Si Fausto volviera a pactar con este diablo, esta vez lo tendría mucho más fácil.
A derecha e izquierda, arriba y abajo, demonios dispuestos a presentar el pergamino para que firmen las miles y miles de víctimas de este vacío existencial agudizado por las muchas horas de reflexión que este confinamiento nos ha regalado. Todo para bien o para mal, pues, en definitiva, parece que estamos vendiendo nuestros principios o nuestras almas. Al comienzo, como Fausto, solo queríamos dominar las cosas de nuestro entorno, lo cotidiano, lo tangible, aquello que respiramos y que nos provoca aversión o diversión, pasión o terror, miedo y sobresalto y este mefistofélico virus nos lo ha mostrado. Tanto, que lo que parecía ser parte racional y conocida de nuestro mundo ha pasado a conformar un mar de brumas en lo que lo emocional y subjetivo campa como las letras de un pagaré vendiendo las almas en fila, como si un famoso autor firmara su libro en la antesala del infierno.