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El integrismo ante la proclamación de la Segunda República


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Después de analizar las elecciones de abril de 1931, El Siglo Futuro, claro bastión del integrismo español, pasó a hacer pública su postura ante la proclamación de la República el 14 de abril, en los días siguientes.

Ya en el número del 14 de abril, antes de que se proclamase el nuevo régimen, y después de analizar los resultados del domingo día 12, el periódico integrista, explicó que se seguiría aspirando a servir los “intereses supremos de España” y a mantener los principios “indestructibles” del orden social, además de contribuir al mantenimiento de las tradiciones católicas de España. El periódico se presentaba como una especie de bandera, levantada ya hacía cincuenta años, donde debían refugiarse los que no querían perecer y los que se habían ido en el pasado a buscar en el constitucionalismo liberal donde creían que podían medrar, halagando a la revolución, es decir, de nuevo, el periódico cargaba contra los defensores del orden liberal instaurado con la Restauración, al que hacían responsable del desarrollo de las corrientes republicanas, democráticas y socialistas que ahora habían triunfado en España. Este es un punto fundamental del pensamiento integrista desarrollado por este periódico, que siempre se consideró como su esencia, sin concesión alguna a posibles reformistas o posiciones más templadas.

Esa línea se seguía en el número del día 15, partiendo de un principio claro del integrismo, es decir, el convencimiento de estar en posesión de la verdad. Los integristas consideraban que la verdad era inmutable, y que se cifraba en cuatro puntos: “Dios, Patria, Monarquía tradicional y Fueros”, y en una expresión: “antiliberalismo”.

Como se estaba cambiando de régimen se querían dejar claros estos principios más que criticar al régimen en sí, aunque parece evidente que con una república no parecía que se pudieran desarrollar en su seno. Pero, y siguiendo lo que hemos expresado más arriba, se quería puntualizar que la lucha del integrismo era contra el liberalismo, por lo que se recordaba que se había combatido al régimen monárquico liberal y parlamentario, así como a la dictadura, calificada, y esto es sumamente significativo, como liberal también, aunque se admitía que siempre se había respetado al trono porque con eso se defendía el orden. Eso venía a colación porque se admitía que se había votado y defendido a la coalición monárquica, a la que se había pertenecido.

Esta línea de argumentación se mantuvo el día 16, donde se insistió mucho en la idea de que el periódico y plumas como las de Donoso Cortés, los dos Nocedal o Vázquez de Mella ya habían avisado de que con los principios liberales se llegaría a lo que se había llegado. Es importante destacar esta idea porque luego la veremos más desarrollada en el franquismo, aunque no será la única, como el avisado lector tendrá oportunidad de comprobar. En el artículo de opinión de ese día, además, había un cierto tono de reproche hacia quienes les había atacado, y no precisamente, del campo liberal, democrático o de izquierdas.

Si en el artículo del día 15 se hablaba de forma genérica sobre la defensa de los principios integristas, considerados como la verdad, ahora ya se incidía que se combatiría a la República, eso sí, como en su día a la Monarquía liberal, porque habían cambiado los hombres, pero no los principios. Precisamente, parecía conveniente al periódico repasar los principios propios y, de nuevo, como hemos ya expresado, de forma más exhaustiva.

Así pues, ante la nueva situación se defendería el concepto de “soberanía social de Jesucristo”. La doctrina católica debía informar todas las leyes, costumbres, actos e instituciones. Se buscaba la unidad católica, una “íntegra unidad de la fe” recibida del pasado, sustentada por una “firmísima intransigencia con el error”. Si, por un lado, se proclamaba el principio de había que dar a Dios lo que era de Dios y al César lo que eral César, se dejaba muy claro que éste último, es decir el poder político debía humillarse ante Dios, es decir, la subordinación a la Iglesia, partiendo de que ésta y el Estado debían estar plenamente unidos.

El periódico combatía la libertad de conciencia, pensamiento, de cultos y todas las libertades consideradas de perdición.

En España no se podía gobernar “a lo liberal”, porque eso no era español. Así pues, se combatía la esencia y forma del régimen parlamentario, de la existencia de partidos, generadores de odio entre hermanos.

El integrismo admitía cualquier forma de gobierno siempre que se gobernase bajo esos principios. Además, se afirmaba que tanto en una monarquía como en una república cabía el absolutismo, por lo que se abominaba del mismo, y se pedía, al menos, una república “templada”.

Las Cortes debían ser responsables ante Dios y la patria, y organizarse de modo corporativo. El sufragio tenía que ser reformado, dando libertad a las regiones para que lo establecieran según sus legislaciones tradicionales, quizás, pensamos nosotros, en clave de respeto a los fueros donde estos existían o habían existido. Y decimos esto, porque El Siglo Futuro abogaba por una reorganización de la administración territorial española que desmontase el sistema centralista de gobiernos civiles para restaurar los antiguos reinos, principados y señoríos, abogando por una clara descentralización, con reconocimiento de los derechos históricos de esos territorios.

En cuestión militar, en cambio, es significativo que se estaba en contra del sistema de quintas, coincidiendo con las posiciones políticas más avanzadas en aquel momento. Y, es más, tampoco se quería un servicio militar obligatorio, sino voluntario bien retribuido para no distraer “brazos” a los distintos sectores productivos. Eso sí, había que aumentar los efectivos de la Guardia Civil, seguramente como instrumento para mantener el orden, considerado como un bien sagrado.

En fin, el integrismo se consideraba como una “comunidad política, fundamentada en la religión y la verdad”.

Podemos acudir a los números de El Siglo Futuro de los días 14, 15 y 16 de abril de 1931

 

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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