Sobre el supuesto juicio histórico a Juan Carlos I pero también a las fuerzas políticas
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Tribuna Libre
Al calor de lo que se nos ha presentado en el diario El País, se nos ha ocurrido, aunque de forma modesta, hacer algunas reflexiones, si los lectores y lectoras nos lo permiten, y que no serán las únicas sobre el tema, ya que prometemos más entregas porque el tema da para más, sin lugar a dudas.
Estamos de acuerdo con la idea de Julián Casanova de que los historiadores no juzgamos, sino que interpretamos a los personajes, hechos, acontecimientos y procesos históricos. Para ello, añadimos nosotros, empleamos las fuentes con rigor y en su contexto, no empleando las que nos ayudan a confirmar nuestras hipótesis, y olvidarnos intencionadamente de otras, algo que, lamentablemente, abunda entre algunos que, sin ninguna profesionalidad, se dedican a justificar sus visiones del pasado dedicándose o a hundir a personajes, procesos y épocas porque no les gustan, o a ensalzar y maquillar otros protagonistas, procesos y épocas más acordes con sus planteamientos.
Así es, los historiadores interpretamos y, además, no es raro que modifiquemos muestras interpretaciones cuando aparecen nuevas fuentes, o porque veamos las cosas de distinta manera con el tiempo, pero todo con calma y con rigor, esas características que se aprenden estudiando Historia, y buceando horas y horas en archivos, hemerotecas, en la red y entre libros, en un proceso sistemático de búsqueda, y de reflexión y madurez.
Por consiguiente, ningún verdadero historiador juzgará a Juan Carlos dentro de cincuenta, cien años, o cuando sea. Lo que hará cada historiador que se asome a su figura, ya de forma monográfica, ya dentro de la etapa histórica española que le tocó vivir y donde jugó un protagonismo evidente, será llegar a ciertas conclusiones que podrán coincidir totalmente o en parte con las de otros historiadores, o ser completamente distintas a las de otros compañeros y compañeras de profesión. Todo esto que estamos contando, los historiadores e historiadores de verdad lo saben, es casi un lugar común, pero como, insistimos, existen esos señores y señoras que se dedican al titular fácil para opinar en libros, medios de comunicación y en las redes con una frivolidad que asusta o abochorna, pues no parece inconveniente que se recuerden estas enseñanzas.
Hoy por hoy, la figura de Juan Carlos es, desde nuestro punto de vista, harto contradictoria, y genera polémica evidente. En este artículo nos interesa, más que su figura y su quehacer, el papel de las grandes fuerzas políticas de nuestra democracia en relación con el mismo.
La adulación hacia Juan Carlos se generó a través de una suerte de consenso político sobre su figura intentando construir una especie de modelo distinto al de sus antepasados dinásticos, y que pretendía, además, desvincularlo del origen franquista de su papel institucional.
Juan Carlos se convirtió en un personaje rehabilitado para la izquierda, aparcando su tradicional republicanismo, porque no funcionaba como su abuelo, y porque permitió, ayudó, o protagonizó una transición hacia la democracia según un modelo que, en principio no era el deseado pero que, en aras de la convivencia, se terminó por aceptar. Por su parte, la derecha con Juan Carlos encontraba un ejemplo a idolatrar, arrinconando el antimonarquismo de una parte de la misma, y porque alejaba también la veleidad republicana, ya que cualquier alusión a República generaba y genera en este universo político una profunda alergia.
