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EL PERIÓDICO
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Un cambio histórico en la iglesia


En el siglo pasado se produjo una lenta caída lenta de vocaciones sacerdotales en Europa, su vivero tradicional durante siglos, lo cual favoreció un cambio histórico en la Iglesia católica, al favorecer el aumento de la presencia de laicos. Esa tendencia fue sancionada en el Concilio Vaticano II (1962-1965) mediante la creación de instituciones eclesiásticas más colectivas y democráticas. A ello se unió un examen interior (hoy diríamos autoevaluación) que intentó eliminar tradiciones y rutinas que no respondían a la vida contemporánea. Y finalmente, se unió un hecho también histórico: la descolonización de los imperios coloniales europeos en África y Asia tras la Segunda Guerra Mundial.

La Iglesia católica se enfrentó, ante el nacimiento de nuevos estados independientes, con un aumento de diócesis, pero también de su clero nativo y de su presencia en la organización eclesiástica a nivel local, continental y, con el paso del tiempo, mundial. La descolonización animó a los católicos a un proceso de adaptación cultural de su fe a las nuevas realidades, originando pensamientos teológicos autóctonos, pero también choques con marxistas y nacionalistas radicales en la construcción de las nuevas naciones en esos continentes.

Paralelamente, la institucionalidad de la caridad también había sido un espacio tradicional de presencia de laicos en el mundo católico, pero la aceleración de su institucionalización durante el siglo XX favoreció su presencia. En 1928 surgió Carithas católica, conocida más adelante como Caritas Internacional, con la finalidad de coordinar iniciativas donde la misericordia local fuera insuficiente. Su labor aumentó significativamente con motivo de las dos guerras mundiales y sus consecuencias, ya que las posguerras desvelaron miseria, hambre, desorganización, enfermedades y una necesidad evidente de ayuda. Si estos conflictos tuvieron unas consecuencias mundiales, la organización de la caridad y solidaridad -como diríamos actualmente- fue lógicamente también a nivel mundial.

En 1958 la Iglesia católica alemana organizó Misereor, una institución contra el hambre y la enfermedad en el mundo y Adveniat surgió en 1961 para ayudar, específicamente, a la población de América Latina. Otras iglesias europeas la imitaron, pero no superaron la capacidad económica de las aportaciones alemanas. De esa manera, se intentaba mejorar la imagen del mundo germano después del III Reich y se demostraba la voluntad del pueblo alemán por compartir y ayudar al resto del mundo. Junto a estas instituciones, continuaron existiendo muchas organizaciones dedicadas a la ayuda social y económica nacidas antes del siglo XX.

Los historiadores también advierten, en esta época, un aumento de la conciencia social comprometida de laicos y clero. De ahí que fuera entonces cuando surgió el experimento de los llamados “sacerdotes obreros” (1946-1953), práctica que finalmente fue desechada por El Vaticano ante las dudas sobre la verdadera personalidad y misión del sacerdote. Si bien se alabó la vocación social de esos miembros del clero francés, belga e italiano, fue considerado un peligro para su celibato y el modo de vida sacerdotal. Un sacerdote no podía compaginar tan fácilmente trabajar en una fábrica, como un obrero más, y atender su pastoral religiosa. Horarios excesivos y cansancio que derivaba en selección de objetivos. No obstante, ello no supuso que los católicos no tuvieran implicaciones mayores, como siempre, en la acción con los marginados o en la búsqueda de una mayor justicia social.

Los laicos también participaron, junto al clero, en el desafío de enfrentarse a las nuevas formas de vida desde la fe católica. Y es que nunca los cambios habían sido tan drásticos y rápidos como en el siglo XX, afectando al catolicismo de forma traumática. Cabe recordar que los modelos políticos-sociales-económicos estuvieron caracterizados por el eclipse de lo sagrado y triunfo de secularización de masas; el indiferentismo religioso y relativismo; la crítica a la cultura campesina -relacionándola con la religiosa- mientras se exaltaba la urbana. Y, además, los Estados construyeron más instituciones que se ocuparon de funciones que ejercía anteriormente la Iglesia en los campos sanitario, educativo y cultural; mientras aumentaba el consumismo, el hedonismo y un individualismo que chocaban con las formas de vida religiosa.

