La Masonería de Barcelona y la tolerancia entre socialistas y anarquistas en 1890
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
La Gran Logia Simbólica de España fue una obediencia masónica que nació en el año 1887, y que desarrolló una dimensión de tipo social, en el sentido de acercarse al mundo obrero de una forma evidente, y no sólo sobre sus problemas, sino también incorporando a trabajadores a la Masonería. Prueba de esta preocupación se puede encontrar claramente en el tema que tratamos en este artículo a propósito del primer primero de mayo de la Historia, celebrado en 1890.
El trabajo que planteamos tiene su interés, en nuestra opinión, porque plantea el intento de la Masonería barcelonesa para que las dos tendencias del movimiento obrero, es decir, la socialista y la anarquista, no entraran en colisión, para que se superara el conflicto, respetando las dos formas de entender la lucha por la jornada de las ocho horas. Es evidente, que se trató de un intento muy en la línea del espíritu y la letra de la Masonería. La cuestión gravita entre dos manifiestos de los primeros días de mayo de 1890.
Doce logias de Barcelona (Avant, Barcelona, Cadena de Unión, Espartaco, Hijos del Trabajo, Luz de la Verdad, Patria, Plus Ultra, Puritanos, Revolución, Sagesse, Unidad e Integridad) elaboraron una especie de manifiesto o comunicado dirigido a los obreros porque consideraban que la Masonería barcelonesa no podía permanecer indiferente ante los sucesos que pudieran desarrollarse en un clima en el que la opinión pública temía conflictos provenientes de la lucha entre el capital y el trabajo. Siendo fiel a sus principios la Masonería tenía la obligación de contribuir a que no hubiera violencia.
Según las logias de esta obediencia a los obreros les asistía el derecho de petición porque era constitucional, siempre y cuando se plantease de forma “mesurada y digna”. En este sentido, las logias que suscribían el manifiesto estarían de su parte. Pero también estarían del lado de las autoridades para evitar que los que se denominaban “amigos de los obreros” pudieran desvirtuar la manifestación por medio de motines y disturbios.
Esta comunicación fue contestada desde Madrid por el Gran Consejo General Ibérico y su Gran Logia Simbólica. La autoridad de la obediencia felicitaba a las logias barcelonesas por su espíritu patriótico y humanitario al ofrecerse como “buenos componedores en la contienda (…) entre el capital y el trabajo para dulcificar asperezas, y llevar la paz a los elementos exaltados con el fin de evitar colisiones.
Pues bien, las logias abrieron su templo masónico para que los obreros acordaran un comunicado destinado a los trabajadores de Barcelona y sus alrededores. El manifiesto habría sido elaborado por obreros de distintos sectores productivos, pero, sobre todo, como confesaron, de las distintas “fracciones socialistas existentes en la capital”, junto con un comité que representaba a las logias.
En el comunicado se decía que el paro general del primero de mayo se había realizado para demostrar la reivindicación de la jornada de ocho horas, aspiración común de las dos maneras de entender el movimiento obrero. Pero, se confesaba, y de ahí el interés de este documento, que había diferencias de “opinión y procedimiento” entre los trabajadores. Un sector aspiraba a las ocho horas a través del establecimiento de una legislación internacional, mientras que otros trabajadores querían que se plantease el cambio de forma inmediata.
Los primeros habían concretado su objetivo en manifestarse el primero de mayo, y los segundos pretendían conseguirlo con la “huelga permanente”, es decir, estamos hablando de la división entre socialistas y anarquistas. Los firmantes consideraban que ambas partes obraban dentro de su perfecto derecho. Lo que no se reconocía era que se pudiera impedir la acción de ambas tendencias, porque eso generaba conflictos. Así pues, la situación no podía seguir así.
El manifiesto afirmaba que los trabajadores barceloneses habían demostrado el primero de mayo el buen uso que sabían hacer de sus derechos, y por eso había que continuar así, por lo que se aconsejaba que las Sociedades de Resistencia u oficios no conformes con la huelga permanente acudiesen el próximo lunes al trabajo, y los que sí quisieran la huelga siguieran en ella, según su derecho, respetando a los que no pensaban de esa forma.
Los firmantes terminaban el manifiesto afirmando que estaban convencidos de que los disturbios promovidos en esos días no los había promovido “la honrada clase obrera”.
Además de las logias nombradas anteriormente, el manifiesto iba firmado por:
Antonio Sagués, J. Roca Furnet, Juan Nuet, E. F. Oliver, Juan Masip, T. Gil, Juan Lomeuech, Antonio Biscamps, José Pamias, A, Lorenzo, P. Gasull, M. Renté, José García, Ramón Fontanals, Juan Partagás, Antonio Comas, José Masip, Esteban Vidal, José A. Laporte, J. Marquet, José Petit, J. Ferrer y Coll. Domingo Thomas, José Andreu, Celso Mir y Deas, Juan Vidal, A. Soler, Emilio Carbonell, F. de P. Madreñas, José Ferrús, J. Balaña, Manuel Bochons, Félix Rokiski, José Pi, A. de M. Galbis, Eduardo Palanca, José Matamala, F. Montserrat, Pablo Sola, Antonio Castells, J. Boyreu, Pedro Elias, Vicente Guillot, Julio Martí, Juan Carreté, Rosendo Pich, Antonio Jane, Antonio Llarden, Antonio Fontbuena, Carlos Pontons, Antonio Rodríguez, Agustín Tissot, J. Casañas Llenas, Juan Frías y Martí.
Hemos trabajado con el Boletín del Soberano Consejo General Ibérico del 15 de mayo de 1890, de fácil consulta en la Hemeroteca de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.