La fábula: un juego de espejos ancestral
- Escrito por Antonio Chazarra Montiel
- Publicado en Cultura
Con vocación de mundo
quiero decir: de vida.
Gestándose en sí mismo
el punto se hace línea
“Definición de la conducta lineal”
Gabino-Alejandro Carriedo
De sus diferentes definiciones y caracterizaciones, en su juego de espejos incesante, me quedo en primer lugar con ‘ficción artificiosa con que se encubre una verdad’. Naturalmente, es más, y tiene múltiples enfoques y perspectivas de análisis.
Diversos manuales de Historia de la Literatura, insisten en algunos rasgos específicos como que se trata de una narración ficticia que su origen pudo ser asirio-babilónica o hindú y cuyo padre o primer cultivador reconocido, fue Esopo.
Aristóteles comenta que los ejemplos que contiene son muy útiles para persuadir. Es, asimismo, interesante que desde la antigüedad las fábulas han sido consideradas como pequeños textos ‘que transmiten sabiduría y valores’ y resultan muy útiles para iniciarse en el camino… de vivir y de pensar.
Distintos pueblos han expresado, desde la antigüedad de diversas formas, que más vale astucia que fuerza. Los protagonistas de estos relatos breves –casi siempre animales- muestran que los más inteligentes y rápidos de reflejos: derrotan, engañan o ’se llevan el gato al agua’ frente a los que carecen de sagacidad.
Quiero comenzar exponiendo hechos quizás poco conocidos u olvidados. Las fábulas de Esopo fueron muy populares y valoradas en la Atenas clásica, hasta el punto de que Lisipo, uno de los escultores más afamado, construyó una estatua en su honor que fue instalada, nada más y nada menos, que en el Ágora.
Es incuestionable que para muchos las fábulas contenían un ‘pozo’ de sabiduría. Es significativo que esas historias, protagonizadas por animales que se comportan como seres humanos, han tenido la intención de mostrar como con inteligencia y astucia, se pueden lograr muchos objetivos por difíciles que parezcan y sacar provecho de determinadas situaciones, tras analizar con presteza el escenario y el antagonista.
Se ha repetido, hasta la saciedad, su carácter satírico y ejemplarizador. Se suele afirmar que su principal función social era la de educar y poner al alcance de quienes las escuchaban, modelos de conducta que podían ser útiles para la vida práctica.
Llegados a este punto, quizás sea el momento adecuado de preguntarse ¿por qué un juego de espejos? Unos animales dotados de cualidades humanas proyectan sobre un auditorio, más o menos restringido, un modo de proceder del que pueden extraerse enseñanzas. Es como si tuviéramos delante lo que el espejo proyecta, a quienes escuchan y al que cuenta la fábula que se vale de animales para influir en personas y que viene a actuar como ‘oficiante’ de una ceremonia.
Aquí ya está presente el ‘enseñar deleitando’, que tendría a partir de Horacio tanta trayectoria y tanto éxito. En el juego de espejos se manifiesta, de igual forma, la relación entre un mundo ficticio y un mundo real. Quienes escuchan la fábula aprenden del mundo ficticio enseñanzas que pueden aplicar a su vida cotidiana. De hecho, los pedagogos (esclavos griegos que educaban a los hijos de los patricios romanos) las utilizaban muchas veces, para despertar en los niños y adolescentes ideas morales y una línea de conducta ética.
Otro aspecto que no debe pasarse por alto, es que la fábula fue desde sus inicios un género popular. Es curioso que de alguna manera estén emparentadas con los mitos, mas son cortas, sencillas y fácilmente comprensibles para todos. Es fácil advertir que en sus orígenes y primeros tiempos, pertenecieron a la tradición oral y más tarde, a la cultura popular. Mediante las fábulas podría incluso afirmarse que determinadas parcelas y visiones de la realidad ‘se secularizan’.
Muchas de ellas con leves variantes, se han venido empleando desde la antigüedad con fines didácticos en los países mediterráneos e indoeuropeos. Antes de que existiese la institución escolar, se ha venido educando a las gentes a través de estas historias en que los animales humanizados hablan, discurren y actúan, dejando en quienes las escuchan un poso de fantasía, mas también, de cordura y sensatez.
Quien oye una fábula y, presta la debida atención se persuade por la fuerza de los hechos, de que actuar con astucia es preferible al engreimiento soberbio y fatuo de quienes no sacan partido de su poder, ni de la situación ventajosa de la que parten. Obsérvese que en estos breves relatos, las ‘posiciones’ tienden a invertirse.
Si se sabe utilizar bien la inteligencia, el débil puede salir victorioso frente al fuerte. Es una vez más repetida la historia de David frente a Goliat. No es solo la astucia el valor más alabado, también, se incide en la constancia y en el no desanimarse frente a la adversidad. Enseñan a ‘encontrar una solución a un conflicto’. Lo que indudablemente, no es poco.
