Monty. 1066. En Falaise. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Pero lo cierto es que, se creyera o no en Montgomery, se le amara o se le odiase, se le tratara con respeto o con indiferencia, casi todo el mundo coincidía en una cosa: no había dos como él. Ni siquiera se parecía al retrato consagrado, de un general británico. La mayor parte de sus predecesores, desde Wellington, habían sido hombres corpulentos y arrogantes; Montgomery era pequeño y fibroso. No tenía el rostro de color encendido, ni la voz profunda, ni la cordialidad que ordinariamente va de la mano, con aquellos que han triunfado en el campo de batalla.
A los 59 años, el mariscal Montgomery era un hombre pequeño, de voz apagada, más aseado que brillante en su uniforme y, de movimientos reposados y precisos. Su pelo gris le había dejado las sienes despobladas; el color de su tez era cetrino; su rostro, afilado y tenso; su nariz, aguzada y ligeramente aquilina. En su descarnado aspecto, había algo de ascetismo medieval, algo de eclesiástico o de eremita. En todo caso, si se le hubiera encontrado de improviso, vestido de civil, difícilmente se le hubiese tomado por un militar.
A pesar de su evidente devoción por las multitudes, su sociabilidad no iba más allá de la familia. Compartía con el general Gordon, el de Jartum, el desprecio por los banquetes y por la vida de club de los otros militares. Se acostaba temprano y, mientras el oporto y los cigarrillos afluían en su ausencia, se hilvanaban centenares de historias acerca de la sobriedad de Monty, de sus excentricidades, de su simplicidad y, de lo que para muchos eran simples absurdos y despropósitos. Difícilmente habrá habido otro general británico tan discutido y, tan a menudo, objeto de bromas. Sin embargo, Montgomery daba la impresión de conquistar cada vez un mayor respeto, no por su cargo, sino por sí mismo. Era un hombre de carácter, de una sola pieza
Lo que enseguida atraía la atención, no eran tanto sus labios firmes y rígidos, ni su obstinada barbilla, sino sus brillantes ojos de color gris azulado. Había en ellos el reflejo de una acerada lejanía, a la vez que una frialdad desprovista de emoción.
Si Montgomery era todavía popular entre las masas del pueblo británico, y ensanchaba su crédito moral en el ejército, eso tenía lugar a pesar de su manera de ser. Hizo con insistencia algo que no estaba permitido: quebrantar las normas tradicionales. En vez de permanecer apartado y silencioso, se acercó a los soldados y al público, de una manera directa.
Pues eso.
Continuará
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.