El concurso de cartillas agrarias en la Sociedad Económica Matritense a comienzos del XIX
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
En este medio de El Obrero ya hemos abordado la importancia de la cartilla agraria como instrumento para enseñar los avances en agronomía a los labradores, siguiendo el magisterio de Jovellanos. En este nuevo artículo supone una nueva aportación sobre el tema.
La Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País propuso un premio en la primavera de 1805 al particular que presentase una cartilla completa elemental de agricultura. El premio quedó desierto aunque se presentaron cuatro cartillas, pero el concurso nos interesa por dos razones: en primer lugar, porque incluye un pormenorizado informe de Claudio Boutelou y de Antonio Aguilera sobre las mismas, que nos ilustra sobre los criterios que debían tener estos textos pedagógicos al desarrollar las pautas generales establecidas por Jovellanos y, en segundo lugar, porque entre las cartillas presentadas se encuentra la de un joven Antonio Sandalio de Arias –personaje clave en la historia de la enseñanza agronómica en España- y que terminará publicando, con algunas correcciones, siendo una de sus primeras obras educativas agronómicas.
El 4 de agosto de 1807, Claudio Boutelou y Antonio Aguilera firmaron un extenso informe sobre las cartillas aspirantes a premio. En general, éstas tendrían mérito, pero ninguna de ellas había conseguido cumplir con el principal objetivo de la Matritense: la elaboración de una cartilla sencilla y clara, una cartilla en la cual estuviesen explicadas las maniobras del cultivo en estilo lacónico, breve y de forma metódica.
La primera de las cartillas -“Labore et constantia” era su lema-, y cuyo autor sería Juan Pérez Nestares, tenía un estilo pesado y con una incorrecta ortografía pero, en cambio, no tenía el inconveniente de verse llena de especulaciones ni se sustentaba en un sofisticado aparato científico, uno de los defectos básicos en los que era normal caer a la hora de redactar este tipo de textos, habida cuenta de para quién iban destinados.
La obra se dividía en ocho lecciones, en forma de preguntas y respuestas, donde se hablaba de forma práctica de las operaciones rurales, siendo algunas de ellas, novedosas, como el cultivo de secano de maíz de Andalucía, proponiéndose caminos a experimentar. Conviene avisar que el autor escribía desde Utrera.
La ciencia del labrador se basaría en arar, preparar los barbechos, sembrar, trillar a collera, arreglar la paja en hacinas bien construidas, en conservar el grano sin que mermara y en la elección de arados. Para este autor, el arte de hacinar y conservar en almiaras la paja se convertía en algo fundamental porque servía para alimento del ganado de labor.
El autor de la cartilla demostraba en la explicación de las tareas agrícolas conocimiento de causa y, además, se notaba que apoyaba sus asertos en la práctica, pero, así como ya hemos dicho que el lenguaje no era científico, en cambio carecía de claridad, precisión y poder descriptivo, otro error capital en el que no había que caer.
El contenido de la cartilla no sólo era pedagógico, ya que el autor se adentraba en el terreno de la economía política sobre los estorbos de la agricultura en Andalucía. Los autores del informe hicieron un breve resumen de esta parte con algunas consideraciones y opiniones propias que para nuestro objetivo no nos interesan tanto. Lo que nos llama la atención es que no critiquen esta parte de la cartilla que, en principio, no sería propia de un texto pedagógico, pero, por otro lado, nos hace pensar que la separación radical entre autores fisiócratas o liberales de los puramente técnicos no es tan fácil como se piensa en la crisis del Antiguo Régimen. El propio Boutelou, que ha sido tenido, hasta ahora, como un autor más técnico o que partidario de cambios estructurales, es decir de la revolución agrícola o difusión de la nueva agricultura que de una revolución agraria, no dejó de defender cuando tuvo oportunidad de hacerlo, cambios estructurales en la propiedad o contra los estorbos que imposibilitaban el desarrollo del mercado en un sentido liberal.
La segunda cartilla llevaba un lema en castellano: “Observación y experiencia son las madres de la ciencia si en ellas va la razón libre de preocupación”. Era una cartilla organizada en ocho capítulos. En el primero se trata de definir en qué consiste la agricultura, capítulo muy común en aquel momento en que existe una reivindicación de la misma como ciencia. Después le sigue un capítulo sobre el estado actual de la misma para pasar en el siguiente a intentar dilucidar las causas de su atraso. En el apartado cuarto se establecen los elementos o fundamentos de la agricultura. En los restantes capítulos se estudiarían esos elementos. Así pues, en el quinto se habla del buen cultivo o labor de la tierra, en el sexto de la necesaria distinción de los climas y exposiciones para los cultivos, y, por fin, en el séptimo se trata sobre la cantidad de granos y plantas para que queden bien puestas.
Boutelou y Aguilera no vieron con excesivos buenos ojos esta cartilla, ya que lo que explicaba no tendría mucho mérito salvo dos experimentos que había verificado el autor para determinar la hondura a que se debería quedar el grano en la siembra, así como la distancia entre grano y grano y la cantidad del mismo, pero aún así tampoco eran muy novedosos, ya que antes lo habían practicado diversos agrónomos, cuyas experiencias se habían publicado en el Semanario de Agricultura y Artes, aunque, al menos, desde nuestra perspectiva se puede comprobar como algunos esfuerzos ilustrados de publicar avances llegaban a algunos avisados labradores y no todo es pesimismo. En todo caso, no les gustaba el capítulo dedicado a la siembra porque no parecían muy claros los razonamientos en los que se basaba el autor para afirmar que esta labor era la fundamental para el progreso de la agricultura, cuando había otras labores tan importantes como la siembra. No se podía basar la abundancia de la cosecha en la hondura en la que había que depositar el grano. Tampoco apreciaron el estilo en que estaba escrita la cartilla, calificado de confuso, inconexo, sin orden ni método.
