EDICIÓN EN DÍAS LABORABLES:    ESP    |   EUR    |   AME   |   CAT
⮕ APÓYANOS

Talleyrand. El príncipe inmóvil


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Charles-Maurice de Talleyrand se dio cuenta de que los dos principales apoyos que había contado hasta entonces (Mme de Staël y Napoleón) eran claramente incompatibles y ello le ponía en el brete de tener que elegir entre ambos. A pesar de su vieja amistad con Germain y los muchos favores que le debía, hubo de decidir en su contra y, a partir de entonces, habló mucho menos de ella en público. Por una vez la “Gran Leona” de Francia (que, con el paso del tiempo, iba a ser llamada la “Tercera Potencia”, junto con Rusia e Inglaterra, de la guerra contra Napoleón) había sido arañada. Y nunca lo olvidó.

En la primavera de 1798 Napoleón, con el respaldo de Talleyrand, logró convencer al Gobierno en relación con su expedición a Egipto. A pesar de que los cinco integrantes del Directorio seguían dando preferencia a Inglaterra. De todos modos, la aventura africana serviría para apartar (por lo menos por una temporada) a un general demasiado audaz de la capital del país. No quedaba muy claro cual iba a ser su misión. Parece que Napoleón llegó a soñar con destruir al Imperio otomano y hacerse con Constantinopla. Talleyrand era mucho más pesimista. Con todo, antes de separarse, Charles-Maurice puso a disposición del militar 100.000 francos de su propio bolsillo, a devolver a su comodidad. Quizá con ello quería desmentir, delante del que quería considerar su pupilo, los rumores que corrían sobre sus turbios negocios.

En aquel momento Talleyrand ya empezaba a plantearse la posibilidad de dimitir de su cargo de ministro del Directorio, pero prefirió seguir en él sin tomarse demasiadas molestias. En sus cartas a Bonaparte, que abundaron en esa época, sorprende el tono tan poco burocrático que usa para dirigirse al general, que hombre “leído”, sabía distinguir una buena prosa de otra mala.

Holanda, Suiza e Italia hasta Roma se hallaban entonces el las garras de Francia, pero Francia no gustaba a nadie. No tenía ni un solo aliado y Rusia, gobernada por el “delirio imbécil” del hijo de Catalina la Grande, Pablo I, primero entusiasta de la Revolución y luego radicalmente opuesto a ella, que fallecería en 1801, dejando el trono a su hijo Alejandro I, era un misterio del cual nada bueno cabía esperar. Prusia y Austria se mantenían expectantes, y la pretendida neutralidad de los EE.UU. cada vez más decantada hacia Inglaterra, aconsejaba mantenerlos al margen de todo en lo posible.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


EL TIEMPO

GUÍA TV

CARTELERA

CINE EN CASA

PASATIEMPOS

SORTEOS

Necesitamos tu apoyo económico para hacer
un periodismo fiable y con valores sociales

PERIODISMO DE DATOS

El periodismo independiente necesita el apoyo de sus lectores y lectoras para garantizar que los contenidos incómodos que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. Si compartes estas preocupaciones y si valoras la labor de un medio libre que se atreve a plantearlas, apóyanos ahora.

PREGUNTAS FRECUENTES

¿Por qué es importante tu aportación?

Tu contribución nos permitirá seguir publicando información esencial e independiente que podrás disfrutar de forma gratuita sin muros de ningún tipo.


¿Si tengo algún problema en mi transacción?

Escribe a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.