EL OBRERO PERIODISMO DE DATOS
18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
Lo que las pausas para hidratarse del Mundial revelan sobre quién gobierna el fútbol masculino
Christopher Torres / EPA

En el minuto 22 del partido de la fase de grupos entre Canadá y Catar, disputado el 18 de junio, el público local empezó a abuchear. No protestaba por una decisión arbitral ni por una acción del equipo contrario, sino por la pausa obligatoria de tres minutos para que los jugadores bebieran agua. Canadá ya iba camino de una contundente victoria por 6-0; la irritación se dirigía claramente contra la interrupción.

La FIFA introdujo las pausas obligatorias de hidratación del Mundial de 2026 bajo el argumento de que son una «medida para proteger el bienestar de los jugadores». El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, ha insistido en que la decisión responde exclusivamente a motivos deportivos y no comerciales, y ha argumentado que la FIFA no obtiene «ningún ingreso adicional» porque sus acuerdos comerciales se firmaron con anterioridad.

La base científica de estas pausas es real. Los investigadores han advertido de que alrededor de una cuarta parte de los partidos de este Mundial podrían disputarse con temperaturas superiores a los límites de seguridad recomendados por el sindicato de jugadores, FIFPRO. Por tanto, cuando son necesarias, estas pausas son una medida bienvenida desde el punto de vista de la protección de los jugadores.

Sin embargo, lo fundamental es que se han convertido en obligatorias en los 104 partidos del Mundial: están estandarizadas, programadas al minuto y se aplican con independencia de la temperatura o del lugar. Se imponen tanto en una noche templada de 20 °C como en un estadio climatizado.

El seleccionador de Inglaterra, Thomas Tuchel, critica las pausas de hidratación obligatorias.

Esta uniformidad ha unido a críticos que rara vez coinciden en sus opiniones. El seleccionador de Uruguay, Marcelo Bielsa, afirmó que las pausas de hidratación no aportan nada al juego. El técnico de Inglaterra, Thomas Tuchel, dijo que cambian la identidad de un partido y rompen su ritmo. *The Guardian* las calificó de «pausas publicitarias» que acercan el fútbol a un ritmo estadounidense de cuatro cuartos.

Los críticos tienen parte de razón. Una medida introducida por motivos de seguridad se ha convertido ahora en un elemento permanente que altera la forma de jugar al deporte rey y que, además, crea convenientemente espacios publicitarios adicionales y previsibles en todos los partidos.

Se prevé que las pausas de hidratación generen más de 250 millones de dólares estadounidenses (189 millones de libras) solo en Estados Unidos, y se estima que la cifra alcance los 1.000 millones de dólares en todo el mundo.

Infantino tiene razón, técnicamente, al afirmar que la FIFA no obtiene ingresos directamente de estas pausas. Sin embargo, el valor añadido que aportan podría hacer más lucrativa la venta de los derechos de retransmisión en la próxima negociación.

¿Qué control ejerce la FIFA sobre su propio torneo?

El malestar va más allá de la pérdida de ritmo del partido o de las cuestiones tácticas. En una rueda de prensa previa al torneo celebrada en Ciudad de México el 10 de junio, el periodista de la BBC Dan Roan preguntó directamente a Infantino si había «perdido el control de su propio torneo». Infantino respondió diciendo a los periodistas que «se relajaran».

La pausa de hidratación es un ejemplo de una tendencia más amplia: la FIFA ejerce un control firme sobre su producto, pero cada vez tiene menos margen de maniobra sobre las condiciones que lo rodean.

En los primeros días del torneo, al árbitro somalí Omar Artan se le denegó la entrada en Estados Unidos, a pesar de tener un visado válido. La FIFA respondió afirmando que no interviene en los procedimientos de inmigración del país anfitrión.

Del mismo modo, la selección de Irán se vio obligada a pernoctar en México y solo cruzó la frontera los días de partido. Mientras tanto, los aficionados de Haití, Irán, Costa de Marfil y Senegal —países todos ellos clasificados— quedaron excluidos por estrictas restricciones de viaje que contemplaban excepciones para los jugadores, pero no para los seguidores.

Al parecer, la FIFA no puede garantizar el acceso universal. En gran medida, opta por no cuestionar los poderes soberanos de los que depende el torneo.

Comentaristas deportivos cuestionan la utilidad de las pausas de hidratación obligatorias.

Estos problemas de gobernanza también se han puesto de manifiesto en el precio de las entradas. Por primera vez, la FIFA ha aplicado precios dinámicos, determinados por la demanda, junto con su propia plataforma oficial de reventa. Las entradas para partidos ordinarios de la fase de grupos han alcanzado precios de cuatro cifras. Algunos aficionados han denunciado que algunas entradas para la final se vendían por hasta 10.990 dólares, y los fiscales generales de Nueva York y Nueva Jersey han citado a la FIFA para que responda a las quejas de los aficionados, que denuncian haber sido engañados y que los precios se han inflado.

El fútbol mundial corre el riesgo de resultar económicamente inaccesible para muchas personas. La FIFA parece estrechar su control sobre aquello que puede monetizar, incluso cuando el evento amenaza con escapar a su control en otros aspectos.

El impacto medioambiental del torneo deja este límite especialmente claro. La FIFA puede elegir las sedes, programar los partidos y añadir protocolos de refrigeración, pero no puede reducir el tamaño de un continente. Los investigadores prevén que la mayor parte de las emisiones del torneo procederá de los desplazamientos, principalmente en avión, y una estimación las sitúa cerca de los 7,8 millones de toneladas de CO₂ equivalente. Reutilizar los estadios existentes ayuda, pero un torneo de 48 selecciones y 104 partidos, repartido entre 16 ciudades y tres países, sigue dependiendo del transporte aéreo.

Afirmar que la FIFA actúa simplemente por codicia pasa por alto cómo se distribuye la autoridad; decir que el fútbol se está «americanizando» —con precios prémium, retransmisiones adaptadas a la televisión y partidos divididos en cuartos— describe el síntoma, no el mecanismo. La autoridad de la FIFA parece haberse vuelto selectiva. Es amplia en lo que respecta al espectáculo del día del partido, la venta de entradas y la atención mundial, pero está ausente —o no quiere intervenir— en cuestiones como las fronteras, la asequibilidad y el clima.

Es probable que estas tensiones se intensifiquen. El Mundial de 2030 se celebrará conjuntamente en seis países y tres continentes; la edición de 2034 ha sido adjudicada, prácticamente sin competencia, a Arabia Saudí, un Estado con el capital necesario para organizar un torneo y con el poder soberano para establecer todas las condiciones que lo rodean.

El deporte más popular del mundo se organiza ahora a escala global y se deja cada vez más en manos de gobiernos capaces de financiarlo y ofrecer garantías políticas. La pregunta para la próxima década no es si la FIFA gobierna el Mundial, sino qué partes del torneo sigue gobernando y cuáles pertenecen ya a los Estados y a los mercados de los que depende.The Conversation

Haojin Zhou, investigador doctoral en Política y Gobernanza Deportivas, Universidad de Loughborough y Mathew Dowling, profesor titular de Gestión Deportiva, Universidad de Loughborough

Este artículo se republica de The Conversation bajo una licencia Creative Commons. 

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