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En el país de las vacas jorobadas


Comanche Indians Chasing Buffalo with Lances and Bows. Óleo sobre tela de George Catlin (entre 1846 y 1848). Colección de la Smithsonian Institution. Comanche Indians Chasing Buffalo with Lances and Bows. Óleo sobre tela de George Catlin (entre 1846 y 1848). Colección de la Smithsonian Institution.

De todos los mamíferos que han vivido en la Tierra, probablemente ninguna otra especie haya tenido tantos ejemplares como el bisonte americano (Bison americanus). Hubiera sido tan sencillo contar o estimar el número de hojas de un bosque como calcular el número de bisontes que vivían antes de 1870. En 1846 el historiador Francis Parkman describió cómo los rebaños de bisontes «pasaban a toda velocidad como la sombra negra de una nube por una ondulación tras otra de las distantes praderas».

Es probable que ni aun reuniendo en una superficie similar a todos grandes rebaños de ungulados del sur de África central, un territorio que siempre ha sido extraordinariamente prolífico en ungulados como ñus o búfalos, su número no habría igualado el de bisontes que vieron los descubridores españoles.

A principios del siglo XVI, cuando los primeros españoles se internaron en el corazón de Norteamérica, se mostraron atónitos ante su naturaleza: todo en ella era de proporciones gigantescas y majestuosas. Los ríos, las montañas, las planicies no tenían parangón en ninguna parte del Viejo Mundo. Nidos de tesoros, como la mítica Quivira, se buscaron y nunca aparecieron, pero se descubrieron las Grandes Llanuras, inmensas, insólitas para aquellos iluminados que coincidieron al describirlas: aquellos llanos sin fin eran un océano. Como escribió Gaspar de Villagrá, perderse en aquellas tierras suponía una muerte tan cierta como la que aguardaba al náufrago:

Y gozan de unos llanos tan tendidos que por seiscientas [sic], y ochocientas leguas un sossegado [sic] mar parece todo sin género de cerro ni vallado. Que, si por triste suerte se perdiese, alguno en estos llanos no sería más que si se perdiese y se hallase enmedio de la mar sin esperança [sic].

Desde Texas y las llanuras ardientes del noreste, en Tamaulipas, México, hasta la gélida taiga canadiense en las sombrías e inhóspitas costas del Gran Lago de los Esclavos, setenta millones de bisontes formaban inmensas manadas. Su enorme extensión sobrecogía. Establecido el símil de la llanura con el océano, era inevitable que este alcanzase a los bisontes: «Hay tanta cantidad que no sé a que lo compare sino a pescados en la mar» decía el autor de la Relación del Suceso de la jornada que Francisco Vázquez hizo en el descubrimiento de Cíbola. La necesidad de describirlos hizo que en las mentes de aquellos primeros viajeros apareciesen imágenes con qué compararlas: les llamaron “vacas jorobadas”.

Eran unas manadas tales que, en las dos primeras décadas del XIX, exploradores y topógrafos del ejército estadounidense tardaban días enteros en cruzar. Sin conocer su historia, rodeados de un océano de hierba, militares, tramperos, buscavidas y buhoneros sintieron el mismo estupor que otros exploradores que habían pasado por allí trescientos años antes siguiendo el imposible rastro de El Dorado.

Buffalo Bull Grazing, litografía de George Catlin, publicada en 1845. Colección de la Biblioteca Pública de Nueva York. Dominio público.

Pánfilo de Narváez y Alvar Núñez Cabeza de Vaca prepararon en 1527 una expedición cuyo objetivo era explorar la ignota tierra de Florida, donde diversas leyendas situaban la fuente de la eterna juventud. Zarparon de Sanlúcar de Barrameda y amarraron los buques en la bahía de Tampa, Florida, de donde partió una nutrida partida de exploradores que se internó en la insalubre selva. Tras dos meses de infructuosa búsqueda, retornaron al punto de partida. Llegados allí, descubrieron espantados que los barcos los habían abandonado.

