EL OBRERO PERIODISMO DE DATOS
18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
Que sobrevenga el incendio
Imagen ilustrativa generada mediante inteligencia artificial.

Suetonio cuenta que, ante la frase "Cuando yo muera, que la tierra se confunda con el fuego", Nerón respondió: “¡No, mejor mientras yo viva!” Estas frases deberían dar en qué pensar al ciudadano europeo, sujeto u objeto pasivo de decisiones que le afectan, sobre todo teniendo en cuenta que tras la frase de Nerón sobrevino el incendio de Roma.

Los ciudadanos no deberían olvidar el pasado europeo, plagado de guerras, de conquistas de otros continentes; de ser campo de batalla de las dos contiendas más mortíferas y destructivas que ha habido. También deberían reflexionar sobre el hecho de que nunca se les ha preguntado si querían masacrarse entre sí en provecho de quienes no se masacraban entre ellos, como más o menos dijo Paul Valery.

De todas estas hecatombes pasadas parece que no se han sacado conclusiones prácticas ni morales. Un buque demasiado grande y un iceberg demasiado profundo para unos grumetes desmemoriados.

A lo largo de la historia, las grandes potencias siempre han querido maximizar sus beneficios a costa de los más débiles. No de otra forma ha actuado el aliado principal de Europa. Obra suya es haberla dejado con un problema grave de falta de energía y de todo lo que de ella deriva, incluido el desarrollo o mantenimiento de la industria. La Volkswagen, por ejemplo, tendrá que prescindir de 100.000 empleados, lo que producirá repercusiones en todos los órdenes, como en el de los salarios españoles o en la supervivencia de Seat. Dispuestos a huir a EE. UU. o a China están BASF, Mercedes Benz, Audi, BMW.

¿La reacción de la UE ante lo que ella misma ha contribuido a crear?: más cerca del berrinche que del análisis estratégico. Como si tuviera posibilidades reales, en vez de crear lazos que la reequilibren, se ha dedicado a conminar a todos a que se rindan, incluidos los iconoclastas de buena fe. Un gran haber del que disfrutaba, la pluralidad de pensamiento, parece que está en urgencias.

Otro de los problemas en la relación entre grandes y pequeñas potencias es que la mayoría pierde su neutralidad, e incluso, como si de un mecanismo de compensación se tratara, incita a la grande para así compensar su impotencia. Sólo que no se plantea dónde se solventará el asunto y a costa de quién.

Cuando todo esto comenzó, algunos analistas invocaron la vuelta de la América de antes. Pero, qué América, ¿la de Clinton, la de Bush, la de Obama, la de Biden? Vana esperanza, ni América ni Europa ni nadie volverá a ser el de antes. El reloj de la historia no retrocede. Sobre lo hecho sólo cabe aprender. América puede intentar cambiar, pero lo que no cambiarán son las circunstancias materiales (como que China produce tres veces lo que EE. UU. ). Además, no deberían engañarse, no hay dos Américas, sino una sola, la estratégica, con diferentes tácticas. El “América para los americanos” nunca ha sido bien interpretado. En realidad era una advertencia a Europa para que no se metiera en lo que, según ella (América), no le concernía. No quería reinos (como el de Maximiliano I de Méjico) tutelados por monarcas europeos (lo que se intentó).

De ahí a ahora, la América reclamada no fue precisamente amistosa. Aumentar la dependencia energética europea, cuatro veces más cara, intentar atraer su industria mediante subvenciones y privilegios económicos, y enfangarla en un conflicto que aumenta el gasto en armas en beneficio de EE. UU. no es algo novedoso ni generoso. Victoria Nuland, un halcón, estuvo al servicio tanto de republicanos (Bush) como de demócratas (Clinton, Obama, Biden). Y las condiciones del Consenso de Washington no se han alterado para que haya que volver a ellos: sigue la disciplina fiscal, las privatizaciones, la apertura comercial, la desregulación, la reducción de controles e intervenciones del Estado en el mercado, la desoberanización de los países en beneficio de una entidad superior (en nuestro caso la UE, que no lo es). ¿Cuál es la novedad del pasado? ¿Más paz? Obama no fue un ejemplo, según el New York Times, periódico afín a su partido.

