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Una reflexión socialista española sobre la Alianza para el Progreso


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

La Alianza para el Progreso fue un ambicioso proyecto de la Administración Kennedy consistente en ayuda económica, política, cultural y social de los Estados Unidos para América latina, que comenzó en 1961 y se extendió hasta 1970. Kennedy planteó la idea ante los embajadores latinoamericanos en marzo de 1961, pero la Alianza y sus objetivos se concretaron en la Conferencia de Punta del Este en agosto de ese mismo año donde estuvieron representados los países que formaban parte de la OEA. El objetivo se concretaba en la mejora de vida de todos los habitantes del continente. Se planteó una inversión de miles de millones de dólares. Se quería el establecimiento y consolidación de regímenes democráticos, la eliminación del analfabetismo entre adultos, la estabilidad de precios, reformas agrarias, una mejor distribución de la renta, la planificación económico y social, y la adopción de políticas sociales en materia de vivienda, sanidad y educación.

Pero la ambición inicial, que recibió una gran acogida popular, se fue desvaneciendo con los sucesores de Kennedy, que rebajaron la financiación y buscaron otras fórmulas de cooperación, más en el plano político y, sobre todo, militar.

Pues bien, en diciembre de 1962 se publicó un artículo en Le Socialiste sobre la Alianza para el Progreso, firmado desde México por Ernesto Navarro, todo un personaje en la historia del socialismo español. Efectivamente, Ernesto Navarro (1899-1984) fue un destacado piloto de aviación civil y también militar, además de ser un “hijo” de la Institución Libre de Enseñanza. Estuvo en la Guerra de Marruecos, y también en la preparación de la fallida sublevación de Cuatro Vientos en 1930. Pudo salir de la cárcel al proclamarse la República, e ingresó en la Agrupación Socialista Madrileña en 1931. En la guerra estuvo en el Partido Comunista, y combatió como aviador, además de estar al frente del Aeropuerto de Barajas. Estuvo exiliado en Rusia y luego en México. Regresó a España en los últimos años del franquismo siendo destacado miembro del PSOE (histórico), y hasta llegó a ser candidato por el mismo en las elecciones de 1977.

Navarro opinó sobre la Alianza para el Progreso, realizando una serie de reflexiones sobre lo que suponía dicha Alianza, sobre las dificultades para su puesta en marcha y sobre la importancia de que existieran partidos socialistas en América Latina, todo para evitar el triunfo de regímenes demagógicos, o populistas, si se nos permite una licencia actual.

Navarro estimaba que los Estados Unidos conocían mejor, por cuestiones de vecindad, la realidad del continente americano, frente a los europeos, en relación con una situación que podría llevar a una “conmoción de dimensiones, características y alcances imprevisibles”. Eso había preocupado en el vecino del norte, y se habría planteado la Alianza para el Progreso con su inicial financiación de 20.000 millones de dólares. Kennedy habría demostrado con sus discursos que o los países latinoamericanos se liberaban de la ignorancia y la pobreza o se verían envueltos en procesos revolucionarios.

Navarro estimaba que cuanto mayor fuera el grado de cultura y riqueza era más difícil que triunfasen soluciones demagógicas, además de agradecer el esfuerzo planteado por Estados Unidos con el programa de la Alianza para el Progreso. Pero, admitiendo estas dos cuestiones, quería dejar claro que si se quería que esa ayuda cumpliera sus fines y no se perdiese lamentablemente había que hacer un análisis más detenido de la situación de Latinoamérica. Habría un conjunto de factores de todo tipo que tenían que ser tenidos en cuenta. Los obstáculos eran muy grandes, siendo uno de los más importantes la falta de colaboración de las élites o clases dirigentes latinoamericanas porque eran en exceso codiciosas y con una visión de poco alcance. Pero también había que tener en cuenta en este capítulo de dificultades la impaciencia y la inquietud populares, que haría proclives a estos sectores a soluciones “demoledoras”.

Pues bien, para Navarro, los problemas en Latinoamérica no habrían llegado al estado explosivo que se apreciaba en esos momentos si en estos países hubiera habido potentes partidos socialistas.

El socialismo democrático había ejercido siempre una labor fundamental en el esclarecimiento de los principios y las conductas a seguir por las clases trabajadoras, mostrándoles sus derechos, pero también había trabajado para enseñar cuáles eran sus obligaciones y responsabilidades. El socialismo había luchado para que las clases poseedoras de los medios de producción entendieran la importancia de la colectividad y la necesidad de frenar el beneficio egoísta personal por cuestiones morales y porque los demás no querían dejarse explotar “más allá de unos límites”.

Así pues, Navarro era partidario del esfuerzo de Kennedy, pero consideraba que podía naufragar en un continente con graves problemas de desigualdad, entre el egoísmo de los que poseían, y la urgencia de los desposeídos que podían llevar a producir revoluciones. La solución pasaba, por consiguiente, por la fórmula socialdemócrata.

Los datos sobre Navarro los hemos consultado en el Diccionario Biográfico del Socialismo Español. El artículo original se puede leer en el número 51 de Le Socialiste, de 6 de diciembre de 1962.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

El Antiguo Régimen. Sus estructuras sociales, económicas y políticas
El tiempo de las Revoluciones. De 1820 a 1848
Historia del socialismo español
La España del Siglo XVIII. Luces y sombras del reinado de los borbones
Del abrazo de Vergara al Bando de Guerra de Franco
Episodios que cambiaron la Historia de España

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