Vivimos en medio de un maniqueísmo deplorable. Los intelectuales acostumbran a elogiar solo a los de su cuerda, como si en el campo contrario solo existieran las tinieblas y la maldad. Y, a menudo, a una figura histórica de la denigra por un aspecto concreto que, aunque sea cierto, no excluye otras facetas positivas. Como si un personaje tuviera que ser enteramente bueno o enteramente malo. Como si reconocer lo bueno significara, ipso facto, da por bueno lo malo. De esta forma, nos llegan con frecuencia, más que imágenes, caricaturas de los grandes protagonistas de nuestro pasado. Tomemos, por ejemplo, a Marcelino Menéndez Pelayo. Muchos de nosotros pensaremos en elsantanderino como un sabio antipático, un martillo de herejes que exaltaba la rancia España católica del concilio de Trento. Aunque esta fuera toda la verdad, seguiríamos teniendo razones para disfrutar de su magnífica prosa porque lo cortés no quita lo valiente. El caso es que su personalidad, como nos enseñó Mario Crespo López en Marcelino Menéndez Pelayo (Alfons el Magnànim, 2016), una excelente biografía, no acaba de encajar en el fácil estereotipo.