Es raro, o quizá no tanto, que un hombre, un político, haya sido tan deformado por el odio, como lo fue Robespierre. Este odio transformó en demagogo, a aquel hombre de gabinete; en sanguinario, a aquel moderado; en dictador, a aquel astuto parlamentario; en detractor de la religión, a aquel intransigente deísta. Incluso muchos amigos y partidarios de la Revolución, han vacilado a la hora de hacerle justicia, en especial el gran historiador Michelet, que, en mi opinión, no entendió bien al personaje, olfateó en él al “mojigato” y al “cura”, y sólo le reconoció un mérito: su profética antipatía del militarismo y la espada. Por el contrario, los que, como Albert-Xavier-Émile Mathiez, lo han erigido en estatua, no han contribuido menos con ello, a convertirlo en inhumano.