Sixto Cámara (1824-1859): Los ideales emancipatorios del socialismo utópico
- Escrito por Antonio Chazarra Montiel
- Publicado en Historalia
No preguntéis mi nombre ni mi estado.
Dejadme en medio de mi propia luna,
en mi terreno herido.
Pablo Neruda, Tercera residencia
Vivimos años grises que no son en absoluto envidiables. Ya se ha acuñado el término autoritarismo post-democrático, para definir como desde dentro de los sistemas democráticos –y con complicidades evidentes- se va gestando un nuevo modelo de sociedad caracterizado por un vacío ideológico y por una atmósfera tóxica, populista y ultraconservadora.
Por eso, es más necesario que nunca hacer pedagogía social, explicando los sacrificios que han sido necesarios para llegar hasta aquí. Para que no olvidemos imprudentemente el alto precio que ha habido que pagar para conquistar las libertades políticas y los derechos sociales.
Asistimos a un desinterés preocupante, una falta de implicación cívica y un vivir el presente, con miedo ostensible al mañana, que no presagia nada bueno. Hay que ponerse el mono de trabajo antes de que sea demasiado tarde.
La ciudadanía democrática se ha venido caracterizando por aspirar a una información veraz y por utilizar el sentido crítico para juzgar el curso de los acontecimientos.
Los historiadores, sociólogos, filósofos y comunicadores lanzan, con frecuencia y muy a pesar suyo, sus proclamas y se ven obligados a hacer sus análisis en el vacío. Vivimos una especie de atontamiento por exceso y acumulación de informaciones contradictorias. Algunos decidieron, hace ya algún tiempo, desenganchar y probablemente, en un futuro inmediato, lo hagan otros.
Las democracias, no han sabido o no han podido, poner líneas rojas a los totalitarismos que han ido extendiendo sus tentáculos. Consiguieron, hace ya algún tiempo, que la intransigencia ganara la batalla a la tolerancia y que los ciudadanos –nuevamente convertidos en súbditos- no hagan otra cosa que despotricar, gritar, deslegitimar el sistema… e ir abriendo hueco a lo que irremediablemente vendrá, si no acertamos a contener los ataques furiosos y tergiversaciones. Estas fuerzas, que cultivan el germen del totalitarismo, actúan de forma más sibilina de lo que parece. Así el futuro se va convirtiendo en un territorio sombrío.
En medio de tanta confusión y de tanta deslegitimación no está de más volver la vista atrás y dedicar unos minutos a reflexionar sobre Sixto Cámara, un pensador brillante y original del llamado ‘Socialismo Utópico’.
¿Quién fue? Por encima de todo, un intelectual comprometido, un periodista y activista insatisfecho con las injusticias, la corrupción y la falta de pulso que veía en torno suyo y que dedicó su corta vida a luchar por sus ideas emancipadoras.
Es no solo conveniente sino imprescindible, conocer cuáles fueron sus fuentes de inspiración para explicar la trayectoria de este pensador. Le influyeron decisivamente, Robert Owen, Henri de Saint Simon y Charles Fourier, entre otros.
No desdeñó la revolución, mas su actitud fue ante todo y sobre todo reformista y gradualista, aunque eso sí, muy crítica con algunos abusos e injusticias de la sociedad que le tocó vivir. Es curioso señalar, asimismo, que en algunas de sus obras destila un aroma libertario. Las ideas anarquistas en el socialismo utópico fueron muy influyentes en esa época. En nuestro país gozaron de especial predicamento en Cataluña, Aragón y Andalucía.
Probablemente, una de sus obras más relevante –o al menos así me lo parece- es La cuestión social (1849), donde demuestra sus dotes de polemista, criticando los conceptos y las ideas del político francés Louis Adolphe Thiers, defensor a ultranza de la propiedad privada.
Activista destacado, participó, por ejemplo, en el Levantamiento de julio de 1854, siendo encarcelado por esta causa. Igualmente tomó parte en la Insurrección contra O’Donell y al fracasar ésta, se refugió en Lisboa, donde publicó en portugués A Uniao Ibérica.
