Líbano
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Cultura
Uno de los aspectos fundamentales para poder entender la realidad libanesa es la existencia de dos comunidades muy específicas, compuestas por drusos y maronitas. Los primeros pertenecen una minoría islámica heterodoxa, que surgió entre el siglo X y el XI cuando se consideró al califa fatimí Al-Hakim como una manifestación de Dios, apartándose, por lo tanto, de los fatimíes. Se formaron pequeñas comunidades en el monte Hermón y en la Alta Siria, desarrollándose una especial religión monoteísta. Sus jefes eran conocidos como emires. Los drusos se extendieron hacia el Metn y el Chuf en el centro y sur de la montaña libanesa, y el Hauran sirio. Fueron duramente represaliados por el sultán de Egipto a comienzos del siglo XIV, pero luego se recuperaron y consiguieron mantener una relación de convivencia con los maronitas hasta el siglo XIX.
Por su parte, lo maronitas serían cristianos. Su origen es anterior al de los drusos, ya que se remonta al siglo V en la región del Orontes. Serían los seguidores del anacoreta santo Marón y en torno a un convento que se convirtió en un importante centro religioso sirio. La llegada de los musulmanes en tiempos de los omeyas aisló a los maronitas de Bizancio y provocó una grave crisis en su seno, teniendo que refugiarse en el monte Líbano, y conviviendo con los drusos.
La clave de la supervivencia de estas dos comunidades debe encontrarse en sus estructuras sociales que se aproximaban a un feudalismo peculiar de la zona. El control era ejercido por señores de las tierras que les eran concedidas por las autoridades del Imperio otomano de forma hereditaria para ser administradas y fiscalizadas. Los grupos que vivían en estas tierras desarrollaban lealtades personales basadas en la clásica relación feudal de fidelidad a cambio de protección, de clientelismo familiar que, además, fomentó una clara endogamia, y que permitió mantener una estructura social jerarquizada.
Líbano, por lo que ya hemos apuntado, pertenecía al Imperio turco-otomano, aunque disfrutaba de autonomía desde el siglo XVII, cuando Estambul reconoció como emir a un druso, Fajr ad-Din. La preponderancia drusa pasó a la maronita en el último tercio del siglo XVIII, manteniéndose la autonomía. Los intentos de socavar este régimen especial por parte turca chocaban con el equilibrio y convivencia que habían logrado mantener drusos y maronitas. Pero la situación cambió a comienzos de la década de los años treinta del siglo XIX cuando el virrey de Egipto Mohamed Alí pasó a dominar Siria y Líbano. Nombró a su hijo Ibrahim gobernador en el Líbano, que decidió apoyarse en los maronitas y en el emir Bechir Chihab II para socavar las estructuras feudales libanesas. Los drusos se rebelaron, espoleados, además, por los británicos. La relativa estabilidad secular se rompió. Fue una revuelta que también salpicó a la comunidad maronita, entre los sectores agrarios más populares. Reino Unido, Rusia, Austria y Prusia decidieron intervenir en el año 1840 para restablecer el poder otomano en el Líbano y frenar el dominio egipcio y con el emirato de Bechir Chihab II. Ese fue el punto de partida de la intervención europea en la zona.
En el Líbano decimonónico confluían intereses británicos y franceses, y cada potencia decidió apoyar a una u otra comunidad. Londres se inclinará hacia los drusos, como ya hemos tenido oportunidad de comprobar, y París potenciará su tradicional relación con los maronitas. En este momento el poder turco tenía serias dificultades para nombrar a un emir, ya fuera druso, ya maronita. Eso fue utilizado por los europeos para defender la necesidad de dividir el territorio libanés en dos partes o distritos en función de cada comunidad, con autoridades propias. En 1843 ya se plantea la primera partición con el conocido como régimen de los caimacamatos, uno druso y otro maronita, que serían nombrados por el sultán turco. Este sistema de segregación entró en crisis muy pronto renovándose las rivalidades entre drusos y maronitas con varias revueltas. En 1860 estalló una violenta revuelta protagonizada por los drusos, y que motivó terribles matanzas de maronitas. Tuvo que intervenir el ejército turco y hasta Francia envió una fuerza expedicionaria para defender a los cristianos. La contundencia otomana y la presión europea, ejercida en una reunión de las principales potencias en Beirut, provocarían la aprobación del Reglamento orgánico de 1861, y que reunificaba el Líbano, que pasaría a ser administrado por un gobernador nombrado por Estambul entre las minorías cristianas ortodoxa y católica, para que fuera una especie de árbitro entre las dos grandes comunidades libanesas. El gobernador sería asesorado por drusos y maronitas, y se crearía un Consejo donde estarían representadas todas las comunidades y minorías presentes en el Líbano.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.