando hacia los oscuros corredores de la inconsciencia… Y cercano a ellos, lo encontraron Sabir y Selim, sentado sobre la arena, alas 3h de la mañana.
De pronto, saltando como un resorte, Almásy se abalanzó sobre este último, con el postrer resto de su energía: “La visión de la cantimplora en las manos de Selim, me hizo perder el juicio. Era el furor de la muerte por sed”, explicaría después. A sus dos servidores les costó Dios y ayuda reducirle, derribándole al suelo y sujetándole allí, mediante una férrea presa y, algún que otro puñetazo, a la par que le rogaban, casi sollozando, que se calmara, pues beber agua, en su estado de sed extrema, significaba una muerte rápida por asfixia, al provocar la inflamación de las mucosas de la boca y de la tráquea.
Tras retroceder con el coche, a Heller lo encontraron media hora más tarde, inerte, tumbado sobre la arena. A los sudaneses les llevó diez minutos, hacer que recuperara la conciencia. Mientras sabir conducía de regreso al campamento, Salim daba de beber a sorbos, a los dos extenuados exploradores, casi incapaces de tragar, goleándoles la espalda, para que el agua no se les quedará atascada en la garganta.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.