Acontecimientos crueles y dramáticos, que acabaron en comerse los unos a los otros, redujeron la expedición a cuatro personas de las seiscientas que habían zarpado de Sanlúcar. Nueve años después, unos españoles que cabalgaban cerca de Culiacán, en las costas del Pacífico mexicano, a más de dos mil kilómetros de distancia de la costa de Florida, divisaron a un grupo de gentes semidesnudas. El grupo estaba formado por Núñez Cabeza de Vaca, un esclavo y dos soldados que habían sobrevivido a una alucinante aventura equinoccial. Acababa para Nuñez de Vaca un descomunal recorrido del Atlántico al Pacífico atravesando tierras que ningún cristiano había pisado jamás.

Cabeza de Vaca describió su aventura en un libro –Naufragios y comentarios- cuya lectura resulta estremecedora. Cuando atravesaba las praderas de los que hoy es Texas, al jerezano le cupo el honor de ser el primer europeo en ver bisontes americanos en estado salvaje. Como cabía esperar en un desgraciado hambriento, vio principalmente comida:

Alcanzan aquí [la costa de Texas] vacas, y yo las he visto tres faeces y comido de ellas, y parésceme [sic] que serán del tamaño de las de España; tienen los cuernos pequeños, como moriscas, y el pelo muy largo, merino, como una bernia; unas son pardillas, y otras negras, y a mi parescer [sic] tienen mejor y más gruesa carne que las de acá. De las que no son grandes hacen los indios mantas para cubrirse, y de las mayores hacen zapatos y rodelas; éstas vienen de hacia el Norte por la tierra adelante hasta la costa de La Florida, y tiéndense por toda la tierra más de cuatrocientas leguas; y en todo este camino, por los valles por donde ellas vienen, bajan las gentes y se mantienen de ellas, y meten en la tierra grande cantidad de cueros.

Años más tarde, en 1542, Francisco Vázquez de Coronado penetró en el país de los bisontes y lo cruzó de este a oeste, viajando por Arizona y Nuevo México. En la Relación de la Jornada de Cíbola, Castañeda, el cronista de la expedición Coronado, escribió largo y tendido sobre aquellos inmensos rebaños de vacas jorobadas que tanto espanto creaban en los caballos de los españoles.

En el momento de su máxima expansión, el número total de bisontes se estima entre 60 y 70 millones. En las Grandes Llanuras, donde las poblaciones de bisontes eran más pujantes, se calcula que había entre 20 y 30 millones en 1800. En 1850, más de 10 millones pastaban en esas planicies. En 1890, quedaban menos de 2.000 animales. En su famoso informe de investigación para la Smithsonian Institution, W.T. Hornaday escribió que quedaban exactamente 1.091 animales.

La primera matanza de bisontes a gran escala a manos de blancos con rifles de gran potencia tuvo lugar en los años 1871 y 1872. Antes de esa fecha, los productos derivados del bisonte, principalmente las pieles, pero también sus lenguas, que se consideraban un manjar, tenían cierta salida comercial. En la década de 1860, la demanda de carne de bisonte para alimentar a los obreros que tendían la línea del ferrocarril transcontinental dio lugar a la fama y la leyenda de cazadores como Buffalo Bill Cody. Pero lo de Buffalo Bill era una minucia. En cierta ocasión, un cazador llamado Tom Nixon mató a ciento veinte animales en cuarenta minutos. En 1873 mató 3.200 en treinta y cinco días; la gran media la tenía Brick Bond, un cazador legendario que mataba 250 bisontes al día. Comparados con ellos, los 4.280 que Bill Cody aseguraba haber matado en dieciocho meses, afirmación que en su día había parecido una gran mentira, parecen una minucia.

En cuestión de dos años, esos cazadores, operando fundamentalmente en las llanuras de Kansas, habían matado cinco millones de bisontes. Esta colección de fotografías históricas muestra lo que estaba pasando. En la primavera de 1874, las manadas de las llanuras centrales ya estaban diezmadas. Un explorador que viajaba de Dodge City a la actual Oklahoma lo expresó con las siguientes palabras: «En 1872 nunca dejábamos de ver bisontes. Al otoño siguiente, viajando por el mismo distrito, el paisaje entero estaba cubierto de osamentas blanqueadas al sol, o en proceso de blanqueo».

Las vacas jorobadas que vieron los españoles estaban casi exterminadas.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.