Como ya hemos apuntado, fue más gradualista que revolucionario. Puede decirse que fue un federalista convencido y un iberista, es decir, partidario de la unión política de España y Portugal, desde una perspectiva federal.
No es un pensador excesivamente sistemático. Su estilo es más bien periodístico. No obstante, sus disquisiciones y puntos de vista sobre libertad, igualdad y orden son de no poca enjundia.
No podemos, ni debemos leer ni interpretar, los textos decimonónicos desde los conceptos y parámetros de hoy, sino que estimo que debemos hacerlo desde los valores y conceptos de la época. Sólo así podremos extraer su significado semántico y su evolución histórica. Fue en todo momento un firme defensor de las reformas sociales a las que se adhirió de forma entusiasta.
Divulgar los ideales en los que creían, ocupaba un lugar preferente en el ánimo y en la acción social de los socialistas utópicos. Por eso, no es de extrañar que participara activamente en la fundación de periódicos y revistas, algunos de los cuales eran censurados y cerrados, pero ahí estaban infatigables para sacar a la luz otro u otros que les sustituyeran.
Así creo la Reforma económica, un medio de comunicación cuya finalidad no era otra que propagar las ideas y postulados del socialismo utópico.
Entre sus obras más destacadas, junto a La cuestión social, a la que ya hemos aludido, sobresale El espíritu moderno, donde analiza aspectos políticos de la sociedad de su tiempo. Quien apuesta por el futuro ha de vivir intensamente el presente, analizarlo con sus contradicciones e insuficiencias, abrir horizontes y, especialmente, saber de dónde se parte y adónde se pretende llegar.
Fue un demócrata convencido. No es de extrañar, por tanto, que en su juventud combatiera al carlismo, la representación más nítida de las caducas ideas absolutistas que tanto ha costado erradicar –y aún quedan rescoldos- en nuestro país.
Bien es cierto que el socialismo utópico en España no presenta ninguna figura descollante, al contrario, bebe de fuentes fundamentalmente francesas. Ahora bien, esto no debe ser óbice, ni obstáculo para valorar a figuras de segundo orden, mas de incuestionable interés, como es el caso de Sixto Cámara. Por otro lado, pensadores de mayor altura como Pi i Margall o Fernando Garrido, presentan determinadas concomitancias y afinidades por las que podrían ser considerados, también, socialista utópicos.
Hace algunos años todos recordábamos el comienzo del Manifiesto Comunista, “Un fantasma recorre Europa”. Hoy, en 2022, puede decirse que otro fantasma recorre el mundo globalizado, el fantasma del miedo.
Tanto en occidente como en oriente, los poderes expresos y ocultos procuran inculcar miedo, porque el miedo paraliza y convierte a los ciudadanos en seres asustadizos, dóciles y temerosos de lo que vendrá.
El socialismo utópico acertó a diagnosticar un malestar perceptible y a proponer diversas opciones para superar estas situaciones. Muchas de estas medidas están presentes, todavía hoy, si bien modernizadas y adaptadas a nuevas coordenadas en los programas socialdemócratas.
Quizás lo que merece la pena recordar del socialismo utópico es que fue inconformista, transgresor y que plantó cara a los ‘profetas de los malos augurios’. El totalitarismo es más amplio y abarca más de lo que podría pensarse. No solo afecta a la organización de la sociedad sino a las relaciones entre los ciudadanos. Tal vez sea esa su faceta más perversa. Lo que desde luego destruye es toda forma de pluralismo, lo que supone un empobrecimiento y un desprecio hacia la diversidad y la cultura.
Quisiera ahora trazar un breve bosquejo de la personalidad de Sixto Cámara. Dotado de un gran coraje cívico, permanentemente dispuesto a defender sus ideas socialmente avanzadas, hasta sus últimas consecuencias.
