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¿Es compatible la libertad individual con el socialismo?: reflexionando con Besteiro


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Este artículo supone un acercamiento a las ideas vertidas por Julián Besteiro en El Imparcial, y luego en El Socialista sobre la relación entre la libertad individual y el socialismo, y que se hicieron públicas en la primavera de 1923.

Tradicionalmente se ha considerado que existe una incompatibilidad entre el socialismo y la libertad individual. Por eso, nos parece sumamente estimulante acercarnos a este material histórico de hace justo cien años y de la mano de uno de los principales intelectuales del socialismo español.

Besteiro planteaba una primera cuestión para comenzar a entender los malentendidos que acechaban al tema, y que no era otro que la diversidad o multiplicidad de las acepciones que existían tanto de los conceptos de socialismo, pero, sobre todo, de la libertad. Veía que muchos políticos y partidos reaccionarios invocaban el principio de la libertad, pero defendían posiciones netamente contrarias al disfrute de las libertades. Así pues, en nombre de la libertad del trabajo se defendía la explotación del trabajador. En nombre de la libertad de enseñanza, por su parte, se defendía el monopolio de la educación en favor de la Iglesia.

Definir qué era la libertad no era tarea fácil, afirmaba el político socialista, y lo era porque el término tenía mucha historia, siendo imposible despojarle del “lastre metafísico y teológico” que arrastraba consigo. En este sentido, citaba el libro de James Bryce Modern Democracis, (famoso historiador y político victoriano, uno de los mayores especialistas en la Constitución norteamericana y fundador con Lord Acton de la English Historical Review), donde aludía a Lord Acton, que había querido escribir una historia de la libertad desde la Antigüedad, pero que, al final había desistido por la cantidad de digresiones que tendría que haber realizado. Por eso, proponía ser más modesto y concentrarse en la descripción de las libertades reales que se habrían ido conquistando en la Historia.

La característica general de esas conquistas por la libertad era que todas las luchas emprendidas tendían a emancipar al individuo de la coacción y del control de poderes sociales diversos, dotándole de iniciativa y facultades que antes no tenía.

En el análisis histórico que planteaba Besteiro aparece otro principio harto sugerente: la conquista de las distintas libertades se hacía contra poderes que antes poseían libertades. Así, la libertad religiosa de los individuos se lograba a costa del poder de acción, de la libertad sin trabas que anteriormente poseía la Iglesia. Si nos acercamos a la lucha por las libertades civiles (vida y propiedad) la emancipación se conseguía mermando la libertad omnímoda que sobre la vida y la hacienda privadas poseían los poderes feudales o las Monarquías absolutas. Así ocurrió cuando se proclamaron las Declaraciones de Derechos en las Constituciones, frente a los poderes autocráticos.

Después, Besteiro explicaba que los modernos Estados nacidos de las Revoluciones dejaron de ser estrictamente Estados policía que solamente respetaban a quienes podían invocar privilegios, sino Estados de Derecho, que para invadir esferas de la privacidad tenía que justificarlas, según se recogía en las Constituciones.

Pero esos nuevos Estados dejaban a un libre juego el desarrollo de las iniciativas, algo que favoreció la generación de las industrias, y del capitalismo. Pero eso rompió de nuevo el equilibrio entre los poderes del Estado y los derechos de las personas.

Los magnates se disputaban los favores del Estado en forma de ventajas económicas de todo tipo, que exigían la intervención pública. Por consiguiente, el Estado creció, generando gastos. Además, la búsqueda de nuevos mercados generó un aumento de los gastos militares vinculados a las necesidades imperialistas.

Por otro lado, estarían los proletarios, completamente indefensos. Pero el Estado terminó por comprender que debía intervenir también en la sociedad, naciendo el derecho social. Pero para Besteiro el Estado capitalista protector de las masas obreras era una contradicción, que llevaba en su seno el germen de su propia destrucción.

Al igual que el despotismo ilustrado fracasó en su empeño de promover la felicidad de sus súbditos, los nuevos Estados en el capitalismo no podían evitar la degradación de los individuos y de la sociedad.

Pues bien, frente a esas contradicciones, y esa degradación solamente había una fuerza capaz de defender los intereses colectivos, de destruir los nuevos poderes absorbentes y crear una organización social compatible con el respeto a las personas y el ejercicio de sus libres actividades. Esa fuerza era, lógicamente, el socialismo que, en nombre, precisamente, de la libertad trataba de dominar al capitalismo y al Estado capitalista, como antes la burguesía había dominado a la nobleza y el clero, y como los ciudadanos de la Revolución francesa habían dominado a los monarcas absolutos.

La finalidad del socialismo era clara y precisa, afirmaba Besteiro: sustituir el poder absoluto del capital por la organización democrática de las funciones productoras como funciones sociales.

Las dificultades no surgían, en realidad, por estas finalidades, sino por los métodos para conseguirlas. Por eso, Besteiro planteaba la necesidad de estudiar estos métodos para hacerse una idea más precisa sobre lo que significaba el socialismo. Es evidente que Besteiro estaba hablando de una realidad innegable entre los métodos democráticos de una parte del socialismo y otras que no lo eran, como se veía ya claramente en 1923 en Rusia.

Hemos trabajado con el número del 24 de mayo de 1923 de El Socialista.

 

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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