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EL PERIÓDICO
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El expediente Picasso sobre annual, tumba de la monarquía alfonsina


Las campañas españolas en Marruecos se remontan al siglo XIX, pero es a comienzos del siglo XX, tras las humillantes derrotas militares en Cuba y Filipinas, cuando las élites civiles y militares del país perciben que la colonización de Marruecos es su oportunidad de levantar cabeza en el concierto europeo, convirtiéndose de nuevo en una potencia colonial.

En realidad, el norte de Marruecos era entonces un erial poblado por gentes indómitas, pero atesoraba importantes recursos minerales y ocupaba una posición estratégica en el extremo occidental del Mediterráneo, al tiempo que proporcionaba un amplio hinterland a las ciudades de Ceuta y Melilla.

La aventura condujo a un desastre sin paliativos. La muerte de más de 10.000 soldados españoles en el verano de 1921 seguida del conocimiento público, aunque fuera somero, de los entresijos de la presencia militar y civil española en el llamado Protectorado marroquí, generó una ola de indignación popular que sacudió la sociedad española entera, y movilizó a buena parte de las élites políticas e intelectuales de oposición.

El trasfondo de aquella masacre era una historia de corrupción civil y militar que venía de antiguo, protagonizada por quienes vieron en la colonización del territorio marroquí una ocasión de enriquecerse aún más, en el caso de los civiles, y de acelerar sus carreras mediante ascensos en campaña, en el de los militares.

Ante la presión de los partidos políticos de oposición al régimen de la Restauración ꟷlos republicanos y el partido socialistaꟷ, del movimiento obrero organizado ꟷlas centrales anarcosindicalista y socialistaꟷ, y de la prensa liberal y republicana, el Gobierno de turno no tuvo más remedio que aceptar la puesta en marcha de una investigación de las causas y los hechos de lo que desde entonces se ha llamado el Desastre de Annual.

La tarea de dirigir esa investigación se le encomendó al general Juan Picasso González. El general Picasso (tío del famoso pintor) era un veterano militar con una larga experiencia en Marruecos, un hombre ya mayor y muy respetado en círculos militares, aunque desconocido para los civiles. Es así como Indalecio Prieto, jefe de la minoría socialista en Las Cortes, reaccionó furioso a su designación, al considerar que su investigación sería solo un paripé entre militares para tapar responsabilidades.

Nada más lejos de la realidad. Juan Picasso se dedicó en cuerpo y alma a la tarea encomendada, y en solo seis meses, entre agosto de 1921 y enero de 1922, culminó un minucioso y extenso informe de más de mil páginas que mostraba en carne viva y de modo extremadamente documentado la gusanera corrupta e ineficiente que era el ejército español en Marruecos. Tras leerlo, Prieto rectificó su opinión sobre Picasso y su trabajo, y llegó a referirse a él en el Congreso de los Diputados como “hombre verdaderamente insigne, ciudadano meritísimo”, y de su informe dijo que era “el mejor relato moral”.

En su larga exposición, Picasso habla del silencio de muchos testigos, de las trabas y dificultades puestas a su misión, de los casos escandalosos de todo orden que se daban en el ejército colonial, y de cómo, en definitiva, la corrupción entre la oficialidad era un fenómeno generalizado. Al lado de todo esto, y desde el punto de vista estrictamente técnico militar, el Expediente Picasso retrata un ejército ineficiente, anticuado, mal organizado y dirigido por mandos no cualificados. El cinismo, la indolencia y el abandono de sus deberes eran santo y seña de unos oficiales que malgastaban su tiempo y su dinero en los burdeles y tabernas de Melilla, mientras sus tropas eran dispersadas en pequeños grupos encerrados en blocaos indefendibles, desabastecidos y desconectados entre sí. El relato detallado de lo sucedido entre el 22 de julio y los primeros días de agosto en El Rif resultó demoledor no solo para el ejército y el Gobierno del momento, sino de manera especial para el régimen de la Restauración y para la propia Monarquía española.

De hecho, uno de los motores principales de la conspiración que desembocó en el golpe de Estado del general Primo de Rivera en 1923 ꟷanimado por Alfonso XIIIꟷ, fue el intento de parar las consecuencias del Expediente Picasso y enterrarlo para siempre. Antes, en la depuración de responsabilidades, fueron levemente recriminados el Alto Comisario en Marruecos, general Berenguer, su segundo, el general Navarro, y el difunto general Silvestre; la dictadura de Primo de Rivera les exoneró rápidamente de toda responsabilidad.

La llegada de la Segunda República reactivó el interés político y popular por el informe del general Picasso, para enojo de los generales “africanistas” (Franco, Yagüe, Varela, Millán Astray, y otros). Una versión resumida del mismo tuvo una gran difusión, y sirvió de base al proceso en ausencia contra el rey Alfonso XIII abierto por Las Cortes republicanas, en el que además se manejó documentación del huido dictador Miguel Primo de Rivera incautada en casa de su hijo, el abogado fascista José Antonio Primo de Rivera.

Tras la Guerra Civil, el expediente desapareció en manos de las autoridades franquistas. En 1976, el dirigente anarquista Diego Abad de Santillán publicó en México una edición del texto resumido que llegara a Las Cortes republicanas, a la que él mismo le puso prólogo.

Al parecer, en los años noventa del siglo pasado el texto fue recuperado en su integridad, tras haber permanecido oculto en el Congreso de los Diputados. Hoy lo custodia el Archivo Histórico Nacional. Y sigue sin publicarse completo.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).