El siglo XIX fue en España grotesco, caricaturesco, presidido por un considerable atraso, tanto social como económico y un fundamentalismo religioso. El caciquismo pretendía que el orden natural de las cosas, no fuese otro, que el que lograban imponer por la fuerza, sin permitir resquicio alguno, por el que pudieran ‘colarse’ las ideas innovadoras. De ahí, que tanto el liberalismo político, el republicanismo como los demócratas, tuvieran un gran mérito al hacerle frente y combatirlo.
Sixto Cámara fue perseverante y en cierto modo meticuloso. Había que resquebrajar las caducas estructuras sociales y… por encima de sus diferencias, que fueron muchas, persiguieron la modernización del país.
El liberalismo político nunca enraizó con fuerza en España. Hubo sí, intentos, conatos, mas las esperanzas de progreso se difuminaban y había que volver a empezar una y otra vez.
Los intentos de transformación quedaban en nada o casi nada. Fuera de nuestras fronteras, el Movimiento Obrero organizado daba sus primeros frutos, mas aquí, era perseguido con saña. Por si estos males no fueran suficientes, faltaba una elemental unidad de acción. Los partidos y movimientos sociales se fragmentaban, se escindían y lo más frecuente es que sus intentos resultaran baldíos.
Se le recuerda como un activista y un ideólogo, honrado a carta cabal. Digo esto porque Sixto Cámara, si de algo pecó fue de voluntarismo. Solía repetir que hay que trabajar, trabajar y trabajar. Probablemente en nuestro país nadie profesó de una manera ‘tan entregada’ las ideas de Charles Fourier, ni luchó tan denodadamente en pro de la justicia social.
Como Pi i Margall expresó con admiración, supo oponerse con determinación a toda forma de explotación y tiranía. Cámara fue capaz de atisbar la importancia de la economía en la organización social, defendiendo asimismo un reparto más equitativo de la riqueza.
No suele incluirse a Sixto Cámara en la historia del pensamiento político moderno. El planteamiento dialéctico hace posible que el presente asimile y recoja lo mejor del pasado.
En cierto modo, los planteamientos de Sixto Cámara fueron racionalistas, identificando nacionalidad, ley y libertad, si bien posteriormente, se identificó con el ideal internacionalista.
Como otros socialistas utópicos tuvo contradicciones, pero por encima de éstas siempre se mostró opuesto a los privilegios económicos. El socialismo utópico, mucho más que un proyecto político estructurado, fue el germen de un amplio racimo de ideas, algunas de las cuales fueron cobrando forma y operatividad con el transcurso del tiempo.
Puede afirmarse que fue un humanista. No hace falta extenderse en esto porque sus textos se encargan de dejarlo diáfano. Fue un hombre valiente que se alzó, siempre que tuvo ocasión, contra las injusticias que veía a su alrededor.
Me parece una idea crucial, que para él solo una democracia de carácter social podría regenerar a una sociedad anquilosada, que permanecía anclada en el pasado.
En un periodo tan adanista como el nuestro, nadie o casi nadie, recuerda a los socialistas utópicos. Creo que es una tarea acuciante realizar una revisión crítica del siglo XIX.
Las ideas progresistas no fueron traídas a nuestro país por el viento, sino por hombres ilustrados que no se resignaban a que España fuera ajena a las corrientes filosóficas, políticas, económicas y culturales europeas.
En esa revisión crítica tendrán cabida, como es lógico, las Cortes de Cádiz, mas no se entendería en sus justas dimensiones el siglo, si no se hiciera mención junto al mejor liberalismo político, del socialismo utópico, que nos ha legado una pléyade de pensadores, de interés desigual es cierto, pero que hicieron de la justicia social y la democracia bandera política.
Sixto Cámara fue uno de ellos. Desearía que estas notas sirvieran para poner de manifiesto que no se le ha hecho justicia y que merece más atención de la que hasta la fecha se le ha dispensado.
Antonio Chazarra Montiel
Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.
Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid.
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