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Reflexión en voz alta


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Hoy me han cogido ustedes, queridos lectores, reflexionando en voz alta y pensando que cada amanecer, cada día podemos convertirlo en una aventura, en una fiesta para los sentidos o también podemos hacer de la jornada una rutina soporífera e inaguantable, donde todo es igual por sabido y nada nos sorprende por esperado.

Continuamente, frente a nuestros deseos de revolución, de transformación radical de nuestras vidas está la tentación de dejarnos llevar, de que todo siga igual y nada ni nadie cambie ni se modifique, y continuamos cultivando el movimiento de lo inmóvil.

Tal vez una de las claves para hacer de nuestro caminar por el mundo una experiencia digna de ser contada, original y agradable, sea interesarnos por los demás, salir de nuestra torre de marfil y mirar alrededor de nosotros todos los días con nuevos ojos, pensar que el otro puede ser sujeto y objeto de nuestro afecto, de nuestra amistad, de lo positivo de nuestra relación.

Debemos aspirar a distinguirnos de aquellos, que sólo ven al otro como una máquina de conflictos, y cuando percibamos que corremos el peligro de que esto nos ocurra, y que las preocupaciones, las contrariedades o los pensamientos negativos invaden nuestra mente, pongamos unas gotas de “positivina” en lo que estemos tomando y abramos de par en par las ventanas de nuestros sentidos al trueno de la alegría, con toda su carga de energía, que tire de nosotros como un imán en busca del tesoro de la ilusión.

Claro está, puede ocurrir que a pesar de nuestros esfuerzos, el otro, erre que erre, se empeñe en amargarse la vida y no lo podamos impedir. No le hagamos el juego, seamos nuestros mejores amigos y no nos sofoquemos inútilmente. No podemos forzar a nadie a ser feliz, pero tampoco ningún insociable nos debe introducir en su angustioso, frustrante y negativo universo por el mero hecho, de que eso le produce placer: en este caso, estimular el sadismo me parece poco humano, pero más estéril resulta practicar el masoquismo.

No nos lamentemos y lloremos todos los días por nuestra poca fortuna, no creamos que estamos determinados por nuestra mala suerte, ese sentimiento además de privarnos de descubrir las cosas buenas y bonitas de la vida, nos provoca un malestar interior que pondrá lagrimas donde debería haber sonrisas y sufrimientos que nos impiden gozar de nuestras posibilidades.

Si los demás no lo hacen, nos debe importar un bledo, seamos generosos, ayudemos a quien nos necesita, es quizás la mejor forma de ayudarnos a nosotros mismos, ya lo decía Tolstoi “Quien hace sufrir al prójimo se perjudicará a si mismo”.

Además sería deseable que cuando propongamos una idea que suponga un cambio, estemos preparados para no tener la menor acogida, seamos fuertes ante la resistencia de los demás , pero vivir nuevas experiencias, modificar las cosas y las situaciones, es la sal de la vida, tenemos que ser insistentes y persistentes, y luchar sin descanso para no aceptar sin más las arbitrariedades, las injusticias y la falta de compromiso con nosotros mismos y con los demás.

En esta feria de lo sorpresivo, intentemos decir las cosas de manera que no puedan ser malentendidas, empeñémonos en mejorar cada día nuestras dotes comunicativas, pero claro está en el proceso, no podemos olvidar que existen emisores y receptores, y si alguien se empecina en no expresarse bien o entender correctamente lo que se dice, no hay forma humana de comunicarnos, y todo quedará en una sucesión de monólogos sin sentido hasta el cansancio y el aburrimiento.