Una reflexión sobre la mujer en el socialismo español a fines de 1932
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Feminismo
En distintos trabajos en este medio de El Obrero hemos ido tratando sobre la cuestión de la emancipación de la mujer en el seno del socialismo europeo y español durante las primeras décadas del siglo XX, un asunto con muchas facetas, algunas contradicciones y complejidades. La cuestión del voto era una de las principales, como la de aunar la emancipación de la mujer con la de la clase obrera, o la atracción de la mujer a las organizaciones sindicales y políticas. En este artículo regresamos a estos asuntos a propósito de un extenso artículo, publicado en El Socialista a mediados de diciembre de 1932, ya reconocido el derecho al sufragio femenino, y donde se reflexiona sobre todos estos asuntos que hemos planteado.
El artículo llevaba el título de “La mujer proletaria no traicionará a su clase”. El artículo planteaba el crecimiento de la militancia femenina en el socialismo austriaco después de la realización de una campaña de afiliación. Es más, se habían afiliado más mujeres que hombres. En el socialismo austriaco, como el de toda habla alemana, la mujer tenía un protagonismo evidente, luchaba junto al hombre, estaba en las asambleas y reuniones del Partido y en las de los Sindicatos. Además, hablaba en las tribunas, escribía en la prensa, y votaba, consciente de sus derechos políticos.
Pero, ¿y en España? En el artículo se confesaba que se echaban de menos las organizaciones femeninas socialistas. Y se buscaba una especie de razón, puramente latina, como psicológica y étnica, sin profundizar. El Partido habría luchado mucho por incorporar a la mujer a la política, pero se había conseguido muy poco, no planteando, en realidad, ninguna autocrítica. En este sentido en el texto se afirmaba que acaso se había hecho todo lo posible, reconociendo que, al menos, nunca habían faltado mujeres “animosas” en el Partido.
Aunque no parece que hubiera autocrítica explícita, como queda dicho, en realidad, algo sí había en este artículo, porque, a continuación, se defendía el hecho de que había que plantearse una nueva estrategia para atraer a las mujeres a la causa. Y el momento era clave, en plena República, porque se consideraba que se había derrotado al clericalismo y eso habría abierto nuevas perspectivas a la mujer española, ya que, como sabemos, se consideraba desde la izquierda que la Iglesia ejercía un poder enorme sobre la mujer. Así pues, podía “saltar ya el asfixiante cerco con que la esclavizaban”. Era el momento de la emancipación política de la mujer, aunque se reconocía que eso era imposible en el sistema capitalista, por eso la afirmación debía interpretarse como que ya tenía los mismos derechos políticos que el hombre.
La población femenina, por lo tanto, iba a votar (sabemos que no lo haría hasta casi un año después en el otoño de 1933). Y con su participación marcaría la dirección política del país, sosteniendo o derribando a la reacción. La mujer obrera, en suma, haría honor a sus compromisos de clase o los traicionaría; se defendería de las “celadas de la burguesía y el clericalismo (…) o caería en ellas por carecer de educación política”.
Había, por lo tanto, preocupación sobre la conducta política de la mujer. Se hablaba del supuesto regocijo de las derechas por su presencia en la política porque se pensaba que su voto les favorecía, y, en consecuencia, se estarían movilizando.
Se reconocía que los socialistas habían contraído una gran responsabilidad al favorecer el reconocimiento del derecho al voto de la mujer (no olvidemos, que el voto de la minoría socialista fue decisivo para ello, al ser el primer grupo parlamentario de las Cortes Constituyentes).
En este sentido, se insistía que, aunque el PSOE había aumentado significativamente el número de sus afiliados, las mujeres eran una minoría muy pequeña. En cierta medida se estaba pidiendo que se imitara el esfuerzo austriaco con su campaña de militancia. Había que realizar un esfuerzo para dirigirse a las mujeres, desde una postura, sin lugar a dudas, un poco paternalista, para enseñar, para aclarar dudas y para que otras abandonasen su indiferencia en política, en fin, había que “señalar a la mujer española la senda emancipadora”, de no hacerlo, se reconocía que la población obrera femenina española terminaría “traicionando, inconscientemente, a su clase”.
Lo que sí sabemos que, al menos, en la campaña electoral del 33 se hizo algún esfuerzo en este sentido, dirigido hacia las mujeres, aunque fue más evidente en la campaña de febrero del 36.
El artículo se encuentra en el número 7445 de El Socialista, del 16 de diciembre de 1932.