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A vueltas con la sociedad victoriana


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El Reino Unido experimentó un importante crecimiento demográfico entre 1848 y 1911. Se pasó de 27 a 43’5 millones de habitantes. En realidad, el crecimiento fue mayor porque unos 17 millones de personas emigraron hacia las distintas colonias del inmenso imperio británico. Las ciudades experimentaron un gran impulso demográfico, especialmente, cuando se aplicaron importantes medidas de higiene urbana. Londres alcanzó los 6’5 millones de habitantes a comienzos del siglo XX.

La sociedad victoriana estuvo llena de contrastes, entre la opulencia, fruto del extraordinario poder económico del país, hasta la pobreza extrema. Esta desigualdad era justificada por los pensadores victorianos con argumentos de raigambre calvinista. La riqueza era considerada el resultado del trabajo, del esfuerzo y la inteligencia, mientras que la pobreza, en cambio, era el fruto de la pereza o incapacidad. La desigualdad también era evidente en relación con la mujer, sujeta a la casa y a las estrictas normas puritanas de la época, aunque ya a mediados de siglo se levantaran voces contra esta discriminación como la de Stuart Mill. Las sufragistas, al final del período, se lanzaron a una lucha intensa para terminar con esta situación.

La burguesía enriquecida con la industria y los negocios entroncó con la aristocracia terrateniente tradicional. Esta nobleza siguió teniendo un gran poder e influencia en la vida política y social británicas, especialmente a través de la Cámara de los Lores. Las clases altas impusieron unos valores propios y una moral puritana. Sus hijos se educaban en selectos colegios y universidades, fomentaron su cohesión en los clubes y establecieron una estricta etiqueta en todos sus actos cotidianos y sociales. Estas clases fomentaron la idea de que los británicos eran el pueblo elegido.

Por su parte, las clases medias de funcionarios, profesionales liberales y comerciantes intentaron imitar las formas de vida y los valores de las clases poderosas.

En esta época se desarrolló una deriva social de la teoría de Darwin. El primero que formuló esta aplicación fue Herbert Spencer. En grandes rasgos, el darwinismo social consideraba que la sociedad era un organismo vivo que evolucionaba como los seres vivos. La competencia entre los individuos era buena porque imprimía beneficios a la genética humana, mucho más que una buena educación, por ejemplo. Estas ideas hicieron fortuna y tuvieron mucho éxito en la Inglaterra victoriana. El darwinismo social sirvió a los grupos sociales económicamente dominantes para justificar las desigualdades sociales que se habían generado con el triunfo de la Revolución Industrial y el capitalismo.

En el seno de las clases trabajadoras se estableció muy pronto una división entre los obreros especializados con salarios y condiciones laborales mejores y que terminaron por alejarse de los aspectos más radicales del movimiento obrero, y el resto del proletariado. Pero, además, creció el conocido como lumpen proletariado, en los slums, que vivía en penosas condiciones. Aún así, los obreros británicos terminaron por ser los menos revolucionarios de Europa porque fueron partícipes de algunos de los beneficios del extraordinario crecimiento económico del país, especialmente, gracias a su imperio colonial, además de por la progresiva incorporación al derecho del sufragio con las reformas electorales que se dieron en el período.

Pero la sociedad británica de la época también fue criticada ácidamente por los propios británicos, especialmente por sus literatos. Oscar Wilde o Bernard Shaw fueron implacables, desde la ironía, con la hipocresía puritana y los prejuicios. El propio Wilde padeció esa hipocresía cuando fue juzgado y condenado.

 

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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