Y Luisito me llevó: un cubano negro y joven, intentando a toda costa que me diera de frente el aire acondicionado de su taxi. Ya le advertí que a mí lo que me gustaba era el natural: ventanillas abiertas y pelo revuelto. Hacia Jaimanitas, y a través de la 5ª Avenida cambia el paisaje habanero. Una ciudad que no reconozco: en pleno bochorno vespertino observo la realidad: otra Habana. Miramar. Un barrio privilegiado, de hoteles de reciente construcción, alejados del bullicio del centro. Orden y concierto. Cuadrículas en perfecta armonía. Un excel de viviendas, jardines y lugares de ocio. Pocos negros, muchos blancos y sobre todo extranjeros que ocupan cargos de mucho rango. Ni un solo taxi ilegal, ni tan siquiera el “cocotaxi” se atisba. El transporte que llega hasta las calles 1 y 3, transversales a la arteria principal, no parece abarrotado. Edificios oficiales, embajadas, centros financieros, iglesias, el palacio de congresos, clubs privados, boleras, parques y amplitud de espacio. Palmas y palmeras enfiladas a lo largo de las avenidas pavimentadas. El firme sin baches, circulamos sin sobresaltos. Podríamos estar en algún barrio de alguna metrópoli de algún país del primer mundo.