Y Don Perfecto habitó entre nosotros
- Escrito por Juan Antonio Palacios Escobar
- Publicado en Tribuna Libre
Era un ser único y singular, capaz de resolver, por increíble que pareciera, los más de 43 trillones de combinaciones del famoso cubo de Rubik, aunque por mucho que le jalearan sus colaboradores que actuaban a modo de súbditos, le faltaría tiempo, ya que aproximadamente necesitaría 1.400 billones de años, y no se trataba de martirizar al resto de la humanidad con su presencia, por lo que decidió seguir en su vida más acorde con el clásico proverbio de Gracián de “lo bueno si breve, dos veces bueno".
Don Perfecto no perdía un minuto de su tiempo en no halagarse y que le pusieran de manifiesto sus encantos, ni hacer fácil lo difícil, le gustaba crearse enemigos inútiles con su soberbia permanente y solo escuchaba lo que sus siervos a sueldo le decían cuando le alababan en sus intervenciones, al comienzo y al final.
Con frecuencia suele creerse que el mundo gira alrededor de él. Como a pesar de las apariencias no era muy espabilado, cuando se le escuchaba era preferible el pájaro en la mano que ciento volando, y no dedicarse como hacía a diario discursos vacuos e ir matando la gallina de los huevos de oro, prefiriendo por parte de cualquier persona sensata hacer menos ruido y más nueces, en la conciencia que nadie es perfecto y que hay que ser lo suficientemente prudente como para no cantar victoria antes de tiempo.
Don Perfecto no manifestaba voluntad de rectificar cuando se equivocaba que era muy a menudo y su dilatada experiencia le había enseñado que no hay mal que por bien no venga ni que cien años dure, ni había aprendido a tener paciencia y que es una cualidad muy inhabitual en esta época de prisas, y casi siempre terminaba dejando para mañana lo que no había hecho hoy y tampoco haría en el futuro.
No era un hombre practico y perdía excesivo tiempo engolándose y escuchándose a sí mismo. A pesar de sus muchas presuntuosidades y vanidades, no era oro todo lo que relucía, y que ahora que era un buen momento, ya que con los tiempos de crisis, las casas de compra y venta del preciado metal estaban proliferando como hongos.
Don Perfecto no había logrado aprender casi nada de sus generaciones precedentes, de sus familiares y amigos ni del conjunto de los ciudadanos y ciudadanas. Cada día cuando terminaba cada jornada y reflexionaba sobre lo que había hecho, tomaba conciencia que la mayor parte del tiempo lo había dedicado a habar de si mismo y a repetir una y otra vez promesas incumplidas.
Se enfadaba con facilidad cuando alguien se atrevía a expresar una opinión o postura distinta a la que el sostenía y carecía de ninguna capacidad autocritica, y cuando podía tenía alguna tentación de debilidad, sus mercenarios le reforzaban diciendo lo bien que lo había hecho lo que nadie veía y que todo existía gracias a él.
En algunos momentos y en sus intervenciones públicas, sacaba fuera toda la batería de tonterías que era capaz de decir en el menor tiempo posible y se empeñaba en ser original, afirmando que el aspiraba aunque pareciera un imposible, a ser inmortal.
Don Perfecto era el mejor de los ejemplos que vivimos en una época en la que estamos inmersos en una burbuja que nos lleva a la vanidad de vanidades, a la insensibilidad en un triple salto mortal en la que entre la realidad y los espejismos, no acertamos a situar quien es quien en cada momento, provocando en ocasiones un mal espectáculo de extraña y rechazable ambientación. Y don Perfecto habitó entre nosotros y en su abnegación por la causa común, se le terminó cayendo la careta y mostrándonos su verdadero rostro, que no era un legado de mártires sino un cúmulo de actuaciones que son la evidencia de su falsedad e hipocresía.