Pío XI y su desencuentro con los totalitarismos
- Escrito por Antonio Manuel Moral Roncal
- Publicado en Historalia
El pontificado de Pío XI (1922-1939) coincidió, prácticamente, con el llamado periodo de entreguerras, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Desde los inicios del mismo, el papa procuró fomentar el acercamiento del catolicismo al mundo de la ciencia -lo cual no resultaba una novedad en la historia de la Iglesia- pues había que evitar que las condenas al modernismo de sus antecesores fueran identificadas con una negación a todo progreso humano y avance en el conocimiento de la naturaleza. Por eso, fundó e impulsó la Academia Pontificia de Ciencias (1936) -para dar ejemplo de científicos unidos en la razón y la fe- y Radio Vaticano (1931), entre otros gestos que fueron divulgados por los medios de comunicación como una renovación importante del papado.
Por otra parte, Pío XI, tras una serie de negociaciones con el gobierno italiano, terminó aceptando el Tratado de Letrán (1929) que supuso el punto final a la llamada “cuestión romana”. Ésta había surgido como consecuencia de la invasión de los Estados pontificios y de su capital, Roma, por las tropas del rey Víctor Manuel II entre 1860 y 1870. El papa se había declarado “prisionero del Estado italiano” en El Vaticano, ante la ausencia de cualquier pacto diplomático que arreglara la situación creada por el proceso unificador. En principio, los pontífices prohibieron que los católicos participaran en la vida política italiana, pero finalmente, poco a poco, se fue permitiendo, aunque el problema se enquistó sin cicatrizar. Benito Mussolini, con los objetivos de demostrar que era capaz de resolver un problema que el régimen liberal no había solucionado y de congraciarse con la Iglesia, impulsó una negociación diplomática que culminó en el Tratado de Letrán, por el cual Italia reconocía el Estado de El Vaticano, se establecían relaciones oficiales, mientras aumentaba la independencia, libertad de acción y presencia en organismos internacionales de la Santa Sede, aunque seguía dependiendo materialmente de su vecino, por ejemplo para el suministro de energía.
Mussolini, consciente del catolicismo del pueblo italiano, decidió aminorar el anticlericalismo propio del fascismo en su propio beneficio, precisamente en la etapa inicial de su régimen cuando necesitaba consolidar sus apoyos sociales. Sin embargo, permaneció intacto en los dirigentes la pretensión de crear, desde la infancia, ciudadanos fascistas a través de su encuadramiento social y doctrinal, lo cual produjo serios choques con la paralela idea católica de dirigir y formar al italiano en su totalidad. A ello se unieron los roces y desencuentros entre el Estado fascista y los políticos democristianos del Partido Popular Italiano que fue prohibido como el resto del abanico parlamentario; y la formación de un clero antifascista que o bien se tuvo que esconder o emigrar o retirarse al silencio. La Acción Católica -instrumento preferido de Pío XI para la reconquista espiritual del mundo moderno- fue mal vista y obstaculizada por las autoridades fascistas, que prefirieron impulsar sus propias secciones infantiles, juveniles, adultas, de hombres y mujeres antes que las católicas, que se encontraban fuera de su control y que, en su opinión, no formaban verdaderos varones y hembras fascistas. Por ello, la escala de tensión continuó hasta que Mussolini disolvió las asociaciones juveniles católicas en 1931.
Pío XI denunció públicamente esos ataques contra la Acción Católica italiana en la encíclica Dobbiamo intrattenerla el 25 de abril de ese año, un mes antes de que se hiciera oficial la orden fascista de disolución de asociaciones juveniles católicas. El 26 de junio, la nueva encíclica Non abbiamo bisogno llamó la atención sobre los peligros del fascismo y causas de su desencuentro con la Iglesia. Todo ello tensó las relaciones del mundo católico con Mussolini que, con mano de hierro en guante de seda, intentó mejorar sus relaciones con la Iglesia, sin por ello mermar sus intentos de controlar en todos los aspectos a la sociedad italiana. Por ello, los roces continuaron en los siguientes años de tal manera que el papa preparó una alocución titulada Nella luce, que debía haberse leído y divulgado públicamente el 11 de febrero de 1939. Por la misma, el papa declaraba abiertamente la incompatibilidad entre fascismo y catolicismo. Se preparó una reunión episcopal con motivo del décimo aniversario de los pactos de Letrán, ocasión que se consideró adecuada para realizar, sorpresivamente, la alocución, pero la muerte de Pío XI el día 10 de febrero lo detuvo todo. Su sucesor, Pío XII -elegido el 2 de marzo- consideró que no era el momento apropiado para realizar su lectura, ante el crecimiento de la tensión en Europa con motivo de la definitiva incorporación de Checoslovaquia a la Alemania nazi que vaticinaba el comienzo de la Segunda Guerra Mundial como sucedió en el mes de septiembre. Su intención fue evitar una provocación del fascismo o del nazismo para preservar la paz en Europa, pero todo fue inútil.
En cuanto a la relación con el nazismo -tema con gran debate historiográfico hasta nuestros días- Pío XI aceptó firmar un Concordato con Alemania en 1933. Debe tenerse en cuenta que la iniciativa del mismo partió de Berlín, por lo que El Vaticano no podía negarse a dialogar y tratar el asunto que, en principio, no resultaba tan malo para el desenvolvimiento del catolicismo. Desde que el papa Pío VII había firmado un Concordato con Napoleón en 1802, se había demostrado que la Iglesia católica no se vinculaba a ningún régimen político y que consideraba a este tipo de acuerdos como los mejores para dejar claro el campo de acción que un Estado dejaba negociado legalmente con los católicos. Es más, El Vaticano no se negó nunca a firmar un Concordato con la Unión Soviética, pero a Moscú nunca le interesó reconocer al papado ni establecer relaciones diplomáticas ni clarificar la situación de los católicos en su territorio.