Quizás si toda la materia gris de Europa se pusiera a investigar la realidad, no las narraciones más o menos peregrinas, comprobaría que los tiempos de las hegemonías únicas y universales han pasado. Paso la de España, pasó la del Reino Unido, y la de América comienza a resquebrajarse. A los españoles se les ha tildado de intransigentes, de integristas, pero el aflojamiento de su poder fue más civilizado que el que hoy se respira. La pérdida de su hegemonía abocó en la Paz de Westfalia, donde nacieron la soberanía estatal, el equilibrio de poder y la libertad de culto. Esta última conquista representó una libertad equivalente a la libertad en el pensamiento geopolítico del momento. Igual que hoy los derechos humanos tutelan interesadamente las rutas comerciales, en aquellos tiempos la religión tutelaba territorios y coronas. Otro gran paso fueron los acuerdos de Helsinki, donde la seguridad compartida se materializó en el "Primer Cesto", asumiéndose que la seguridad de un bloque no podía construirse a costa de la vulnerabilidad del otro. Esta ha sido siempre la piedra angular de cualquier momento en el cual el poder hegemónico pierde su capacidad absoluta, a no ser que se quiera jugar a la ruleta.

Este espíritu de entendimiento se rompió por ambas partes. Quien desee informes imparciales de tales rupturas puede buscar en SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute) y en los archivos desclasificados del National Security Archive de la Universidad George Washington en Estados Unidos. No las incorporamos para no mortificar a las almas crédulas.

Seguir insistiendo en quien es culpable es abonar una catástrofe que va desde lo económico a lo militar, pasando en el mejor de los casos por un retroceso social que ya comienza a manifestarse. ¿Realmente estamos dispuestos todos (dirigentes y ciudadanos) a jugar con tal riego? ¿Pueden más las pequeñeces sectoriales que el destino de la humanidad? Suena ampuloso, pero es real.

Europa se veía (o se ve) grande, sin tener en cuenta que a sus múltiples déficits se le suma que está desunida. Lo que no consiguió democráticamente mediante una Constitución europea que fue rechazada, lo ha impuesto por una vía ajena a la voluntad popular, el Tratado de Lisboa, que es lo mismo con otras palabras. No creemos que el déficit democrático, término cuasi oficial, no juegue como una especie de aluminosis en toda su estructura.

Ante la gravedad de la situación ya no basta con buscar reglas que luego se puedan defraudar, sino de las intenciones reales que las precedan. Hacer acuerdos destinados conscientemente a ser incumplidos es peor que no suscribirlos. Lo peor que le pude pasar al mundo es que por desconfianza no pueda negociar, debatir, dialogar. Pero esto sólo se consigue apeándose del burro.

Europa, como un nuevo rico, se ha sentido halagada sin darse cuenta de que en política exterior era un invitado de piedra. No era una actitud totalmente ciega: se ahorraba la defensa, queriendo ignorar que esa defensa, también era ocupación. La potencia no trato de igual forma a los desiguales. Benefició a unos países más que a otros, y los dividió. Alemania, por ejemplo, no ha sido un aliado ejemplar para sus conmunitarios. El marco, convertido en asimétrico euro, hecho a su imagen y semejanza, golpeó al resto de las monedas. EE. UU. sí ganó la guerra, Europa, no. Que se lo digan al Sur, especialmente a Grecia que tiene que pagar interesas bancarios alemanes mientras Alemania aún no ha pagado sus destrucciones bélicas. ¿Por qué esta digresión? Porque todo ello está en el sustrato de la política actual. Se cosió la herida antes de “desbridarla”. Hoy despiertan revanchas de múltiples órdenes.

Pronto habrá elecciones, ¿se habla de política exterior? La mayor diferencia de criterios está entre las idénticas Américas de ayer y de hoy, salvando fuerzas muy minoritarias. Sin embargo, ahí está la OSCE, continuadora de la CSCE o del Acta de Helsinki, presidida por Suiza. Este país, como fuerza defensora de la neutralidad, abandera una posición de mediación estratégica que por lo visto, no interesa a quienes claman por la democracia y la civilización. Se prefiere la lógica del pulso directo y del lenguaje de la fuerza antes que negociar un marco de seguridad colectiva que asegure, realmente, no nominalmente, la seguridad de todos. Todos sabremos.

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