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Ecos de un hecho misterioso: la presunta visita de Lavrenti Beria a España, analizada 67 años después


El tiempo es el mejor consejero para adquirir perspectiva sobre hechos pasados. Siempre y cuando la memoria se conserve fresca, claro, sobre aquellos sucesos que, en su día, se nos mostraron inexplicados o indescifrables. El discurrir de los años suele permitir el acopio de nueva información que, convenientemente cruzada con las informaciones previas, puede generar nuevos horizontes de interpretación. Uno de aquellos hechos que ahora tratamos aquí, envuelto aún en el misterio, sucedió de hace seis décadas largas. Hoy parecen darse condiciones para aproximarse a una explicación cabal y a la posible comprensión de un significado que, entonces, se nos hurtaba. Pero su enjundia deja aún muchos flecos sueltos por enhebrar. Veamos su trama.

Corría el verano del año de 1953. El franquismo vivía a la sazón días intensos. Franco, de la mano de los intereses estratégicos de los Estados Unidos de América, salía del ostracismo personal que su régimen, aliado del nazismo, habían proyectado sobre España. Eran los días previos a la firma de un acuerdo, repleto de cláusulas secretas, que otorgaría a Washington tres importantes bases militares y carta blanca para teledirigir la economía, la industria, los mercados y los valores españoles. En aquella importante víspera, el diario monárquico ABC, en septiembre de 1953, publicaba un artículo que llevaba el sorprendente título ¿Beria en España?

La mano derecha -e izquierda- de Stalin

Lavrenti Pavlovich Beria (Georgia, marzo de 1899-Moscú, diciembre de 1953), político georgiano, jefe de la temible policía política NKVD y responsable del programa nuclear de la Unión Soviética, había sido hasta entonces mano derecha -e izquierda- de Josip Dougassvilli, Stalin. Comoquiera que el mentor de Beria había fallecido en marzo de aquel mismo año, él disputaba con Georgy Malenkov y Nikita Jruschef la Secretaría General del Partido Comunista de la Unión Soviética, el poder supremo de la URSS. Considerado por el régimen franquista como la verdadera bestia negra del stalinismo bolchevique, el titular y la información del diario ABC sobre la supuesta estancia de Beria en España adquiría un alcance sorprendente -e inquietante- por lo inverosímil. ¿Se trataba de un bulo, una intoxicación, algo que hoy llamaríamos una fake news? ¿O más bien escondía una operación de alcance geopolítico, un caso de espionaje de altos vuelos? ¿Qué llevó al director de ABC a publicar aquella información?

Todo el mundo sabía que el diario de la calle de Serrano era entonces un medio signado por su britanofilia y su devoción a la Corona británica, a la que encumbraba como referente de la Corona española, descabezada entonces por Franco que se la autoimpuso. Y ello pese a que Luis Calvo, uno de los más relevantes periodistas del rotativo madrileño-sevillano, había protagonizado, diez años antes, un oscuro episodio de supuesto espionaje a favor del Eje –nunca aclarado del todo- desde su corresponsalía de Londres, ya que, en aquellas fechas y desgraciadamente como casi siempre, el Periodismo brindaba condiciones idóneas para camuflar espías bajo tal cobertura periodística.

El caso fue que la información de ABC sobre Lavrenti Beria desató un revuelo político- periodístico de proporciones inusitadas. Todas las alarmas del Régimen se encendieron –Franco se hallaba fuera de Madrid en visita oficial a Galicia- al conocerse en un principio que la información publicada se veía avalada, según su director y mentor de la información, Torcuato Luca de Tena, por fuentes estadounidenses, concretamente un periódico de San Diego, en California. El dirigente comunista georgiano habría accedido a España presumiblemente por vía marítima en Málaga, hasta donde Luca de Tena había destacado un redactor para que investigara aunque posteriormente, tras nuevos datos, se aseguró que llegó por vía área en La Mancha.

Sin especificar los móviles de tan inusitada presencia, la Dirección General de Prensa, a la sazón al mando de Juan Aparicio, falangista procedente de las JONS (Juntas Ofensivas Nacional-Sindicalistas), no daba abasto para impedir que los directores de casi todos los diarios de la cadena de Prensa del Movimiento Nacional repicaran lo publicado por el diario monárquico: ABC había eludido la férrea censura franquista y soltó inesperadamente aquella verdadera bomba informativa. Como era de esperar, el Régimen destituyó de inmediato a Luca de Tena de la dirección del diario, dirección que no recuperaría hasta diez años después, pese a ser su familia accionista propietaria del periódico. Tiempo después se lamentaría Luca de Tena de esta forma: “lo que en un país extranjero sería galardonado con un Premio Pulitzer, aquí se castiga con una destitución”.

