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Julián Besteiro y el bolchevismo (1919)


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Aprovechando el número del primero de mayo de El Socialista del año 1919, Julián Besteiro publicó un artículo sobre el bolchevismo.

El socialista español partía del hecho indudable de que el régimen de los Sóviets, nacido en octubre de 1917 era una gran transformación política y social de “verdadera consistencia”.

Se podría ser partidario o no del comunismo, se podría creer como útil o nociva la dictadura del proletariado, pero lo que no se podía considerar que el edificio social que estaban construyendo los revolucionarios rusos era un “edificio efímero”, sin consistencia.

Parecía evidente que la República de los Sóviets tenía encarnizados enemigos tanto dentro como fuera de Rusia. Esos enemigos disponían de medios muy poderosos de combate, pero también se veía que dicha República seguía en pie. Esos enemigos podrían temerla o respetarla, pero no la despreciaban. Al no poderla combatir con armas trataban de ahogarla en una “atmósfera envenenada de falsedades y embustes”.

Esas armas eran, en todo caso, muy débiles. Más fuerte era la ignorancia o el error, aunque no podía resistir la verdad. La atmósfera propagada por los enemigos de la República de los Sóviets estaba llena de falsedades y embustes pero dicha República era una realidad que saldría victoriosa.

Pero, se preguntaba Besteiro, ¿qué era la República de los Sóviets? Creía que ni los antibolcheviques y los bolcheviques en España sabían bien qué era realmente el bolchevismo. Los primeros consideraban que era sinónimo de crimen. Pero no se trata de ofrecer una calificación moral, pensaba Besteiro, algo que podía venir después, aunque como todas las calificaciones morales sería incierta y discutible. El camino de la calificación moral de los antibolchevique era, a su juicio, más peligros que para nadie.

Todos los días se estaban viendo desmentidas muchas falsas imputaciones contra los bolcheviques. Recordaba como nada más proclamarse la República de los Sóviets se había tomado la decisión de abolir la pena de muerte, que el zarismo había empleado con mucha prodigalidad, y que la República burguesa, que empezó por abolirla, había restablecido.

Para Besteiro todas las instituciones sociales tenían un significado ideal que había que buscar, y esa era la que debía obtener la aprobación o la desaprobación. Ponía como ejemplo la Revolución francesa. Habría sido admirable, pero no había sido perfecta. Pero, precisamente, sus imperfecciones no habían podido borrar su significación ideal. Por eso no entendía que hubiera que proceder de forma distinta con la Revolución rusa.

Lo que había que hacer era trabajar para los antibolcheviques españoles no se formasen conceptos erróneos.

Los entusiastas españoles del bolchevismo debían ser lo que debían poner el mayor empeño en la destrucción de esos equívocos y en el esclarecimiento de la verdad. Besteiro quería contribuir a esta tarea.

La cuestión primordial para Besteiro era saber si el bolchevismo era o no socialismo.

Muchos autores consideraban que la primera virtud del bolchevismo había sido hacer perder al socialismo toda la fuerza y vigor de su juventud. La incompatibilidad entre bolchevismo y socialismo solamente existiría en el pensamiento de bolcheviques improvisados en países que vivían no sólo en un régimen burgués, sino en uno monárquico, militarista, teocrático, feudal y caciquil, en clara alusión a España. Pero no existía entre los bolcheviques rusos que se consideraban los más puros y fieles defensores del ideal socialista. Para los bolcheviques españoles (“de ocasión”) el bolchevismo no sería socialismo por dos razones. En primer lugar, porque el socialismo sería colectivista y el bolchevismo sería comunista. Y, en segundo lugar, porque el bolchevismo sería anarquista mientras que el socialismo, estatista.

Pero la pretendía oposición entre colectivismo y comunismo no tenía más realidad que en las sutilezas de conceptos de los intérpretes burgueses de las doctrinas sociales. El comunismo tenía su expresión en el Manifiesto Comunista, que es el origen también de las doctrinas del socialismo. A esas doctrinas del socialismo científico, a la vez que obrero y democrático, lo denominaron Marx y Engels, comunistas, para diferenciarlas del socialismo utópico, que pretendía remediar los males de la sociedad burguesa sin destruirla. Los socialistas, por lo tanto, serían comunistas.

Por otro lado, los bolcheviques rusos sabían perfectamente que lo que distinguía al socialismo del anarquismo no era que el primero quería mantener el Estado y el segundo destruirlo. El socialismo pretendería, igualmente que el anarquismo, que el Estado y la coacción debían desaparecer, y que mientras no desapareciesen no existiría la libertad sobre la tierra. La diferencia estaría en que el socialismo afirmaba que para que el Estado y la coacción desapareciesen era preciso organizar de un modo distinto al imperante la vida económica sobre la socialización de la riqueza. Para eso el socialismo sostenía que era necesaria una lucha política con el fin de poner en manos de los proletarios los resortes del poder, y que, valiéndose de los mismos, dicho proletariado pudiera hacer la revolución económica. Ese sería el significado de la dictadura del proletariado, que los bolcheviques rusos no solamente predicaban, sino que practicaban.

Esos bolcheviques se consideraban adversarios del Estado y de la coacción como los anarquistas, y seguramente más eficaces adversarios que éstos. Pero se consideraban adversarios del Estado por socialistas no por anarquistas, y reprochaban al anarquismo su creencia “ingenua” de que la mera supresión o debilitamiento de las fuerzas coactivas del Estado bastaba para provocar una espontánea asociación de los trabajadores y producir por medio de una especie de pacto libre la organización económica de la sociedad emancipada.

Los bolcheviques rusos consideraban que la concepción anarquista no podía conducir a otra cosa que a la disociación de los elementos sociales ya organizados por la concentración capitalista, y que sería el punto de partida para la construcción de una sociedad regida por los principios del comunismo.

La concepción anarquista conduciría, además y siempre según el bolchevismo ruso, al reparto de riqueza, al fraccionamiento en pequeñas propiedades individuales, idea que combatían de forma evidente como contraria a los resultados que esperaban conseguir, como una idea contrarrevolucionaria, que llevaría, además, a retroceder a la sociedad a épocas primitivas económicamente. Podría haber bolcheviques anarquistas en España, pero no en Rusia, y no lo eran porque eran socialistas.

Lo que importaría a los socialistas de todos los países era saber si las condiciones económicas y políticas de sus respectivos países aconsejaban en cada caso el mismo procedimiento del que se habían valido los bolcheviques rusos en el suyo.

 

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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