Talleyrand. Tal para cual. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Una vez más Talleyrand fue a pedir ayuda a Mme de Staël, esta vez en un cierto tono melodramático. Germain logró que el antiguo abbé y Barras se conocieran en el Palacio de Luxemburgo, sede del Directorio y, se lo presentó como el hombre ideal para ocupar un ministerio importante: Exteriores o Finanzas. Parece ser que en un primer momento Barras desconfió de él (le recordaba físicamente a Robespierre) y le hizo saber que los demás directores se opondrían. Con todo, pensó que tal vez aquel hombre podía servir para dotar a Francia de una imagen menos belicosa a los ojos de los demás europeos. Finalmente, lo invitó a cenar en su residencia de Suresnes, junto al Sena. Y aquí, como en tantas otras ocasiones a lo largo de su vida, el hado favoreció a Talleyrand.
El exobispo de Autun fu el primero en llegar a la cita. Y mientras Charles-Maurice se distraía en la librería, entraron dos jóvenes (al parecer también invitados) a comprobar la hora. Aún tenían tiempo, les dijeron, para darse un chapuzón en el río y desaparecieron. Al poco rato uno de ellos regresó goteando y con la faz demudada. Su amigo, tartamudeó, acaba de ser trafado por un remolino del Sena. Toda la servidumbre de la casa, seguida por Talleyrand, se lanzó a buscarlo, pero, aunque hallaron al muchacho, secretario particular de Barras y también su amante secreto, ya se había ahogado.
Charles-Maurice regresó a la casa y, al poco, llegó Barras, que, al ser informado de lo ocurrido, se descompuso por completo y se encerró en su habitación sollozando ruidosamente. Tras el primer llanto, recibió a su único huésped, que hizo cuanto pudo (y podía mucho) para calmarle y consolarle. Seguramente hubo de recurrir a toda su educación de seminarista, pero funcionó. Además, los dos tenían mucho en común: a pesar de su trayectoria “revolucionaria”, Barras seguía siendo, en el fondo, un aristócrata liberal y, ambos compartían la falta de escrúpulos y un ansia desmedida por enriquecerse. En aquel momento eran tal para cual, y lo fueron hasta que Napoleón, con la inestimable ayuda del obispo de Autun, defenestró a Barras.
Aunque los demás directores no sentían simpatía alguna por el antiguo abbé, Barras consiguió convencer a dos de ellos y los puso de su lado y, el 16 de julio de 1797 Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord, fue nombrado ministro de Asuntos Exteriores. Había convencido a Barras de que él era, a la vez, un auténtico europeo y un patriota francés.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.