¿Era cierta la presencia en España de Beria?¿Cómo había llegado?¿Qué buscaba en nuestro país?¿Quién le protegía? ¿Qué traía consigo para protegerse a sí mismo, habida cuenta de la fama de criminal que le acompañaba como responsable del implacable servicio secreto de la Unión Soviética? ¿Por qué se eligió al diario conservador para informar de lo sucedido?

Lo único cierto que se supo de entonces, según los archivos oficiales consultados años después por este periodista, es que las cautelas de la Dirección General de Prensa (DGP) fueron exquisitas en la correspondencia oficial girada a los directores de los medios del Movimiento; en ella se trataba a Beria con el sustantivo de Señor, desprovisto de adjetivo alguno, trato impensable hasta entonces en la propaganda antisoviética oficial del Régimen a través de la Prensa, que acostumbraba tildarle de asesino, al igual que a Stalin y a todos los dirigentes de la Unión Soviética. Se pedía desde la DGP a los directores de medios que se abstuvieran de hacer referencia al asunto, pero no había desmentido oficial alguno. Apenas una década y media separaba el fin de la Guerra Civil de aquellas fechas y el anticomunismo del régimen franquista era una constante creciente, más aún cuando su ejercicio sistemático, tan grato a Washington en plena Guerra Fría, se había convertido en la garantía de Franco para perpetuarse en el poder con el beneplácito de los Estados Unidos de América.

Lo publicado por ABC quedó en suspenso, en ese limbo tan hispano donde suele albergarse lo incómodo y lo incomprensible. No obstante, algunos críticos aún crípticos del régimen se tomaron la cosa a chufla y el asunto, irresuelto, entró en barrena.

Un Antonov de ocho motores

No obstante, indagaciones posteriores, ya en el año 2000, revelaron testimonios de técnicos militares destacados en Museo del Aire del madrileño barrio de Cuatro Vientos según los cuales, en aquel verano de 1953, un avión Antonov de ocho motores, pilotado por un aviador español, aterrizó en el antiguo aeródromo militar de Daimiel en la provincia de Ciudad Real. El piloto, comunista y ex combatiente en la Guerra Civil, “conocía la zona puesto que nos preguntó si se seguía fabricando en La Mancha el coñac de la marca Peinado, a la sazón muy cotizado”, según los técnicos consultados. A bordo de aquella nave gigante -y hasta entonces desconocida- viajaba un tipo calvo, con gafas metálicas, de talla media, embutido en abrigo de cuero hasta los pies pese a los calores veraniegos, que debía ser muy importante dado que aquel modelo de avión era hasta entonces inimaginable. Indagaciones complementarias a aquellos testimonios revelaron que años antes, Beria habría visitado España para asistir, como rapporteur confidencial de Stalin, a la batalla de Seseña, para informarle sobre el terreno sobre cómo se desarrollaba la acción bélica frente a las armas alemanas e italianas brindadas a Franco por Hitler y Mussolini, así como para darle cuenta del funcionamiento de los carros de combate soviéticos T-26. Estos tanques liquidaron a la mayor parte de las tanquetas italianas desplegadas en la escena.

Desde la perspectiva actual se daban pues algunos fundamentos racionales para señalar signos verosímiles en torno a una historia de todo punto incomprensible entonces, dada la vigencia de la censura cuando los hechos acaecieron y la consiguiente ausencia documental, así como la propia situación internacional y geopolítica a la sazón vigentes. Tres hipótesis cabía barajar sobre la supuesta llegada de Lavrenti Beria a España. La primera, manejada -o fabricada por los estadounidenses a través del diario californiano-, según la cual Beria buscaba negociar desde España su petición de asilo político en Estados Unidos. Lo habría hecho ante el temor de ser eliminado por sus pares en la URSS, en el supuesto de que en aquellas fechas se hallara ya caído en desgracia, eventualidad dudosa pues las fuentes históricas no coinciden al respecto. Rara opción la del dirigente soviético la de elegir un destino español entonces, habida cuenta del odio cerval que la figura y la imagen de Beria proyectaba sobre el régimen franquista. Según esta hipótesis, el dirigente soviético se proponía contactar con un senador estadounidense para acceder al californiano Richard Nixon, entonces vicepresidente de los Estados Unidos con Dwight D. Eisenhower de Presidente; de acuerdo con la investigación de ABC un nicaragüense residente en Málaga, Fabio Galli, habría actuado como intermediario de la operación Beria, a través de dos comunistas mexicanos, presumiblemente agentes de Beria, desplazados a Andalucía para la ocasión. Así lo explicaría el periodista Germán Sánchez que citaba al redactor de sucesos de ABC, Alfredo Semprún, que había seguido la información tiempo después.