La respuesta católica ante esta situación fue un abanico de caminos y propuestas en la segunda mitad del siglo XX como la intensificación de la educación religiosa tanto para laicos como para el clero; la realización de misas en lengua vernácula, con más participación de los fieles, especialmente de los jóvenes y con adaptaciones musicales modernas. Para lograr el primer objetivo aumentó el número de instituciones educativas a todos los niveles, pues surgieron universidades en todo el mundo para formar profesionales e intelectuales católicos. Si, hasta entonces, la mayor parte del clero provino de familias campesinas, en el siglo XX comenzó un proceso de cambio, surgiendo vocaciones de clases medias que se implicaban en vida parroquial o mandaban a sus hijos a colegios católicos. También fueron impulsados los institutos seculares, es decir, las asociaciones de laicos con tres votos (pobreza, castidad y obediencia) para realizar obra de apostolado en el mundo.

Asimismo, se multiplicaron las formas de presencia y actuación de laicos, por ejemplo, en Acción Católica, cuyo objetivo era la reconquista cristiana de la sociedad. La llamada por Pió XI “pupila de mis ojos” -por la fe que depositó el papa en su misión- intentó concentrarse en la acción educadora de los creyentes, convirtiéndose en un medio de movilización de masas, con preeminencia absoluta de la dimensión religiosa. Su idea era que se impregnarse de cristianismo toda la vida cotidiana, todo el orden temporal. Ello supuso la participación de los laicos católicos en el apostolado para la defensa de los principios religiosos y morales, por encima de partidos políticos, en el intento de restaurar la vida católica en las familias y en la sociedad. Comenzó a implantarse en parroquias a través de actividades de catequesis, distracciones, acciones sociales, educativas... Fue un paso histórico muy importante para la autocomprensión de la responsabilidad que entrañaba ser católico. Se produjeron dos modelos de organización basados en la edad y sexo (hombre, mujeres, jóvenes) y en profesiones (obreros, universitarios, campesinos), surgiendo así la Juventud Obrera Cristiana (JOC), cuyo lema fue “ver, juzgar, actuar”; la Hermandad Obrera de Acción Católica; comunidades populares; Acción Católica de la Mujer, etc.

En cuanto al clero regular -objetivo preferente del anticlericalismo- vivió una reorganización a partir de 1945. Aumentaron las vocaciones de vida contemplativa en la inmediata posguerra, para más tarde superarlas las de vida activa. Además, las órdenes religiosas recibieron un empuje por su papel en la acción evangélica y social en el Tercer Mundo, donde pronto tuvieron personajes tan relevantes como la madre Teresa de Calcuta.

En cuanto a la vida religiosa, cabe señalar que se potenció una religiosidad más interiorizada, menos rutinaria, con manifestaciones más cálidas, con defensa del papel de los católicos en la vida pública. Junto a las tradicionales devociones, se intensificaron otras como la Eucaristía, el Sagrado Corazón o Cristo Rey. Se produjo una lenta renovación de la liturgia que eclosionó en el Concilio Vaticano II y el proceso de feminización de la Iglesia continuó, pues siempre la mujer había estado presente en la misma, pero a partir del siglo XX se afianzó el papel de las laicas.

El lector interesado puede acudir a

J. M. CUENCA TORIBIO, Catolicismo social y político en la Edad Contemporánea, 1870-2000, 2003.

J. ORLANDIS, La Iglesia católica en la segunda mitad del siglo XX, 1998.

A. M. PAZOS, Un siglo de catolicismo social en Europa (1891-1991), 1993.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

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