EL OBRERO PERIODISMO DE DATOS
18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
Solos mirando series
Imagen ilustrativa generada mediante inteligencia artificial.

Con el cambio de milenio, el sociólogo y politólogo estadounidense Robert D. Putnam publicó Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community, donde llamaba la atención sobre el distanciamiento entre los ciudadanos, sobre la pérdida de vínculos sociales. «Antes los estadounidenses jugaban a los bolos en compañía; en cambio, en los últimos tiempos prefieren hacerlo solos». Una buena metáfora para demostrar la pérdida de relaciones y vínculos sociales en nuestra sociedad de hiperconsumo, que se ha producido en las últimas décadas, con efectos no solo personales, en relación con el aumento de la soledad, sino también de pérdida de capital social, mediante el debilitamiento de las normas de reciprocidad y confianza derivadas de esos vínculos. La explosión de las herramientas y los cacharros digitales no ha hecho más que exagerarlo. Si hasta hace poco la obsolescencia programada era una cuestión relacionada con la durabilidad de los bienes, ahora ya afecta a la condición humana. No seremos necesarios en la medida en que no seamos buenos para trabajar, pero tampoco tendremos las condiciones económicas para poder consumir.

El mundo en que vivimos y el que está por venir, especialmente en Occidente, es un universo presidido por la falta de trabajo, con parados de larguísima duración y muchas personas entrando y saliendo del mercado laboral. La IA destruirá —ya lo está haciendo— una parte muy significativa de los puestos de trabajo. La diferencia con respecto a otras épocas es que ahora esta tecnología no nos ahorra trabajos pesados, sino que sustituye tareas creativas y relacionadas con el intelecto. Seremos prescindibles y nos sustituirán. En una economía, una sociedad e incluso un sistema político democrático construidos sobre individuos que tienen la condición de disponer de un empleo (ingresos, capacidad de consumo, autoestima, sentimiento de participar y estar incluidos en la sociedad...), estamos ya plenamente inmersos en los inicios de una sociedad en la que trabajar no será la norma, sino la excepción. No hace falta decir que quienes tengan un empleo (algunos estiman que, en un futuro lejano, con la proyección actual, la cifra rondará el 20 %) estarán muy lejos de disfrutarlo en buenas condiciones, con seguridad y una remuneración digna. De hecho, buena parte de las actividades que no podrán ser sustituidas por la IA, como los servicios personales o la construcción, no contratarán a trabajadores con derechos, sino a mano de obra extremadamente barata procedente de la exclusión social. Esto ya es una realidad muy evidente hoy en día.

El desempleo muy elevado que sufrió el mundo occidental como consecuencia de la crisis económica de 2008 no ocultaba la existencia de un paro estructural en buena parte de sus economías, que constituye una tendencia de futuro, dado que la tecnología actual es tan disruptiva que su función es la de desplazarnos. Lógicamente, esto tiene que ver con la desindustrialización vivida intensamente a partir de la década de los noventa y con un modelo productivo en el que la intensidad de la mano de obra solo se mantendrá en el Tercer Mundo y en algunas zonas de los llamados países emergentes. Ni aquí ni allí, el progreso de la tecnificación y la robotización de la producción generará más empleo en el futuro; más bien al contrario.

La cuestión de la transformación del trabajo en algo volátil, que no dura, tiene implicaciones que van mucho más allá de lo estrictamente económico. Sin estabilidad laboral, ya no hay estabilidad personal ni ciudadana. Ya no puedes construirte una biografía mínimamente satisfactoria y el mundo deja de reconocerte. La desaparición de cualquier garantía laboral significa la crisis de los fundamentos de la sociedad europea, dinamizar el Estado social y democrático. El pacto social queda desbordado desde el momento en que la economía y la tecnología se han emancipado de cualquier criterio de necesidad social. El capital aspira a multiplicarse al margen de la sociedad y de las personas que la componen.

El colapso de la vivienda que estamos viviendo también tiene que ver con esto: lo que era un derecho se ha convertido en una fuente de especulación. Se ha perdido un propósito básico que ha guiado a la economía, como era el de satisfacer las necesidades, y parece que la política ya ha perdido la voluntad y la capacidad de ponerle remedio.

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