Las fábulas ponen de manifiesto que es posible plantar cara y vencer a los prejuicios. Bien pensado, la realidad muestras diversas formas de ‘salir airosos de un aprieto’ Quien sabe escuchar con atención las enseñanzas de las fábulas termina por convertirse… en un sabueso que empieza a olfatear como alcanzar las soluciones más adecuadas para salir airoso de una situación dada.
La sencilla arquitectura de las fábulas, en modo alguno, debe invitarnos a considerarlas simplistas. Al contrario, sus rasgos parecen sencillos, mas si se sopesan adecuadamente, encierran un cierto nivel de complejidad. Hasta cierto punto tienen un valor simbólico. Son un aviso tanto para ingenuos como para confiados y para quienes no advierten las segundas intenciones de ciertas propuestas y se obnubilan y pierden sus privilegios por no haber sido capaces de descifrar adecuadamente la realidad.
Encuentro en muchas fábulas un sano escepticismo e incluso un antidogmatismo… que puede dar mucho juego. Nunca se insiste lo suficiente en todo lo que se puede aprender del pasado, así como lo que ‘enciende e ilumina’ la literatura popular y lo que tiene de propedéutico, preparando el terreno a la comprensión de otros relatos de mayor complejidad.
Se nos ha repetido, machaconamente, desde la infancia que Esopo, La Fontaine, Iriarte y Samaniego, entre otros, son las grandes figuras de la fábula. No lo pongo en duda. No obstante, no puede limitarse la aproximación a ningún género si no nos aventuramos por terrenos menos transitados, trillados y a la vez algo más complejos.
Las fábulas en el Renacimiento, despertaron el interés de humanistas tan destacados como Leonardo da Vinci que llegó a escribir un libro de fábulas. Lo que viene a demostrar que el pasado es ‘un filón’ que podemos y debemos aprovechar incorporando los conocimientos y sabiduría de otros.
Resulta particularmente llamativo que en la Edad Media, donde el número de iletrados era altísimo, las fábulas se convierten en un vehículo de transmisión del conocimiento, e incluso y –esto es prácticamente desconocido- de una fuerte crítica social al periodo feudal y a sus abusos de poder. Con lo que hacen su aparición elementos satíricos innegables.
Se cuenta –aunque es una vez más imposible de verificar- que el filosofo Sócrates en sus últimos días, mientras esperaba el regreso de la nave de Delos para que se cumpliera su sentencia de muerte, se entretuvo en poner en verso algunas fábulas de Esopo que llegaron a sus manos.
No se ha reparado en exceso, en que las más antiguas tienen una perceptible estructura dialéctica, entre dos personajes de características muy diferenciadas y, con frecuencia, antagónicas.
A quienes parezca impropia o exagerada esta alusión a la dialéctica, me gustaría que consideraran esta cita del Libro II de “La estética” de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, “la fábula es como un enigma que se da siempre acompañado por su solución”. Lo que abre una serie de posibles interpretaciones, aunque no es este el momento de explorar esa visión hermenéutica.
Lo que resulta mucho más comprobable es que en las fábulas ‘se suelen invertir las posiciones de origen’ una favorable y otra que podría calificarse de inferioridad social. Este punto de partida se puede alterar si se sabe actuar con inteligencia y sagacidad.
Tampoco suele repararse en que, eso sí, de manera un tanto oculta o críptica, en toda fábula hay un narrador que cuenta lo que sucede en tercera persona. Este narrador oculto procura ‘fustigar’ la codicia, la estupidez, la soberbia o la envidia que en la breve narración encuentran un merecido y justo castigo.
No me resisto a citar solo unas cuantas que me impresionaron desde la primera vez, que siendo un niño, las leí. “El labrador y la víbora”, me ayudó a descubrir que existe la maldad gratuita. “El parto de los montes” me hizo ver el peligro que tiene interpretar mal lo que sucede a nuestro alrededor… esperamos mucho y obtenemos muy poco. “El viejo y la muerte” me conmovió y me hizo ver la capacidad que tenemos de engañarnos a nosotros mismos y de quejarnos inútilmente. En círculos y ambientes políticos, de un tiempo a esta parte suele contarse, con algunas variaciones, “El escorpión y la rana” con su inevitable y sarcástico ‘está en mi naturaleza’.
No es momento de desarrollar con amplitud estos aspectos. Me parecería injusto no poner de manifiesto lo que algunas obras de Walt Disney, le deben a las fábulas. El lector, meditando un poco, encontrará sin dificultad siete u ocho ejemplos de novelas, algunas de las cuales son consideradas señeras, que están directamente inspiradas en determinadas fábulas.
En bastantes ocasiones, las fábulas de Esopo por no citar más que a su inventor, se han visto sometidas a censuras, recortes, supresiones, tergiversaciones y otras tropelías.
Para aquellos que deseen tener entre las manos una edición fiable, les sugiero encarecidamente, la de la Editorial Gredos. Posee una introducción general de Carlos García Gual, en tanto que la traducción del original y las notas son de Pedro Bádenas y Javier López Facal.
Ya siendo adolescente, me hacían gracia las burlas que se hacían de los tontos que se creen listos, de los ‘bocazas y lenguaraces’ (por la boca muere el pez) y de los engreídos y presumidos que son víctimas propiciatorias por su narcisismo.
