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La valentía de un gesto cívico contra la violencia que desangraba un país


Mairead Corrigan (i) y Betty Williams, fundadoras del Movimiento Pacifista conocido como "Community of peace people" Mairead Corrigan (i) y Betty Williams, fundadoras del Movimiento Pacifista conocido como "Community of peace people"

Las cosas que tememos para nosotros, esas son las que más nos producen compasión cuando les suceden a otros. Aristóteles

Son estos tiempos de incertidumbre. Admiramos, a veces, los valores cívicos, mas no los practicamos en demasía incluso los despreciamos.

Me conmueve la capacidad de rebeldía y esa determinación para decir basta, para reaccionar y para actuar… contra lo que muchos consideran imposible de modificar.

Hay barreras culturales, ideológicas y religiosas que, en ocasiones, aíslan más que las físicas. Atreverse a dar el primer paso y organizarse contra lo que siembra de sufrimiento las calles y las llena de cadáveres, mutilaciones y odio… no solo es liberador sino tiene efectos sociales catárticos.

Hoy, me propongo hablar de Mairead Corrigan. ¿Quién es esta mujer batalladora? A muchos no les sonará. Tenemos una enorme capacidad de olvido, casi todo es de usar y tirar. Esta irlandesa del norte, nació en 1944 en Belfast. Ha sido y continúa siendo una rebelde y una inconformista con iniciativas y dotes organizativas.

El conflicto en Irlanda estaba profundamente instalado en las Instituciones… y en las “tripas”. Determinados sectores, geográficamente localizados en barrios que constituían “su territorio” y base de operaciones, estaban aislados por muros y el odio translucía a flor de piel.

En medio de esa realidad asfixiante y claustrofóbica el mero hecho de luchar por la paz… fuese cual fuese el resultado de ese esfuerzo, tiene un valor cívico, político y humano incuestionable.

Cuando sobran razones para el pesimismo y la desesperanza, intuir primero y soñar después, con una realidad que no sea asfixiante, cerrada y hostil, tiene un profundo sentido ético.

Son esos momentos en que hay que tener el valor de estar por encima de los “prejuicios de la tribu”… y tener la valentía de mirar al otro lado y encontrar algunas manos amigas y algún gesto solidario.

La violencia vinculada al odio va dejando tras de sí trozos de sueños rotos, de familias destrozadas… y de una juventud sin futuro. Las heridas mal cicatrizadas, no sólo no están cerradas sino que supuran… envenenan la sangre. En cualquier ciudad irlandesa, en cualquier barrio en casi todas las familias había huidos, exiliados, encarcelados, mutilados e incluso muertos. Se respiraba, por todos lados, un aire viciado de angustia.

Se instala una especie de negro fatalismo, donde parece que no es posible encontrar salida alguna y, donde muchas relaciones humanas están pervertidas, viciadas. Unos pocos ponen lo mejor de sí mismos en superar los obstáculos… más faltan herramientas. Las ilusiones, hace tiempo, que se marchitaron. Los muros de la incomunicación son extremadamente difíciles de derribar.

Hay quienes siempre encontraban y encontrarán excusas y motivos para seguir matando. Los sedientos de sangre no admiten otra lógica que la del exterminio y la venganza. Están muertos por dentro y pretenden extender la muerte. De ahí, que sea tan bien venido un soplo de aire fresco.

Irlanda ha sido durante mucho tiempo un país pobre, muchos eligieron el camino de la emigración. Los conflictos con el Reino Unido, se hicieron endémicos y las diferencias presentadas como guerras de religión, cuando hay mucho más detrás entre católicos y protestantes, ha sido una constante. Hay situaciones que se enquistan y duran varias décadas… incluso siglos.

Parece que el problema estaba, cuando menos, encauzado mas hay que evitar dar pasos atrás y que nuevamente el fantasma del terrorismo, con su siniestra faz, se haga presente. El Brexit, en este sentido, puede ser un heraldo lúgubre de una vuelta atrás.

La historia de Mairead Corrigan es muy representativa de lo que ha sido y es Irlanda, hasta el punto de adquirir un valor simbólico. Descendamos un poco al detalle. Fue una activista que fundó junto con Betty Williams el Movimiento Pacifista conocido como Community of peace people.

Eran años duros para Europa. La postguerra que siguió a la Segunda Guerra Civil Europea, en algunos lugares como Irlanda, fue notoriamente inclemente. La sociedad irlandesa era profundamente conservadora y los odios atávicos estaban muy presentes.

Me parece que no se ha resaltado lo suficiente que en medio de tanta violencia, quienes dieron forma a un movimiento por la paz fueron fundamentalmente mujeres, Mairead Corrigan y Betty Williams, aunque también jugó un papel destacado Ciaran McKeown, un hombre con formación filosófica, que apoyó al movimiento con sus ensayos y artículos en The Irish Time y en The Press Time y posteriormente, desde Peace by Peace, boletín de este movimiento.

