Sylvain Maréchal y la Igualdad
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Textos Obreros
Sylvain Maréchal (1750-1803) es un personaje muy poco conocido del público en general, pero de gran importancia en la historia del socialismo y del comunismo como uno de los pioneros en la Revolución Francesa, en relación con la Conspiración de los Iguales. Merece, por tanto, que le dediquemos atención.
Maréchal estudió Derecho y leyó las obras de Rousseau, Voltaire, Helvetius y Diderot. Pronto se decantó hacia el ateísmo, y pasó a trabajar como bibliotecario en el Colegio de las Cuatro Naciones, fundación del cardenal Mazarino.
Nuestro protagonista empezó a defender un tipo de socialismo que podríamos considerar de signo agrario, con el establecimiento de la comunidad de bienes, pero, además, combatía el sistema político absolutista imperante en Francia y propuso que la religión católica debía ser sustituida por un culto a la Virtud y la Razón.
En la Revolución Francesa optó siempre por la causa social de los desfavorecidos. El giro conservador que la misma dio con la llegada del Directorio le vinculó a Babeuf y su Conspiración de los Iguales. En realidad, fue el redactor del Manifiesto de la Conspiración, un hecho al que nos hemos acercado recientemente en El Obrero a través de la divulgación de este movimiento por parte de Filippo Buonarroti.
El Manifiesto es una defensa a ultranza de la igualdad, como primer deseo natural, primera necesidad del hombre, y principal vínculo de cualquier asociación legítima. Maréchal afirmaba, además, en el texto, que desde siempre se había repetido de forma hipócrita que los hombres eran iguales, pero la desigualdad pesaba insolentemente sobre el género humano. La igualdad real era una quimera, y solamente se había reconocido la igualdad ante la ley, que nuestro protagonista consideraba como “condicionada”.
Por conseguir la igualdad real había, por lo tanto, que luchar. Se pretendía vivir y morir iguales, y no importaría el precio a pagar.
El Manifiesto insistía en que, además, de la igualdad real, había que conseguir que no solamente quedara escrita en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, sino que fuera efectiva, entre los hombres, en las casas.
En consecuencia, se exigía la comunidad de bienes, el reparto de las tierras, aboliendo la propiedad individual de las mismas porque la tierra no era de nadie. Los frutos de la misma debían ser disfrutados por todos porque de todos eran.
El Manifiesto afirmaba, además, que ya no se podía soportar por más tiempo que la inmensa mayoría de los hombres trabajase para el disfrute de una minoría.
Las únicas diferencias que debería haber entre los hombres debían ser las derivadas de la diferencia de edad y sexo, porque todos tenían las mismas necesidades y las mismas facultades.
El Manifiesto terminaba con una llamada al pueblo de Francia porque era el tiempo de las grandes medidas. Había llegado el momento de fundar la República de los Iguales.
Sobre la Conspiración de los Iguales:
Soboul, Albert (1984), «Utopía y Revolución Francesa», en Jacques Droz (dir.), Historia general del socialismo. De los orígenes a 1875. Barcelona, Destino. páginas 263 y ss.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.