La Revolución Francesa. El Directorio
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
La sociedad francesa del Directorio, liberada ya del Terror y de las sangrientas ensoñaciones del año II, dejó aparecer la inmensa sedimentación revolucionaria, que definiría ya los rasgos modernos del siguiente siglo.
Casi todos los grandes hombres del mundo de ayer, estaban en el extranjero, o habían abandonado Paris a favor de sus respectivas provincias. Aunque algunos, fascinados por sus recuerdos, acabaron regresando a Paris, donde se encontraron con algunos tránsfugas para servirles de ejemplo. Ahí estaba el ex vizconde de Barras, director inamovible, nuevo regente de una Francia sin rey. O “el obispo” vuelto de América, ese Talleyrand, que era ya el mismo de todos los regímenes que estaban por venir. Recuperaban su mundo que, sencillamente, se había degradado en “demi-monde”.
Esa nueva sociedad, encaramada al primer rango por el Terror y por la guerra, no tenía otro modelo mundano, que el de la aristocracia cortesana. Se acostaba en la cama de las duquesas y en la de los príncipes. Y esta avalancha suya hacia el placer, no era sólo la explosión de la represión puritana de los años terribles. Tenía también el sabor de un desquite social, e hizo que toda una generación se sintiera promovida. Y así, cuando el pequeño Bonaparte se casó con Josefina de Beauharnais, encandilado por todo lo que su nombre le hizo creer de su pasado, lo hizo, más que por arribismo, para borrar, por fin, toda una infancia humillada. En resumen, lo hizo por pasión.
El Terror había sido el régimen de los intelectuales y de los “sans-culottes”. El Directorio fue la República de los profesores y de los generales. Desde el “Instituto”, y por el canal de la enseñanza secundaria y de la superior, los ideólogos difundieron sobre la burguesía francesa, las luces del siglo XVIII. Voltaire, Condillac, Condorcet… llegaron por fin al poder: se trataba de expulsar la superstición, mediante la instrucción, y de asentar la sociedad política, sobre fundamentos racionales. Más que en cualquier otro periodo de la Revolución, el siglo XVIII reinó con el Directorio, con su inmensa ambición de desarraigar a la Iglesia, y de sustituirla por la religión natural. Toda una Francia moderna nació de esta utopía, o de los dramas que provocaba.
Pero esta conciencia nacional, forjada por los intelectuales de la Revolución, fue naturalmente mesiánica, puesto que la bandera de las luces era, al mismo tiempo, la de los ejércitos franceses del otro lado del Rhin y de más allá de los Alpes. Así la guerra revolucionaria – la iniciada por los girondinos – invistió al soldado, de la doble gloria de las ideas y de las armas. Más aun que con el dinero, el general victorioso alimentaba a la República con sueños. La imagen que le proporcionaba de sí misma era menos pedante, menos burguesa que la de los ideólogos, iba directa al corazón del mismo pueblo.
Y es que la Revolución, desde que le había cortado la cabeza al rey de Francia, no había podido o sabido, sustituirlo por un poder político claramente aceptado por el país. Esta República ilustrada, que predicaban los profesores del “Instituto”, carecía de raíces profundas. Seguía reuniendo en contra de ella, a sus adversarios naturales: la Iglesia y los monárquicos, más unidos que nunca por la misma persecución. Pero, en cambio y como desquite, cada vez le costaba más esfuerzos reagrupar a sus beneficiarios: el pueblo campesino que, aunque hubiera adquirido bienes nacionales, solía seguir obedeciendo a su sacerdote, y continuaba temiendo el regreso del propietario del Antiguo Régimen. Pero, contra tal regreso, anhelaba otras garantías distintas del constante vals, de los golpes de Estado parisinos. Naturalmente desconfiado de su diputado, y prisionero de la tradición monárquica del poder, hubiera querido lo que Mirabeau y tantos otros, habían buscado en vano desde el 89: un rey de la Revolución.
Este era también el anhelo de parte de la burguesía, que seguía buscando un nuevo equilibrio conservador, puesto que, al cabo de tantos años de inflacción, de guerra y de disturbios, la estabilidad se había convertido en el sueño del 98, como el cambio los había sido del 89. En Napoleón creerían encontrar la solución mágica.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.