¿Qué se propusieron? Crear lazos y vínculos estrechos entre grupos católicos y protestantes para enfrentarse a la violencia del Ulster. Solo había una posibilidad de superar el conflicto y, esta no era otra, que una respuesta conjunta de signo pacifista desde los dos lados.

En un principio las actividades que organizaron no fueron multitudinarias, mas poco a poco las marchas de mujeres católicas y protestantes a favor de la paz fueron ganando espacios.

Llegados a este punto, es conveniente que nos preguntemos: ¿cuál fue el detonante que puso en marcha este movimiento? Los enfrentamientos callejeros y los atentados eran siniestramente cotidianos. Un día cualquiera un fugitivo del IRA, abatido por las tropas británicas, atropelló mortalmente a los tres hijos de Anne, hermana de Mairead Corrigan. No era nada distinto a lo que sucedía en otras ocasiones… pero esta vez, le tocó muy de cerca, le afectó mucho y sintió que su vida y la de los suyos ya no podría ser la misma.

Las consecuencias fueron devastadoras. Su hermana, Anna Maguire, se suicidó al no lograr superar la pesada losa que le había caído encima, sumiéndola en una fuerte depresión.

Evidentemente, este hecho destrozó la vida de la familia… pero fue también la causa de que Betty Williams, que había simpatizado con el IRA, iniciara la recogida de firmas para hallar una solución pacífica al conflicto armado norirlandés. Mairead Corrigan se unió a esta iniciativa, venciendo miedos y dudas.

En medio de tanta miseria moral, de tanta inquina y de tanto odio, el esfuerzo de estas mujeres fue recompensado con el Premio Nobel de la Paz en 1976. Quienes lo otorgaron, destacaron el hecho de que se unieran por unos mismos fines pacifistas, mujeres católicas y protestantes.

Gestos como estos son de mucho calado, ya que ponen de manifiesto la lucha por la paz y como señaló el Jurado del mismo, por sus esfuerzos y generosidad para encauzar e intentar resolver el conflicto de Irlanda del Norte. Asimismo, obtuvieron el premio por la Paz, que otorga Noruega y otras distinciones.

Sus esfuerzos no han cesado. Junto con otros Premios Nobel han puesto en marcha el programa “Década internacional para una cultura de la paz y renuncia a la violencia para los niños del mundo” patrocinado por Naciones Unidas.

Me parece especialmente hermoso, que merced al esfuerzo y ahínco de estas mujeres, simultáneamente en Belfast y Dublín tuvieran lugar manifestaciones por la paz.

Son muchas las energías, las voluntades compartidas que hicieron la paz posible, aunque no hay que olvidar que los equilibrios son precarios y que los intentos fundamentalistas de dar marcha atrás y los errores, pueden volver a enturbiar el horizonte y llenarlo de fantasmas del pasado, de violencia y de miedo.

Hace falta arrojo y valentía para atreverse a dirigir la indignación contra quienes pretenden regresar a un clima irrespirable. Mairead y Betty, en un ambiente desquiciado, supieron ser portadoras de un mensaje de esperanza.

En esos años las mujeres empezaban a organizarse, a desafiar prohibiciones y convencionalismos, a exigir derechos y a tener una presencia y una actividad social y política que hasta entonces no habían podido ejercer.

En la lucha que sostuvieron a favor de la paz no es difícil ver también, el enfrentamiento a los dogmas autoritarios de una sociedad patriarcal, que se venía oponiendo empecinadamente a que las mujeres tuvieran una presencia en la vida pública y continuaran vigentes vetos seculares.

Se podrá argüir que movimientos y reivindicaciones como el de las sufragistas tuvieron visibilidad y proyección. Es cierto, pero sus logros aunque meritorios fueron insuficientes.

Habrá que esperar a los años sesenta a lo que de liberador tuvo el Mayo francés, a la oposición a las guerras imperialistas como la del Vietnam… para que las mujeres fueran conquistando un terreno que hasta entonces le había sido vetado.

También se aprende lo verdadero y lo importante, descubriendo lo falso. En el horizonte nuevas utopías suceden a las que van quedando desfasadas en el fondo del baúl de la historia.

Determinados prejuicios van quedando atrás. Más no por eso, podemos dejar de tributar admiración y respeto a aquellas que fueron pioneras de estas acciones que hemos venido comentando.

La presencia de la mujer en los movimientos por la paz y la no violencia, no ha tenido ni de lejos, la atención que merece. Valgan estas reflexiones, cogidas a “vuela pluma” para recordar y valorar el papel y la función que jugaron en ese sentido Mairead Corrigan y Betty Williams.

A veces los Premios Nobel abren caminos… por eso, son de utilidad para ir analizando el curso de los acontecimientos históricos de mayor relieve.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.