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Sobre la pretendida libertad de enseñanza: enseñanzas de los años treinta


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

El concepto de la libertad de enseñanza ha sido esgrimido, especialmente desde la Transición y el debate constitucional, por la Iglesia y las derechas como un derecho fundamental que se debía respetar al considerar que las izquierdas no lo hacían, recordando que la Segunda República no lo habría respetado al impedir que las órdenes religiosas pudieran seguir ejerciendo una función docente, y preocuparse solo de la educación pública.

Pues bien, acudimos a un material de comienzos de los años treinta, de justo antes de la proclamación de la República, en el Almanaque de El Socialista para el año 1931, y que es un artículo de Antonio Roma Rubies, catedrático y filólogo leridano, que terminó recalando por destino en Andalucía, primero en Huelva, y luego en Jerez de la Frontera, donde fue catedrático de su Instituto. Fue concejal y diputado provincial dentro de las filas republicanas, aunque en 1920 ingresaría en la Agrupación socialista de esta localidad. En las elecciones de abril de 1931 sería elegido diputado por el PSOE. En la guerra civil fue asiduo colaborador en la prensa obrera y socialista. Al acabar la guerra sería detenido en Valencia, sufriendo la cárcel. Para poder sobrevivir cuando fue puesto en libertad dio clases particulares, falleciendo en 1967.

Pues bien, nuestro profesor planteaba que la batalla proseguía entre los partidarios del pasado y los del progreso, y se refería a la educación. Roma Rubies llamaba la atención sobre el hecho de que los glorificadores de la dictadura (de Primo de Rivera), es decir, los que habían hecho tabla rasa de todos y cada uno de los derechos, entonasen en ese momento, es decir, en 1930, el canto de la libertad de enseñanza. Los que habían aplaudido la persecución de profesores y catedráticos, ahora glorificaban la libertad de enseñanza. En este caso, seguramente nuestro protagonista hubiera podido decir lo mismo, por ejemplo en 1977 y 1978 cuando se discutía el proyecto constitucional. Solamente habría que cambiar la Dictadura de Primo de Rivera por la de Franco.

Para el catedrático ese concepto de libertad de enseñanza, lo que realmente quería decir era que debía concederse a las instituciones religiosas la facultad de conferir distintos títulos académicos con dos objetivos: fomentar el lucrativo negocio propio y formar una generación de fanáticos, “enemigos irreductibles de las religiones modernas”.

Roma Rubies se quejaba de ciertos liberales, a los calificaba de “cándidos”, y que pensaban como si estuviéramos viviendo en otros países como Inglaterra o los Estados Unidos, pero la situación en la España de 1930 era harto distinta. Un verdadero liberal, en su opinión, tendría que ser quien trabajase para sustraer a la juventud a la influencia de las congregaciones religiosas, y luchando para crear muchas escuelas, retribuyendo decorosamente a los maestros y velando por el prestigio del profesor, cuestiones que no interesarían a los defensores de la libertad de enseñanza, que, realmente, estarían defendiendo que en España imperase la Inquisición.

Salvando el hecho de que hoy no podemos impedir el derecho a la enseñanza privada, sea ejercida o no por la Iglesia, no deja de tener cierto interés lo que Roma Rubies nos inspira sobre los que siempre abogan por la libertad de enseñanza, en muchos casos un puro negocio, pero sobre todo, porque esos defensores de la libertad, suelen menoscabar la educación pública cuando acceden al poder, y, en realidad, tienen conceptos, extremadamente peculiares, sobre lo que es realmente la libertad.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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