La segunda hipótesis se referiría a la posibilidad de que el supuesto Beria llegado a España fuera en realidad un doble del dirigente georgiano, enviado aquí, presumiblemente por los servicios secretos ingleses, para suplantar su papel. Y ello con miras a impedir que la aproximación de Washington a Franco zanjara definitivamente la influencia británica sobre la importante cuota española de Península ibérica, donde Londres tenía ya la mano puesta sobre Portugal desde tiempo atrás, casi medido en siglos: el Reino Unido contaba con redes de influencia política, económica, comercial, industrial y financiera vigentes en España, que la cercanía estadounidense, merced a los inminentes tratados Madrid-Washington, podría espantar de modo eficaz. La supuesta alianza eterna entre Londres y Washington no dejaba de ser una bella añagaza, uno de los tópicos más recalcitrantemente desmentidos por la realidad geopolítica mundial: fue Estados Unidos el auténtico verdugo del poder imperial de Su Graciosa Majestad, ya desde los estertores de la Segunda Guerra Mundial, con el ninguneo de Eisenhower a Winston Churchill y como quedaría probado en la inmediata crisis de Suez. Además, recordando a lord Palmerston, premier decimonónico británico, “el interés permanente de Inglaterra consiste en carecer de aliados permanentes”. Y el primo norteamericano de los británicos no sería una excepción.

El talismán del georgiano

La tercera hipótesis se refiera a la posibilidad de que, lejos de haber caído entonces en desgracia, Beria buscara en España una baza geoestratégica trascendente para los intereses de la URSS en Europa Occidental, España era y es su confín, que le permitiera a él acceder a la Secretaría General del PCUS con una meritoria credencial de amplia envergadura geopolítica. Tal sería su talismán. Desde luego, un hombre tan poderosos como él y un sistema de poderes tan férreo como el creado por Stalin con su ayuda, no caen en desgracia ni sus poderes se disuelven tan velozmente como los medios oficiales occidentales se empeñaban en airear, posiblemente con fines propagandísticos. ¿Cuál podía ser esa baza-talismán de Beria en un país como España, ideológica, política, tan aparentemente distante y alejado de la maniobrabilidad de Moscú?: la clave vendría en términos geopolíticos ya que podía ser al menos dos: o bien la que implicaban los acuerdos a punto de ser firmados entre Madrid y Washington sobre las bases y la inserción plena de España en los circuitos de la Coalición de la Guerra Fría, como la denominaría el jurista y politólogo español Joan Garcés. O bien, en oposición a esta tercera hipótesis, con el deseo de Beria de protagonizar una apertura modernizadora del sistema soviético –previa neutralización de sus rivales en los altos rangos de la dirección de la URSS- con miras a perpetuar la alianza soviético-estadounidense que tan buenos resultados había dado durante la primera fase de la Segunda Guerra Mundial, conforme a la versión dada al respecto por el polaco Tadeusz Wittlin, biógrafo de Beria.

Conforme a la tercera hipótesis indicada antes de la de Wittlin, Beria habría acudido a España buscando que Franco no se entregara atado de pies y manos a los estadounidenses pues, de hacerlo, les regalaría la llave del flanco Sur europeo – los puertos y el litoral andaluces y Gibraltar- geoestratégicamente imprescindibles para que las flotas soviéticas pudieran surcar el Mediterráneo y salir al Atlántico; además, los inminentes acuerdos otorgarían a Washington el control del Norte de África desde las futuras bases, entonces Rota-Torrejón de Ardoz-Zaragoza –bautizadas por los antifranquistas de la época como “la diagonal trágica”, al igual que el célebre lienzo El descendimiento del pintor flamenco Roger Van der Weyden; además, de culminarse la entrega militar de España a Estados Unidos por parte de Franco, se impediría a la URSS la vía aérea y naval expedita hacia América desde las islas Canarias, impidiendo acceder a la flota pesquera soviética al enorme potencial de los caladeros norafricanos.