Junto a todas estas reflexiones, curiosidades y anécdotas, me gustaría poner de manifiesto que en determinadas épocas pasadas, eran lectura obligatoria en muchas universidades. Lo que dicho sea de paso, es una invitación a no tomárselas en broma.
Han quedado como frases hechas, algunas enseñanzas –no me gusta el término moraleja- de ciertas fábulas como puede ser el tan recordado ‘¡qué viene el lobo!” que como de pasada, nos invita a desconfiar no solo de los mentirosos sino de quienes procuran intoxicarnos con sus bulos, ahora llamados fake news.
Como no podía ser menos, las fábulas han sido objeto de análisis, estudio y taxonomizaciones diversas. Obsérvese que su ingenuidad, las más de las veces, es más aparente que real. Como era de prever muy poco sabemos del llamado Esopo histórico, si es que existió. Permanece todavía, en medio de una nebulosa.
Se ha dicho que fue esclavo de Janto y que cuando recuperó su libertad, estuvo al servicio de Creso, rey de Libia. Toda su vida, sin embargo, está envuelta en un manto de leyenda mezclado con sus fábulas. Se ha llegado a afirmar, incluso, que es un personaje ficticio basado en un consejero babilónico del rey Sanaquerib. No obstante, Herodoto, Platón y Aristóteles lo mencionan en diversas páginas de sus obras, para alabarlo o para zaherirlo.
Situarlo cronológicamente plantea igualmente, no pocas dificultades. Aunque se acostumbra a datarlo entre los siglos VII y VI a de C., no poseemos datos fiables. Su lugar de nacimiento y procedencia es también, muy confuso. Unos lo sitúan en Tracia, otros en Frigia y algunos otros en Samos. Donde no existen datos fiables, surgen las conjeturas y las especulaciones, casi siempre envueltas en un aroma de leyenda.
Cuánto hemos venido diciendo, no le resta un ápice de valor. Lo mismo sucede con Homero y nos ha dejado como legado nada menos que “La Ilíada” y “La Odisea”. Las fábulas de Esopo forman parte de la sabiduría popular de varios pueblos del Mediterráneo.
Cuando yo era niño tuve la ocasión de comprobar cómo en algunos lugares de la España profunda, en forma de consejos o de recursos de ingenio, se citaba el contenido de algunas fábulas, por supuesto sin citar la autoría. Quizás sea ese el principal don de la literatura popular.
Algunas de ellas contienen enseñanzas –casi siempre pragmáticas- que no conviene desdeñar. Es elegante la forma en que se burlan de el ‘dolce far niente’ y de sus consecuencias.
En otras ocasiones dejan la puerta entreabierta para que ideas y conceptos soterrados, afloren a la superficie. Si se analizan y se medita sobre ellas no resulta difícil percibir algunas sombras y ciertas dudas. Asimismo, hay ocasiones en que el dolor se hace presente… por no hablar del miedo a la muerte.
Las fábulas han venido mostrando, desde tiempos inmemoriales, a infinidad de personas que los errores se pagan caros. Tienen la virtualidad de que muestran el camino para resolver conflictos y que lo aprendido en una de ellas es aplicable a diversos aspectos de la vida cotidiana.
Hay ocasiones en que en esta época de ‘inteligencia artificial’ y predominio, a veces obsesivo, de las redes sociales que atrapan ‘voluntades’ como quizás no haya habido precedentes, no está demás procurar que no desaparezca la estabilidad emocional. Las fábulas han venido contribuyendo no poco a ello.
Es aconsejable dejarse guiar por los consejos, la sabiduría y buen criterio de las fábulas por tópico que parezca. Tengamos en cuenta que enseñan a pensar, a resolver conflictos y extraen consecuencias de los aciertos y errores de ‘animales humanizados’.
Naturalmente, estas son unas reflexiones a ‘vuelapluma’ que con más detenimiento, pueden ampliarse e incluso sistematizarse.
No deja de ser admirable que han hecho reflexionar y aprender infinidad de cosas, desde ‘la época arcaica’ en que tuvieron su origen. Quizás en unos momentos de ambiciones desmedidas y de expectativas exageradas sobre la inteligencia artificial, tenga sentido pararse a pensar unos momentos sobre “El parto de los montes”.
Termino indicando algo que me parece revelador y no es otra cosa que la capacidad de adaptación, que en cualquier tiempo y en cualquier tipo de sociedad, ha demostrado y demuestra tener la fábula. Tengamos presente que los animales humanizados conocen su inteligencia y su capacidad de persuasión y precisamente por ello, sacan provecho de sus cualidades, frente a los engreídos, los vanidosos, los alocados y los que están cegados por su ambición.
Otro día, con más tiempo, proseguiré esta indagación mostrando aspectos complementarios a los aquí expuestos, ya que en esta colaboración, me he limitado a plantear algunas de sus características y a vincular las fábulas con una forma de sabiduría popular perteneciente a la tradición oral.
Antonio Chazarra Montiel
Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.
Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid.
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