La tercera cartilla rústica no llevaba lema alguno, aunque recibió una crítica positiva pero no como cartilla elemental sino como un texto con elementos económico-políticos, escritos con método, precisión, dibujando un texto con coordinación, aunque, al parecer no dominaba completamente el castellano. Se llega aludir a una serie de párrafos que deberían leerse; el autor, por ello, mercería el agradecimiento de la Sociedad. Pero estas virtudes, precisamente por las máximas y explicaciones económicas y políticas, bien explicadas y fundadas, le alejaban del objetivo que se buscaba con un texto claro para los labradores.
Esta cartilla se estructura en ocho partes. En la primera se trata de las semillas, en la segunda del aprovechamiento de las aguas, en la tercera de los ganados y las hierbas, en la cuarta se alude al arbolado, en la quinta a los caminos y canales para facilitar el transporte, en la sexta de los derechos de extracción, en la séptima de los medios de aumentar el número de mano de obra para la labranza, mientras que en la octava se habla de los criterios para establecer academias para experimentos y su coordinación con una central en la capital.
La última cartilla, cuyo lema es: “Ypsa agricultura magnum incrementum sumere, siguis vel per agros vel per vicos, optime terram exolentibus proemia constitueret”, es la escrita por el joven Antonio Sandalio de Arias, a la sazón jardinero mayor del Real Monasterio de la Encarnación, es decir en los inicios de su vida profesional y en su primer acercamiento a la Real Sociedad Económica Matritense.
Esta cartilla suscitó el mayor elogio de todo el concurso. Era el texto que más se acercaba a merecer el premio. El autor había extractado con cuidado a diversos autores nacionales y extranjeros, fundamentalmente Duhamel y Rozier. A nuestro entender este es un aspecto importante porque demostraría que el autor se había documentado y también porque se había formado en la nueva ciencia agronómica. Podía pecar de tener una formación teórica o libresca y no tanto fruto de la experiencia, habida cuenta de su juventud, pero abarcaba todo lo que un labrador debía conocer. Por eso los autores del informe señalaban que en el artículo primero se explicaba con tino, siguiendo las instrucciones de diversos autores, el modo de arar, preparar los barbechos, de la sementera, de las labores en los sembrados con explicaciones en resumen acerca de los cultivos del trigo, cebada, centeno, avena, algarrobas, garbanzos y habas. También merecerían especial mención los artículos segundo y tercero que tratarían de las operaciones propias de los hortelanos y jardineros con un extracto de los tratados de la huerta y de las flores; no olvidemos que Arias era el jardinero de un convento. El artículo cuarto versaría sobre los conocimientos que debía tener el arbolista: acodar, viveros, trasplantes de árboles, injertos y poda; todo parecía expuesto con “acierto descriptivo y una teórica justa y razonable”. El resumen sobre los cultivos del olivo y de la vid era medianamente aceptable.
El apartado de críticas se centraría en aspectos botánicos, donde Boutelou era una autoridad indiscutible. Al parecer, Arias confundía la corteza con el tejido celular de las plantas y que se convertía en anillos leñosos cuando adquiere una cierta densidad. Pero la corteza es diferente al tejido celular y nunca se convierte en anillos leñosos. Además, nombraría albana a la albura. Por otro lado, Arias no debía estar muy versado en la cuestión de la respiración de las plantas, aunque es indudable que terminaría por estudiarla, dadas las responsabilidades botánicas y agronómicas que llegó a desempeñar en su vida profesional.
Al final no se concedió ningún premio. A Nestares, el autor de la primera cartilla, se le comunicó en mayo de 1807 que, aunque su obra no se consideraba como acreedora de un premio sí era digna de reconocimiento público y, por tanto, se le otorgaba una mención honorífica por las buenas ideas que en ella se desarrollaban, halago que el autor agradeció unos días después.
Arias, infatigable estudioso y perfeccionista, pidió a la Matritense, en mayo de 1807, que se le devolviese su cartilla para poder corregir los defectos detectados por Boutelou y Aguilera. En octubre entregó la cartilla corregida y se decidió que, de nuevo, éstos realicen un nuevo informe. Aparte de la corrección de errores, Arias había modificado en algunos puntos su texto original. Había añadido cuestiones sobre los cultivos de mijo, maíz, lino y cáñamo, así como en los injertos y poda de los árboles. Enriqueció la cartilla con un vocabulario final en el que se recogían los términos técnicos; no era exhaustivo este diccionario, pero tenía su mérito por su utilidad. En el informe se insiste en la formación libresca de este autor, pero también en que siguen dándose algunos errores, aunque ahora no se precisa cuáles.
Al final, se le concedió a Arias, en enero de 1808, un certificado del mérito de su cartilla. El autor editó su Cartilla en ese mismo año. En 1833 se publicó una segunda edición. Al parecer, en la introducción el autor explicaba que había corregido algunos errores, había ampliado algunas partes y dado nuevos capítulos. Según Antón Braulio Ramírez los mayores cambios se dieron en las partes dedicadas a los saberes que debían tener los arbolistas, así como en el cultivo del olivo y de la vid. Por fin, ya muerto el autor, salió a la luz una nueva edición con otro título, Novísima Agricultura práctica o manual del labrador, hortelano, jardinero y arbolista como el propio autor justificaba en su prólogo y corrobora la obra de Ramírez.
Fuente y Bibliografía:
La documentación ha sido consultada en el Archivo de la Real Sociedad Económica Matritense (ARSEM).
ANTÓN RAMIREZ, B., Diccionario de Bibliografía Agronómica, Madrid, 1865.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
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