¿Qué podría ofrecer Beria a Franco en aquella arriesgada visita, a cambio de que no hipotecara al completo España a los designios hegemónicos de Washington? Beria disponía de dos preciados tesoros: la devolución y repatriación de los prisioneros españoles pertenecientes a la División Azul capturados por los soviéticos, aún encarcelados en la Unión Soviética, como primera prenda; y la segunda, la negociación del famoso oro del Banco de España conocido por el régimen como el oro de Moscú.

Antes cabe decir que un muy alto funcionario del ministerio de Información, camisa vieja de Falange y, leal a su ideario, adscrito al entonces activo Servicio de Información falangista receloso de las cuitas de Franco, fue enviado subrepticiamente a Málaga para verificar si la presencia de Lavrenti Beria en España era o no real. Lo que sí pudo averiguar aquel alto funcionario fue que un importante personaje extranjero se había alojado en los días de autos en una finca de la familia Luca de Tena en el área malagueña. Curioso hallazgo, por cierto.

¿Cuál fue en verdad en curso de las cosas? De tratarse de una verdadera visita a España de Beria, no la de un doble suyo dentro de una operación inglesa de intoxicación –singular la britanofilia del diario de la calle de Serrano-, pudieron suceder distintos desarrollos. El hecho objetivo fue que los acuerdos Madrid-Washington se suscribieron, eso sí, cuajados de cláusulas secretas que la preconstitucional Ley de Secretos Oficiales, de 1968, impide aún hoy conocer al detalle. Y por si fuera poco, las normas que cancelan el acceso público a los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores, según acuerdo del Consejo de Ministros de 15 de octubre de 2010, remachan el silencio en torno a este y muchos otros oscuros episodios de la política exterior española y no digamos de la interior.

Una nueva hipótesis permite barajar la posibilidad de que Franco devolviera a Moscú a Beria, con avión y todo, y pidiera a cambio a los aspirantes al poder soviético Malenkov y Jruschef las mismas prendas que Beria supuestamente le ofreciera, reservándose o no alguna baza en los acuerdos con Washington. Avalaría esta hipótesis el hecho de que apenas unos meses después de lo publicado por ABC en septiembre de 1953, concretamente el 2 de abril de 1954, llegaba al puerto de Barcelona, procedente de Odesa, sobre el Mar Negro, el buque Semíramis con 229 combatientes de la División Azul, el contingente de casi 40.000 hombres, muchos de ellos falangistas todos bajo mandos militares, enviado por Franco a la URSS en apoyo al Tercer Reich de Adolf Hitler e integrada en la 250ª División de Infantería de la Wehrmacht. Los recién llegados a Barcelona aquel abril habían permanecido presos en la URSS desde dos lustros atrás en que fueron capturados durante las ofensivas del cerco de Leningrado, del Volchov y de otros frentes, en las que habían participado.

Previamente, Antonio Melchor de las Heras, alto representante de la Cruz Roja en España, partía desde su domicilio en la plaza de la Independencia de Madrid en dirección a la ciudad costera de Odesa, donde desplegaría conversaciones con altos funcionarios soviéticos sobre los prisioneros y, ya en calidad de plenipotenciario del régimen de Franco, también trataría con los agentes en torno al famoso Oro de Moscú (por cierto, el Banco de España, donde estaban depositados los lingotes de aquella operación de adquisición de armas para la República, documentada por el historiador Ángel Viñas, no fue plenamente estatal hasta el año de 1963. La principal cuota del oro de España se encuentra hoy en Fort Knox, Estados Unidos). Fuentes españolas subrayaron años después que aquellos tratos habrían tenido mucho que ver con los encuentros en París del experimentado diplomático español Casa Rojas con diplomáticos soviéticos.

Lavrenti Beria, según fuentes occidentales citando fuentes soviéticas, sería ejecutado en Moscú junto con una decena de sus colaboradores más cercanos en diciembre de 1953. Las fechas de su auténtica caída en desgracia siguen danzando en una nebulosa, así como los pormenores de tan enjundioso episodio como su supuesta visita a España, veraz o ficticia, de la cual no se sabe si resulta más seductora la ficción que lo envuelve o la nuda sustantividad de lo realmente ocurrido entonces. La perspectiva brindada por los años permite enriquecer una y otra versión, con sus correspondientes hipótesis derivadas. Pero la auténtica de lo ocurrido verdad duerme, bajo siete llaves, en los archivos que una ley preconstitucional aún vigente en España y unos acuerdos del Consejo de Ministros, impiden abrir.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.