Pronto los nazis comenzaron a incumplir los acuerdos, por eso se sucedieron 55 notas oficiales de protesta del Vaticano hasta 1939. Hitler solamente, como el duce, había intentado mejorar su imagen como líder ante el mundo y los alemanes católicos, pero su idea de encuadramiento, control y formación del hombre y mujer arios no tenían nada que ver con la religión católica. Los nazis persiguieron a los judíos, aprobaron la esterilización, el asesinato de deficientes mentales, se prohibió el matrimonio entre arios y no arios, se creó el Instituto del Matrimonio Racial donde alemanas “puras” se sometieron a técnicas para ser fecundadas y lograr el nacimiento de “arios puros”. Todo ello fue criticado por las Iglesias alemanas pero su protesta fue reprimida y censurada. Si bien algunos políticos católicos, como Von Papen, ante el temor a la extensión del comunismo, colaboraron con los nazis, la tensión aumentó con el paso de los años. Cabe recordar que fue la época donde tanto Gran Bretaña como Francia trataron de evitar un conflicto con Alemania, aceptando su rearme y expansión territorial. No sólo los católicos trataron de adaptarse pragmáticamente a los nuevos tiempos.
Los obispos alemanes, en su reunión de 18 de agosto de 1936 en Fulda, solicitaron al papa una encíclica sobre los asuntos de Alemania. Fue la primera vez que se publicó una encíclica en alemán, con la clara intención de que fuera conocido claramente su contenido. Fechada el 14 de marzo se introdujo clandestinamente en el Reich y fue leída el domingo de Ramos (21 de marzo de 1937) en las iglesias católicas. Fue la famosa encíclica Mit brennender Sorge, que condenó el Estado totalitario, sus doctrinas racistas, la divinización de la raza, del pueblo, del Estado y sus representantes; denunció el panteísmo nazi, la falta real de libertad religiosa, la brutal violación de los derechos de niños y jóvenes.
La reacción nazi no se hizo esperar y se produjo el encarcelamiento de más de mil católicos, seglares y religiosos, mientras se producía la disolución escalada de asociaciones juveniles católicas. En 1939 se prohibió la enseñanza religiosa, de forma definitiva, en las escuelas públicas y unos 304 sacerdotes fueron condenados al campo de concentración de Dachau. Un año antes, al producirse la visita oficial del canciller Hitler a Roma (3-9 de mayo de 1938) el papa se recluyó en su residencia de Castelgandolfo, ordenando que se cerraran los museos vaticanos. El periódico oficial de la Santa Sede ignoró la presencia del führer en sus páginas, como si no existiera o su visita a Italia no tuviera importancia. El nuncio ante el gobierno italiano se negó a acudir a las recepciones en honor de la delegación alemana, mientras Pío XI se lamentaba que el día de la Santa Cruz se izasen en Roma cruces que no eran las de Cristo, en clara alusión a las gamadas nazis.
En cuanto al comunismo soviético, como ya se ha hecho alusión, nunca le interesó realizar ningún acuerdo con El Vaticano, por lo que la persecución religiosa que Moscú patrocinó en sus territorios -desde 1918- se mantuvo, bajo la conocida idea de que la religión era “la droga del pueblo”, por lo que resultaba necesario la creación de un Estado ateo. Además, durante la guerra civil contra los blancos, el avance del ejército rojo había sido frenado en 1920 ante Polonia, totalmente identificada con el catolicismo, por lo que para los dirigentes rusos El Vaticano resultaba una amenaza. Muy simbólico fue el hecho de que el Cuerpo Diplomático abandonó Varsovia ante la amenaza de las tropas soviéticas salvo el nuncio católico, antes de su derrota, lo cual no fue olvidado por el pueblo.
Esa visión amenazadora fue también la que los católicos tuvieron del comunismo soviético, cuyo Estado se consolidó durante el periodo de entreguerras. En esos años se produjo un movimiento de creación de partidos comunistas por todo el mundo, apoyados por la URSS, para garantizarse su fidelidad, lo que hizo que se afianzara el miedo de los católicos. Finalmente, Pío XI condenó sus doctrinas en la encíclica Divini Redemptoris (1937), donde denunció errores antropológicos del materialismo histórico, así como sus consecuencias deshumanizadoras. Presentó al bolchevismo como una pseudo religión en la cual se propiciaba un culto a la personalidad del líder que orientaba el movimiento, contrario al ideal de justicia social que propiciaba la Iglesia y al principio de igualdad ante Dios y la Ley. Para evitar la extensión comunista, la encíclica -además de oración y penitencia- propuso una mayor justicia social, la ejemplaridad cotidiana de los cristianos, el estudio y difusión de la doctrina social, la renovación de la vida cristiana, una mayor concordia entre los católicos, la expansión de la Acción Católica y de las organizaciones obreras católicas en todo el mundo con ayuda de los seglares.
El lector interesado puede acudir a
-Javier Paredes (dir.), Diccionario de los papas y los concilios, Barcelona, Ariel, 2004.
-Pablo Hispán Iglesias, Los católicos entre la democracia y los totalitarismos: política y religión, 1919-1945, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2017.
-Víctor Marcos Haneron, “Oitenta anos de Divinis redemptoris. A consolidação do anticomunismo católico”, Passagens, 10-3, 2018, pp. 414-424.
Antonio Manuel Moral Roncal
Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.