Capitán Richard. F. Burton. El Gran Safari. XXV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Mientras Richard F. Burton está enfrascado en el estudio del kisawahili. John H. Speke avanzaba hacia el norte. No cabe duda de que era un hombre valeroso, o quizá un terco. Se hallaba a solas, en un territorio completamente desconocido, rodeado por personas que igualmente podían darle de comer o asesinarle impunemente, sin saber qué se decía o qué se cocía a su alrededor, salvo lo que le transmitía en su indostaní chapurreado Sidi Bombay Mubarak, el único hombre con el que podía mantener una elemental conversación. Su escolta se mostró rebelde, tendente a amotinarse. Peor aún, seguía estando casi ciego y, los residuos del escarabajo alojados en el oído, le habían sumido en una sordera casi total.
“Los infortunios se repitieron sin cesar”, comenta cuando una sultana, la única mujer con que topó, que detentase el poder sobre su tribu, no sólo hizo cuanto estuvo en su mano, por posponer la partida del primer hombre blanco que había visto en su vida, sino también por despojarle de su vestimenta.
El 1 de agosto, siguiendo un pequeño riachuelo que iba ganando caudal a medida que fluía hacia el norte, Speke descubrió encantado, que por fin había adquirido “muy considerables dimensiones”. Dos días después, el 3 de agosto, la caravana ascendió por una prolongada cuesta que, “como carece de nombre entre los nativos, llamaré Somerset”. Esta práctica de poner nombres ingleses a los accidentes de la geografía nativa, enfurecía a Burton, así como a otros puristas, si bien dichos nombres europeos iban a sobrevivir.
En lo alto de la cuesta, “de pronto surgieron ante nosotros las vastísimas aguas del N’yanza. El lejano horizonte del mar, al norte, quedaba bien perfilado por la claridad del aire entre el norte y el oeste, según indicación de la brújula”. “Me he aventurado a poner – escribió Speke – a esta magnífica extensión acuática el nombre de VICTORIA, en honor de nuestra graciosa soberana”.
“Ya no sentí ni asomo de duda, respecto a que el lago que había a mis pies, daba origen a ese interesante río (el Nilo) cuyo nacedero ha sido objeto de tantas especulaciones y, objetivo de tantas exploraciones”.
Así pues, ¡Speke había descubierto las fuentes del Nilo! Ahora bien ¿seguro? De semejante afirmación había de brotar infinitud de discusiones. Él se sintió seguro del descubrimiento que creía haber hecho, aun cuando no había entrevisto, sino un minúsculo fragmento del lago más grande de África (el segundo del mundo entero, sobrepasado tan sólo por el Mar Caspio). El mapa que había trazado a partir de “testimonios árabes “era en sustancia tan correcto, en lo que atañe a sus líneas generales, que no hubo de alterar ni una sola”. Ya había remitido el mapa a la Royal Geographical Society.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.