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Luis Araquistain ante el radical-socialismo: entre lo sustantivo y adjetivo en política


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)
Luis Araquistáin / WIkipedia Luis Araquistáin / WIkipedia

En el proceso de fundación del Partido Radical-Socialista, Luis Araquistain opinó sobre el mismo. Nos interesa siempre acercarnos a estas interpretaciones desde el socialismo español, habida cuenta de la preocupación historiográfica que venimos desarrollando en los últimos tiempos sobre las complejas relaciones entre el socialismo y el republicanismo en la Historia contemporánea de nuestro país.

Debemos recordar que en enero de 1929 las diferencias en el seno de la Alianza Republicana se agudizaron. Una parte del ala izquierdista de la misma, entre los que destacaban Álvaro de Albornoz y Marcelino Domingo, entre otros, al coincidir en prisión por el fracaso del pronunciamiento de Sánchez Guerra, decidieron crear una nueva formación republicana. El 14 de julio tuvo lugar una reunión de la Alianza en Madrid y allí se vio claramente la división. Precisamente, en ese momento justo es cuando el intelectual socialista Luis Araquistain publicó en El Socialista su opinión en un artículo titulado “Socialismo adjetivo y socialismo sustantivo”, y que ya resume claramente su tesis. El Partido Republicano Radical-Socialista elaboraría su manifiesto fundacional en diciembre de 1929, para ser publicado al mes siguiente. La nueva formación pretendía aglutinar a la izquierda del republicanismo, explicando que defendía el socialismo, aunque no lo consideraba como dogma.

Araquistain explicaba que le unía una gran amistad con el principal promotor del nuevo partido, es decir, con Álvaro de Albornoz, al que consideraba uno de los pocos líderes republicanos que hablaba el lenguaje político de aquel tiempo. Y eso lo probaría, siempre según su opinión, que el partido a crear llevara al adjetivo de “socialista”.

El intelectual socialista interpretaba que cuando Albornoz hablaba de un partido republicano radical-socialista quería decir que para él lo primero, es decir, lo sustantivo era la república, y lo adjetivo o accidental era el socialismo. Sería una república burguesa radical, tan radical que lindase con el socialismo, pero sin trasponerlo. Si lo hiciera sobraría el partido porque se confundiría con el Partido Socialista, y el adjetivo pasaría al sustantivo.

Para los socialistas lo sustantivo era, lógicamente, el socialismo, y adjetivo, todo lo demás, muy en la línea defendida desde siempre por el PSOE sobre el concepto de república, y que venimos estudiando en distintos trabajos. Araquistain era muy crítico con el republicanismo y el liberalismo españoles, también en esa línea de tensiones que el PSOE desarrolló con estos ámbitos políticos. Y era crítico porque decía que las “palabras sustantivas” de estos sectores ya no podían conmover. Para los socialistas no podía haber más que dos partidos, el propio, partidario de que las fuentes de riqueza y los medios de producción se colectivizaran, y el partido de los que defendían el principio de la propiedad privada. Eso sí, dentro de ese partido habría diferencias de matiz: monárquicos, republicanos, liberales, conservadores, católicos, laicistas, etc, pero todo sería para los socialistas la derecha. Eran miembros del “Bloque de la Propiedad Privada”. Araquistain, insistimos, estaba actualizando la tradicional división política, propia del marxismo, del socialismo clásico español.

Araquistain avisaba a los propios socialistas para no confundirse y saber diferenciar lo sustantivo de lo adjetivo. Lo sustantivo era siempre el socialismo, es decir, la propiedad social de los medios de producción y cambio.

Pero también es cierto que valoraba que Albornoz hubiera apostado por ese adjetivo socialista, porque era un homenaje al socialismo, un reconocimiento de que hasta los “partidos burgueses” necesitaban emplear el término.

Por otro lado, opinaba que Albornoz, quizás, pensaba que una parte del proletariado español, especialmente el del ámbito rural, y en zonas de Levante y Andalucía, donde no se habría superado aún la “etapa mental” del liberalismo republicano, que tanto habría “emocionado” a los obreros en el siglo XIX, se sentiría atraído por una formación denominada republicano-socialista, y que se podía enardecer con “grandes palabras mágicas” con las que la burguesía en su momento asaltó al Estado feudal. Pero Araquistain pensaba que los radical-socialistas se confundían, porque consideraba que esa masa agraria ya tenía una conciencia de clase incompatible con cualquier ideología burguesa. La misión de hombres como Albornoz no tenía que ser mantener al proletariado en el republicanismo místico o mesiánico del siglo anterior, sino en llevar a las organizaciones socialistas el proletariado, “simplemente republicano, o, mejor dicho, republicanamente simple”.

Hemos trabajado con el número 6378 de El Socialista de 20 de julio de 1929.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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