La clase obrera sigue dando miedo. Los poderes de casi siempre la observan con recelo. Saben que, pese a que hoy se muestre aparentemente inoperante, hubo un tiempo en el que los trabajadores, convenientemente organizados, guiaron la historia hacia un mundo mejor, mucho peor para los poderosos. Aquellas luchas por la conquista de derechos e igualdad para hombres y mujeres, de combates por salarios dignos, sanidad, educación y libertad para todos, de salvaguardas para la infancia, de protección del medio ambiente, eran y son vistas con inquietud. Desde el mismo origen histórico de aquella gesta de emancipación, ellos, los poderosos de siempre, el mundo del dinero, se encargaron de denigrar aquel colosal esfuerzo que, con la clase obrera como coprotagonista, se remontaba a las luchas de los niveladores ingleses, la revolución americana, la Revolución Francesa, la Comuna de París, la revolución soviética de 1917, el antifascismo, la lucha anticolonial… Y puertas adentro de nuestro país, a las luchas de los payeses de remensa, el levantamiento comunero, el motín contra Esquilache y su mentor Carlos III de Borbón, el alzamiento popular y guerrillero contra el ejército de Bonaparte, la Revolución Gloriosa, las dos Repúblicas, la Revolución de Asturias, el sindicalismo clandestino y antidictatorial bajo el franquismo, la conquista coral de las libertades democráticas…