Pero toda construcción de modelos termina por ser un ejercicio de mitificación. En primer lugar, porque se sustenta en consideraciones que no son reales. Hay que recordar que Juan Carlos I no actuó nunca como su abuelo, pero porque los marcos institucionales eran muy distintos. Es verdad que antes de la aprobación de la Constitución el poder de Juan Carlos, sin ser el de Franco, era enorme, pero es que era muchísimo mayor que el que la Corona tenía en la Constitución de 1876, que consagraba una Monarquía constitucional, y que era el texto en vigor cuando reinó Alfonso XIII. En todo caso, aprobada la Constitución de 1978, tenemos que tener en cuenta que se estableció una Monarquía parlamentaria donde el jefe del Estado por muy rey que fuese no posee titularidad alguna en la soberanía, no interviene en el proceso legislativo ni es cabeza del ejecutivo, como pasaba con la mencionada Monarquía constitucional. Así pues, ni cuando actuó dentro de los principios del Movimiento Nacional, ni ya en la plena democracia, Juan Carlos I actuó como su abuelo, ni como sus bisabuelos, ni como su tatarabuela, es decir, ni como la regente María Cristina, ni como Alfonso XII ni como Isabel II, pero porque su Monarquía franquista y luego parlamentaria no era la Constitucional de sus antepasados, no por decisión suya, sino de Franco y, luego modificada por las Cortes Constituyentes y aprobada por los españoles en referéndum. Por tanto, la comparación con sus antepasados es muy complicada si nos atenemos a lo institucional o político.
Otra cosa serían los comportamientos económicos y personales del ámbito privado, y que han sido determinantes en la caída del mito, con demostración judicial o no de su supuesta culpabilidad. Aquí sí se estaría más cerca de una parte importante de sus antepasados que, con formas de actuar, digamos, poco ortodoxas en esos ámbitos, son más parecidos casi todos entre sí, pero que cayeron por cuestiones políticas, ya sea en la Revolución de 1868 por la coalición de las fuerzas liberales progresistas y democráticas ante un régimen caduco y monopolizado por parte de los más conservadores, ya con la proclamación de la República el 14 de abril de 1931, ante el desprestigio de un monarca que se saltó la Constitución en septiembre de 1923. En el primer caso, aunque luego se estableció una Monarquía, ya era distinta y con otra dinastía, mientras que en el segundo se terminó la dinastía y la Monarquía, y se estableció directamente una República. En nuestro caso actual se forzó una abdicación consensuada entre las dos grandes fuerzas para salvar a la Monarquía ante las primeras noticias alarmantes, aunque la defenestración del mito se desbordaría después cuando los vetos institucionales o tácitamente aceptados fueron dinamitados.
Sobre el asunto del papel o protagonismo de Juan Carlos en el camino de devolver a España la democracia hablaremos en un artículo concreto, por la importancia monográfica del mismo.
En segundo lugar, las idolatrías funcionan mal cuando se quiere unir de forma tan evidente, como ha ocurrido, el modelo de sistema político que se desea, en este caso el monárquico, con el protagonista del mismo durante mucho tiempo. Al unirse tanto y pretender que lo mejor es la Monarquía con adulación hacia el personaje, propia de revista del corazón clásica, si la cabeza del mismo falla por algún o algunos motivos es fácil que se cuestione el sistema político determinado, abriendo la puerta al desarrollo del republicanismo, que, indudablemente, ha reverdecido en los últimos tiempos y calado en la opinión pública. Al final tanta adulación y tanto silencio sobre lo que pasaba entre bambalinas y era un “secreto a voces”, y que se terminó en un momento dado de forma radical, sin casi transición alguna, termina siendo contraproducente porque da más alas y argumentos a los que son enemigos de la Monarquía, sobrepasando la supuesta inquina hacia el personaje en concreto, y apuntando a la institución directamente.
Así pues, los dos universos políticos españoles, uno por no entender que se estaba ante un personaje que, efectivamente, como hemos demostrado, no podía ser igual institucionalmente que sus antepasados, pero que se asemejaba muchísimo en sus otros compartimientos a esos mismos, y el otro por pasar de la idolatría al quien solamente era responsable ante Dios y la Historia a otra más moderna, pero muchísimo más empalagosa hacia quien parecía tan campechano, cercano y sin etiquetas, tienen, a nuestro entender, que aparecer en el supuesto juicio, o mejor dicho, análisis e interpretación de lo que ha sido Juan Carlos en la reciente Historia contemporánea de España porque ayudan a entender mucho del papel histórico del que fue rey entre dos siglos.
Otro día, como hemos dicho, hablaremos del papel histórico de Juan Carlos en el camino de la democracia.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.